El arte de construir enemigos: El caso Santiago Maldonado

Opinión 06 de septiembre
Sobre el caso Santiago Maldonado, y el aprovechamiento de algunos sectores. Un análisis que nos lleva a una reflexión: La supervivencia del Estado democrático argentino no puede depender de su aparición.
santiago maldonado
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En Construir al enemigo (2011), Umberto Eco, inicia el capítulo que lleva el mismo título de la obra, contando una anécdota que lo interpeló en su momento, y que inevitablemente lo empuja al lector a reflexionar. La misma, refiere a un encuentro ocasional, como la obra misma, con un taxista en la ciudad de New York. Este hombre, de quien le resultaba cuasi imposible descifrar el nombre, le consultó de dónde era, y ante la respuesta “italiano”, ahondó en preguntas que bien podríamos tipificar como de enciclopedia o diccionario: “que cuántos habitantes eran” y “qué lengua hablaban”. Nunca imaginó lo que seguiría, aquel interrogante que como un martillazo en la cabeza lo obligó a salirse del curso esperable de un diálogo entre extranjeros. ¿Cuáles son sus enemigos?, y el taxista se apresuró a aclarar, frente a la mirada atónita de su interlocutor, que quería saber con qué pueblos Italia estaba en guerra desde hacía siglos por reivindicaciones territoriales, odios étnicos, violaciones permanentes de fronteras; esos otros que primero nos matan y luego nosotros los matamos.  

La idea de la coexistencia pacífica parecía impensable para el conductor, pero sobre todo, la existencia misma de una población cuya cohesión no estuviera construida en oposición violenta hacia lo que ella no es. Este razonamiento hecho carne, lejos de subsumir en la desavenencia al autor de Los límites de la Interpretación (1992), lo llevó a intentar comprender aquella mirada del mundo, el proceso complejo de juegos de poder que le dio lugar, y el mecanismo tan simple de reproducción.

La tesis a la que arribó resulta tan movilizante como la idea misma que le dio lugar, no era cierto que Italia no tuviera enemigos, los tenía, pero ellos no eran externos, ni calzaban dentro de los límites semióticos del taxista para dicho concepto; se trataba de pensar en los enemigos internos, aquellos que nunca logran ponerse de acuerdo y que siempre están en guerra entre ellos. Los güelfos contra gibelinos de Eco, bien podrían ser destronados por los argentinos y en su lugar evocar a unitarios y federales, peronistas y antiperonistas (aunque unos y otros resulten claramente confundibles) y ese otro difuso que vendría a construir a la oligarquía (vocablo polisémico si los hay en nuestro universo) como su principal enemigo. Bien podríamos dar cátedra acerca de las batallas que hemos perdido como nación por culpa del fuego amigo. Quizá ha llegado ese momento en que el nivel de destrucción resulta tan naturalizado que ni siquiera somos conscientes de los campos de batalla por los que transitamos, en los que intervenimos y aquellos que elegimos rodear, por cansancio, cobardía o simplemente la aparición de una laguna de cordura en nuestras mentes. El caso Maldonado no hizo más que visibilizar, materializar aquello que siempre estuvo contenido en el discurso, y si algo debemos hacer frente al pedido de paradero de este joven, es poner en el centro del debate el proceso de producción y demonización del enemigo que nos atraviesa y constituye. Ese que emerge a borbotones de todos los frentes, de los conceptos usados para referirse al hecho de su ausencia como una desaparición forzada, apelando a palabras que guardan en sí un pasado aún no cerrado en el que reinó la violencia y se idolatró su uso como medio para alcanzar uno u otros fines. Una tipificación, que como cualquiera, da cuenta de una lucha de poder, que en este caso tiene por objetivo leer el caso desde el marco ideológico de un pretérito que no sería tal, en tanto el partido gobernante representaría su continuum. Lo mismo cabría decir de las resistencias a esa interpretación, aquellas que señalan las reacciones violentas y fuera de derecho de los que se autoproclamaron como guardianes del caso, un continuum paralelo pero no por ello menos fanático.

Unos y otros, reproduciendo a la perfección los mecanismos de construcción del diferente en un enemigo, aunque ello suponga autoimponerse la represión en planteos tan irracionales como pretender que hacer uso del vocablo artesano para referirse a Santiago, guarda en sí mismo un acto discriminatorio. En este campo de batalla claramente no hay lugar para la vida de Maldonado, ni para la democracia. Solo para la muerte, esa que confirmaría los clichés, la que permitiría solventar las teorías acerca del enemigo, de uno y de otro lado. Inútil será en este marco intentar establecer autores materiales e intelectuales, la frontera que separa unos de otros es en este punto delgada y difusa. Intereses sobran, falta la carencia, ese resto de loca cordura que nos lleva a elevarnos por sobre la puja y ver la destrucción del derecho constitucional a la presunción de inocencia y al cuidado de la inocencia por la acusación forzada y el adoctrinamiento solapado. Ese resto, que nos fuerce a saltar trincheras y trepar los muros que impiden ver la desaparición de Santiago Maldonado como un riesgo colateral, el chivo expiatorio necesario o simplemente, una ausencia provocada por fines personales o colectivos que, asumámoslo, en este plano de la mirada, aparecen cuanto menos como perversos.

Desde aquel 1 de Agosto circulan, entre los argentinos, intereses tras el rostro de Maldonado. La instancia ética sobrevendrá solo cuando dejemos de fingir que ellos no existen, e intentemos entenderlos. Alguien se beneficia con la criminalización de su ausencia, con la traspolación del pasado al presente y la estigmatización de la Gendarmería en especial y de las fuerzas del orden en general, tanto como con la demonización de un gobierno democrático imponiendo como verdad aquella interpretación de la ausencia de condena oficial como apoyo del partido gobernante a políticas de silenciamiento o represión de estado. Alguien se beneficiará con la aparición con vida o sin ella del joven, cualquiera sea el terreno y las circunstancias de la misma. Alguien sacará provecho del odio que desde un panfleto o una disertación pueda germinar en la mente de nuestro futuro. Alguien se beneficiará de la emergencia de grupos violentos, sin importar la bandera que enarbolen, ni lo justo o injusto de sus reclamos. Alguien saldrá airoso de la manifestación pacífica, de la violencia final, de la idea de infiltrados, del orden impuesto ante los desmadres, de las detenciones y las liberaciones, y por qué no, de la reparación de los daños. Ese alguien que nunca reconocerá el éxtasis del odio y la venganza,  siempre se asegura de construir como diría Sartre, “nuestro infierno en la tierra”, aquel en el que todos debemos seguir viviendo entre batalla y batalla, encerrados dentro de la mismas fronteras, compartiendo un presente que apesta a memorias forzadas, e incapaces de construir un futuro donde alguien entienda que la supervivencia del Estado democrático argentino depende hoy de la aparición y preservación del todo social como el único e irrenunciable interés.

Por Lic. María Florencia Barcos - Para InformateSalta

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