Julio Cortázar: Lecturas desde los márgenes

Sociedad 12/02/2017
Hoy 12 de febrero se cumplen 33 años de la muerte de Julio Cortázar. Un repaso de su vida, sus obras y su legado. Por: Ma. Florencia Barcos, exclusivo para InformateSalta.
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Julio Cortázar y una de sus obras emblema

Los textos inéditos suelen perdurar en papeles dispersos o cuadernos, y en ocasiones allí en los márgenes, los intersticios, en los subrayados y signos de todo tipo, que desde el gris grafito o una amplia paleta de colores, dan perpetuidad a ese diálogo, tan prolífero como silencioso, entre un libro y su lector. Esa multiplicidad de lecturas, hablan de la complejidad del proceso de la escritura y de la magia que envuelve a la figura del escritor.

Están quienes como Jorge Luis Borges o Julio Cortázar, desmitifican el oficio volviendo evidente la intertextualidad, la multiplicidad de imágenes, frases, y mundos que fluyen desde la memoria como lector a la pluma de autor. En el poema Junio 1968, el autor de El Aleph (1949) pone en bellas metáforas el juego amoroso entre el hombre y sus libros, que cual niño pergeñando su máxima travesura, los ubica en los anaqueles con un orden que habla de imaginarias discusiones entre autores tan anacrónicos como espacialmente distantes. En este imaginario, cobra pleno sentido y hasta supone un guiño del destino, que dos de los mayores referentes de la literatura argentina del siglo XX, con diferencias en sus estilos y en sus posiciones ideológicas, hayan estado unidos a lo largo de su devenir por mucho más que una admiración mutua, ciertas curiosidades, productos del azar o quizá del destino.

Lectores voraces, capaces de incluir en sus listas de amigos a algunos de sus autores predilectos, listas que en el caso de Borges lograron la eternidad en fragmentos de poemas, y en las innumerables entrevistas que ha dado a lo largo de su vida. Listas como las del autor de Rayuela (1963) que puede ser incluso reconstruida por las dedicatorias de los 513 libros de su biblioteca personal, cuidadosamente conservada en la Fundación Juan March, en Madrid. 513 libros sobre 4000 ejemplares que hablan de cercanías personales e intelectuales como la que supo tener con José Lezama Lima de quien se conservan en la biblioteca casi una veintena de libros.

De Lezama, se atesoran largas y encantadoras dedicatorias tremendamente personales como la que le regaló en La cantidad hechizada (1970), donde le escribe: «Para Julio Cortázar, el misterio de la amistad se iguala en ti a la alegre sorpresa de toda tu obra». O aquella que surgió del intercambio de Rayuela por Paradiso (1966), en el que le confiesa, «Entre Ud. y yo, hay un cariño muy grande, sin habernos casi tratado, a veces se lo atribuyo al común, pero otras me parece como si los dos hubiéramos ido al mismo colegio, o vivido en el mismo barrio, o a que cuando uno de nosotros dos duerme, el otro vela y en la buena estrella».

Desde que se conocieron, a finales de los años 50, las dedicatorias de Octavio paz, se extienden en dedicatorias que vociferan la complicidad personal y literaria que los unía. En Viento entero (1965) el poeta y ensayista mexicano se anima a reír juntos a la distancia con su: «A Julio —no César: ¡Cortázar!; no capitán general—solitario combatiente en las fronteras ilimitadas del lenguaje, su lector, su partidario, su amigo, Octavio».

Más allá de las dedicatorias, los libros de Cortázar están atestados de anotaciones, páginas llenas de paréntesis, flechas y comentarios. En una entrevista realizada en el verano de 1976, en Saignon (Francia), diría “Cuando un libro está en mis manos, desgraciadamente le pasan cosas malas casi siempre. Desde muy joven adquirí una especie de deformación profesional, es decir, que yo pertenezco a esa especie siniestra que lee los libros con un lápiz al alcance de la mano, subrayando y marcando, no con intención crítica. En realidad alguien dijo, no sé quién, que cuando uno subraya un libro se subraya a sí mismo, y es cierto. Yo subrayo con frecuencia frases que me incluyen en un plano personal, pero creo también que subrayo aquellas que significan para mí un descubrimiento, una sorpresa, o a veces, incluso una revelación y, a veces, también una discordancia.” Palabras, frases, que quedaban marcadas y numeradas para facilitar reencuentros, que en no pocas ocasiones, acabaron en epígrafes de sus cuentos, citas o referencias, pequeños fragmentos que encontraron su lugar preciso en alguno de sus textos.

La memoria lectora borgiana emerge de esa confesión, señales de una lucidez intelectual que los acerca quebrando con las murallas que han querido erigirse entre ellos. De aquellos libros de Junio 1968, que Borges ponía a interactuar desde el orden de su biblioteca, a aquellos que el autor de Historias de cronopios y famas (1962), pone en interacción en su mesa de luz, hay un hilo conductor que da cuenta de la impresión intuitiva de que los libros se estimulan, y que de algún modo imprecisable han nacido para sentirse bien el uno con respecto al otro, aunque haya una diferencia que para algún que otro literato de “la vieja herencia” resulte irreconciliable.

Habiendo transcurrido 33 años de la muerte de Julio Cortazar, y 71 años de aquel primer encuentro que resultara en la impresión del cuento Casa Tomada (1946) en la Revista Anales que dirigía Borges, ponerlos en diálogo desde los márgenes es claramente un homenaje, sobre el que ambos hubiesen discurrido felizmente. Como escritores se sabían grandes lectores, ávidos de las experiencias que aguardaban allí, en las páginas blancas o amarillentas, por ser vivenciadas, interrogadas, cuestionadas, lejos de altares hechos de barro y de grandilocuencias que hablan de la falsa originalidad. Para estos autores citar es citarse, y solo podemos aspirar a la originalidad relativa. Es precisamente en lo relativo donde entra la noción exacta de originalidad, esa especie de memoria cultural de donde procede un escritor, que le permite nuevas visiones, escrituras que hacen estallar infinitos planos de lectura.

Leer en los márgenes, entre párrafos y líneas, tickets y servilletas guardados cuidadosa e inconscientemente entre páginas, leer las bibliotecas como un texto con un cierto orden que habla de puesta en diálogos de autores, leer las huellas que dejan los lectores en los libros como si fueran otro texto…intertextualidad dirán los eruditos, leer como un eterno aprendiz de escritor diremos los terrenales, o como afirmara Borges al referirse al oficio de escritor, citando el Poema de Geoffrey Chaucer “Parlement of Foules”, "The life so short, the craft so long to learn", (“La vida tan breve, el oficio tan largo de aprender”).

Por: Lic. Ma. Florencia Barcos, exclusivo para InformateSalta.

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