“No eres ambicioso: te contentas con ser feliz”

Sociedad 20 de marzo
A lo largo y ancho del planeta, se celebra hoy el Día de la Felicidad con el fin de alcanzar el reconocimiento de la relevancia de los tres pilares del desarrollo sostenible, que la ONU ha definido como el social, el económico y el medioambiental, factores que garantizarían "la felicidad global".
dia de la felicidad

El Día Internacional de la Felicidad fue iniciativa del Reino de Bután, un país que reconoce la supremacía de la felicidad nacional por encima de los ingresos nacionales desde principios de los 70, momento en que adoptó el concepto de un Índice de Felicidad Nacional Bruta para sustituir al tradicional Producto Interior Bruto (PIB). La Asamblea General de la ONU, el 12 de julio de 2012, decretó el 20 de marzo para destacar la importancia de la felicidad y el bienestar como aspiraciones universales de los seres humanos y la importancia de su inclusión en las políticas de gobierno.

 Al igual que otras fechas conmemorativas, esta no parece ser la excepción a la regla de quedar en un plano anecdótico, cuasi teatral, de festejos llenos de vacuidad.  Quizá es este reinado de lo efímero, de una sociedad que se ahoga en su liquidez,  lo que permita aprehender este y tantos otros olvidos. Algunos, escépticos o desaprensivos, lanzarán al vacío preguntas como ¿Un llamado internacional a la inclusión de la felicidad personal dentro de la agenda pública? ¿No es la felicidad un tema individual y el producto de un proceso de trabajo personal?, otros, desde un criticismo laico, rondarán la palabra desde la complejidad de sus múltiples sentidos con solo imaginar la pregunta ¿Qué es la felicidad? Lo cierto, es que ponerla en el centro del debate, supone desnaturalizar los significados culturalmente sostenidos, para navegar en las tormentas de la historia del pensamiento, desde una antigüedad que no la perdió de vista, hasta una modernidad que la convirtió en un pegadizo sueño marketinero.



Reconocida como una de las inclinaciones básicas de la naturaleza humana, la cuestión que se plantea es la de responder a la pregunta sobre cuál es o cuál tendría que ser el contenido de la felicidad. Mucho se ha teorizado al respecto, no pocos autores han dedicado obras o tratados íntegros para arribar a una verdad sobre el tema. Resulta fascinante incursionar en las eternas categorizaciones existentes y, sin embargo, es difícil escapar a la sensación de vernos encerrados en una jaula teórica que nos eleva a cientos de kilómetros de la vida cotidiana, de lo que nos pasa en el cuerpo, de lo que nos agita el alma. ¿La felicidad es un tema ético o no?, ¿solo podemos acercarnos al sentido de ella desde un plano descriptivo enumerando todo aquello en lo que los hombres limitan su felicidad? ¿No deberíamos en tal caso pensar la felicidad como un concepto relativo a un tiempo y espacio determinado? ¿Al decir lo que es la felicidad para una cultura, no estamos señalando en definitiva lo que es lícito para aquella, lo permitido o ético, en qué debería consistir y por qué? ¿Podemos preguntarnos si el simple convencimiento de que una persona es feliz es razón suficiente para decir que es feliz? Y esta pregunta nos remite a otra: ¿quién puede juzgar si alguien es o no feliz?

Ya sea que consideremos que la felicidad se relaciona con nuestra capacidad de pensar el mundo, de pensarnos a nosotros mismos y de decidir, o la ubiquemos por fuera del dilema ético, en la vereda de la afectividad, los sentimientos, o con la suerte, con algo que no acabamos de conocer ni dominar y que se nos impone desde el exterior; la pregunta ¿qué haré con mi vida? es hoy, como en la antigüedad de Sócrates, el más acuciante de los problemas existenciales del hombre aunque no seamos consciente de ello. La pregunta ¿Qué es lo que te hace feliz? parece detener el tiempo y obligarnos a sondear internamente entre cientos de slogans que desde distintos escenarios han ido configurando imágenes sobre lo que debería hacernos felices.

 Las respuestas estallan al infinito el concepto de verdadera felicidad, de la existencia de un único camino a transitar para alcanzarla. En este punto hago propio el  "Hacés demasiado caso de unas pocas metáforas" que Julio Cortázar enuncia elocuentemente en Rayuela, a modo de aviso que estamos muy cerca del canto de las sirenas. En 1272, en su obra Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, Santo Tomás de Aquino dirá que la felicidad es uno de los bienes elegibles por sí mismo, pues todas las acciones persiguen este fin. Existe una segunda clase de bienes -los que son por otros- producen o conservan la felicidad. Consecuentemente, desde el punto de vista humano, la felicidad es el bien en sí y por sí que todos buscamos. El resto de los bienes -salud, honor, riquezas, amistades, entre otros- pueden conducir a ser felices y ayudan a conservar este bien, siempre y cuando se haga de ellos un uso adecuado. Es en este punto donde entra en juego la felicidad como bien supremo, donde aparecen los otros, seres como nosotros, que tienden naturalmente a ella. La felicidad como el Norte de la humanidad, lo que trasciende culturas, tiempo y espacio, concepciones particulares que quedarán supeditadas al deber común que nos iguala de tenerla por horizonte y realidad.

En un mundo que se debate entre la vida y la muerte, atestado de hambrunas, guerras y muros construidos con las sobras del individualismo, la felicidad se llena entonces de esperanza. Dirá Cortázar, "Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose." Todos aquellos momentos que enumeramos como causa y efecto de nuestra felicidad, el compartir con amigos, ver crecer a nuestros hijos, ver un atardecer con el ser amado, detrás de todos ellos, o como condición de posibilidad de su existencia, está la confianza en otro que nos eleva e ilumina el camino. No es ni más ni menos que esperanza, en palabras de Jorge Luis Borges, Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”. 

Como cada día, hoy podemos dar vuelta la página del calendario y atestar la agenda de un vacío ensordecedor o desplazarnos, descentrarnos para descubrirnos y decidir, elegir que “la vida no quede como un comentario de otra cosa que no alcanzamos, y que está ahí al alcance del salto que no damos." (Cortázar en Rayuela). Detener la marcha y reflexionar es el primer paso, empezar a caminar en una dirección cuyo horizonte resguarde la propia felicidad y la de la humanidad que nos rodea y constituye, es una apuesta esperanzada. Y es a través de ese andar, en el que nos toparemos con el anhelo de otros, la felicidad y el sufrimiento, instantes que cargarán de otros sentidos la vida, que nos acercarán a lo que el dolor propio y ajeno tiene de oportunidad para ser humanos y construir puentes que nos lleven a la felicidad. 

Por: Lic. Ma. Florencia Barcos, exclusivo para InformateSalta. 

 

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