El oficio de escribir, el encuentro desde la pérdida

Sociedad 13 de junio
Un día como hoy pero de 1874, nacía en Villa María del Río Seco, Leopoldo Lugones, Fundador de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). La fecha de su natalicio es homenajeada como el Día del Escritor. 
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Leopoldo Lugones es considerado símbolo de la inauguración en lengua castellana de toda la poesía moderna, precursor y pionero de la literatura fantástica y de ciencia ficción en Argentina. Con una vida signada por la tragedia y la muerte, tras su suicidio el 18 de febrero de 1938 fue homenajeado, por dicha Sociedad, instaurando la fecha de su natalicio como el Día del Escritor. 

Fue quizá el último intelectual en intentar ser ideólogo y protagonista de un proyecto político. Esa saga, cuyo inicio no pocos intelectuales personalizan en Mariano Moreno, defiende la causa defendiendo al modelo del pensador heroico, atrapado en la tensión de ver sin ser visto.  Esta suerte de “incomprensión”, de parte de los sectores populares hacia su tarea como pensador público, lo llevó a pensarse en clave jerárquica, ornamentado por el bronce de creerse un hombre superior. En ese núcleo trágicamente controversial, puede pensarse su posterior conversión, aquella que lo llevó a decretar en 1924, en ocasión del aniversario de la Batalla de Ayacucho, “La hora de la espada”, y que cristalizó con su intención raudamente frustrada de erigirse como el intelectual de la dictadura iniciada el 6 de septiembre de 1930 que engendró la serie golpista con la que el Partido Militar mantuvo en vilo a la democracia en la décadas subsiguientes.  

Pese a los intentos posteriores de algunos de sus discípulos y seguidores, de escindir al intelectual político del hombre de letras, la fuerza que lo guió tuvo siempre, para bien o para mal, un fondo ético y moral que él mismo se encargó de expresar. En el prólogo a una Antología Poética de Lugones, Jorge Luis Borges asegura: “Vencedora la revolución militar de 1930, Uriburu le ofreció la dirección de la Biblioteca Nacional, cargo que él habría honrado. Lugones lo rehusó, alegando que el amor de la patria lo había llevado a participar en la revolución y que, por consiguiente, no podía aceptar de su triunfo un beneficio personal.”  Recordar al autor de Las Fuerzas extrañas (1906) en toda su complejidad, sin caer en las simplificadoras y vacías etiquetas que suelen brindar las canonizaciones, constituye el paso ineludible en cualquier debate actual o futuro sobre la figura del escritor.

¿Qué es un escritor?

La pregunta puede contestarse con una respuesta obvia: un escritor es una persona que escribe, obviedad que en tanto tal, esconde más de lo que muestra, rozando el mundo de lo indecible e inasible. Una persona que escribe podemos imaginarla como un ser que desnuda su alma ante la página en blanco, denunciando sus miedos más profundos, gritándolos a uno de los abismos a los que en ocasiones lo enfrenta el azar. No escribe, mordisquea la punta del lápiz, coquetea con sus cabellos, da vueltas por la habitación como una fiera enjaulada, dibuja espirales infinitos en el café, hipnotiza los libros que desde sus escaparates le musitan frases antaño leídas. Susurra y vacila sin cesar, entre plazos reales o ficticios teñidos de arrepentimientos. Y, con la decisión de quien subido a un parapente se lanza al abismo seguro de querer volar pero desconfiando si lo lograra, surge la primera letra. La mano, tan dócil en otros quehaceres, se estremece, el brazo se acalambra; las ideas zumban con la insolencia de los mosquitos en pleno verano, que escapan a los golpes de lucidez, como burlándose, aunque su evasión torne más fuerte el sonido de la historia. Esa que se quería narrar y, que sin embargo, emerge opaca, desabrida y adusta. Pues, siempre alguien ha traicionado a nuestro protagonista y en cada sílaba se advierte el sofoco del esfuerzo, la desobediencia de los músculos, los sobresaltos de la mente. No le queda más alternativa que volver a la superficie, avergonzado, y jurarse no volver a saltar hasta que la seguridad brote de sus poros e impregne el papel.

Escritor menciona a aquella persona que hace un encantamiento, que dice un conjuro y de inmediato suscita la ocurrencia feliz, el razonamiento convincente, la comparación certera. Su actividad tiene la apariencia de un juego, de un acontecimiento que se desarrolla fuera de los ámbitos de este mundo. Es un oficio raro, en el que solo una cosa es necesaria, y esa cosa, para Chesterton es todo. Ese todo para un escritor, dirá Borges al hacer referencia al Aprendizaje del Escritor (1973),  “es más que una palabra genérica, ese todo para un escritor es literal. Representa lo capital, lo esencial, representa las experiencias humanas.(…) Ser un escritor es, en un sentido, ser el que sueña despierto, vivir una suerte de doble vida.”

Infinito puede ser el debate en torno a si un escritor nace o se forja, pues para quien se siente atraído por la pluma tanto como atrapado por ella, escribir es tanto una disposición de la naturaleza como un hábito de la voluntad, atestado de conquistas diarias que hablan de un arduo trabajo, de la valentía de enfrentarse a la infelicidad del mundo propio y ajeno. En palabras de Graham Greene (1979), “Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, o los que no pintan o componen música, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana.” Detrás de cada página, de cada texto ordenado, ameno, diáfano, se ocultan las infinitas tachaduras, los borrones inconformes, los cestos llenos de papeles desechados. El aprendizaje requiere de conversaciones, lecturas, espacios de acuerdo y desacuerdo, que canalicen las emociones y quizá, ellas puedan transmutar en poesía. Y sin embargo, el lenguaje empleado para decir aquello que deseamos, tan intrincado como la vida misma, tercamente hablará más desde sus silencios, lo no dicho, o simplemente lo dicho entre líneas consciente o inconscientemente.


Quizá es al lenguaje, y la diversidad de niveles de conciencia que él produce, el responsable de que la disyuntiva entre el escritor comprometido y el por esencia, representante de algo que llaman arte purista, se desvanezca en un relleno sin sentido. Pues si el escritor se sirve del todo, que lo incluye y constituye, no cesa de mirar el mundo que lo circunda y lo que éste genera en sí y los demás, no puede más que ser un ser comprometido en tanto embrollado en las redes de las circunstancias y lo que él hace de ellas. Un libro es siempre la materialización de una acción en el mundo, nunca resultará inocuo independientemente de la intencionalidad de su autor, es un martillo puesto en la mano de un lector. La modernidad ha confundido el compromiso con afiliación, cuando no enajenación a dogmas, partidos o “ismos”. Si la escritura en tanto acción libera, la subordinación degenera en límite infranqueable, verdad única y último argumento. Desde ese instante el escritor resulta incapaz de considerar como válidos intereses ajenos a los propios, de admitir otras perspectivas, pues pierde su fuente vital, el diálogo, con los otros y el mundo. Postura tal no puede conseguir más que incoherencias. A nadie beneficia la parálisis del juicio crítico, la falta de estímulos para el pensamiento. Y menos que a nadie al escritor.

El autor de El hacedor (1960), señalará en el Seminario sobre escritura que ofreció en la Universidad de Columbia en 1971, “el escritor se convierte en sí mismo perdiéndose a sí mismo –esa extraña forma de doble vida, de vivir en la realidad tanto como se pueda y al mismo tiempo de vivir en esa otra realidad, aquella que uno tiene que crear, la realidad de sus sueños.” En eso reside la hechicería del escritor, esa magia intrínseca, esa esencia que lo hace escultor de aldeas que se transforman en universos paralelos y deslumbrantes.

Por Lic. María Florencia Barcos - exclusivo para InformateSalta

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