Comienza el otoño, la más romántica de las estaciones

Sociedad 21/03/2017
Quienes nos acercamos al inconmensurable mundo de la poesía, con las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, durante el resto de nuestra vida tendremos una especie de halo romántico, definitivo, que nos caracteriza y condiciona la sensibilidad y la sentimentalidad, impregnándonos de vespertinas melancolías y añoranzas por algo que nunca sabremos si lo vivimos, o nos lo imaginamos, porque la realidad siempre será un sueño. Y viceversa.
otono comienzo

Los románticos becquerianos se identifican con el otoño, dirá Bécquer de sí mismo en Saeta que voladora... “hoja que del árbol seca arrebata el vendaval, sin que nadie acierte el surco, donde a caer volverá”. Con el otoño nos zambullimos en colchones de múltiples tonalidades de ocre, vuelven las tardes lluviosas, el viento se pelea con los gallos de las veletas. Resuenan, allá en la infancia, las melodías de José Luis Perales que desde su Canción de Otoño, nos anunciaban la tristeza de quienes el ocaso de la primavera los subsume en el reinado de los grises. Y sin embargo, la belleza melancólica que envuelve su descripción del afuera sea imposible olvidar, “Como sopla el viento en las ventanas, como llueve hoy. Como está la calle de vacía, como muere el sol. Y que torpe vuela por el cielo ese gorrión. Se han quedado mudos esos nidos de golondrinas que anunciaban el anochecer.”

Era por el otoño cuando nos sentábamos junto a las ventanas para entreabrirlas esperando se cuele la calidez del sol de siesta, y la suave brisa que agita los sueños de juegos en plazas florecidas. Por esta época aparecían, los viejos hábitos de desayunos eternos de domingo entre suaves colchas, tardes de mate entre primos, atardeceres a la orilla del mundo, separados por un cristal que aún guarda el calor de las breves horas de sol. Aquellos íntimos otoños, cuando me debatía entre la felicidad del aniversario de mi natalicio y la tristeza del paso del tiempo. Era momento de redescubrir espacios, una habitación atestada de objetos, casetes y libros, diarios abandonados por la insoportable pesadumbre del calor veraniego. Con los años, se ha vuelto mi estación favorita, ya ligera del equipaje adolescente, y bañada de la mirada pura de la niñez que me rodea. Y el gris se inunda del color de los versos leídos y las historias narradas, del aroma de cafés en soledad o compañía, de silencios o melodías que enmarcan un volver sobre sí para renacer.


Dirá Albert Camus, en su obra teatral estrenada en 1944, El malentendido, “El otoño es una segunda primavera, cuando cada hoja es una flor.” Y es que, por momentos, pareciera que el verano atesoró sus más cálidos colores para dejarlos caer en toda su gracia con las primeras mañanas otoñales. Será momento de reencuentros, con los otros y con uno mismo, en espacios que abrazan las charlas, nuevos o viejos acercamientos. Como niños juntando las más bellas hojas, para algunos las crujientes, esas que anticipan el paso lento; para otros, las que guardan innumerables tonos caquis; es la época para seleccionar y extraer de nuestra memoria recuerdos gratos para volver a saborearlos como el primer té con limón y miel del año. Tiempo de mirar sonrientes las instantáneas pasadas y proyectar cuadros coloridos para el futuro, en un presente compartido en el calor del hogar, bajo los rayos del sol que atraviesa la ventana y nos reconforta el alma. El otoño ha venido. No se lo pierdan.

Por: Lic. Ma. Florencia Barcos, exclusivo para InformateSalta. 

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