Caprichos de Salta: La biblioteca y la penumbra

Cultura 05 de octubre
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas la décimo sexta entrega de la ficción de InformateSalta.
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Voy caminando por la calle San Luis, mi destino es la cochería Pieve. Ha muerto un buen amigo y sus familiares me han pedido que concurra a su velorio. No es mi costumbre frecuentar esos rituales nefastos cuya verdadera razón para su ejercicio está tan muerta como mi amigo; pero el desgraciado, antes de morir, les pidió como última voluntad sine qua non, que me obliguen a asistir. No estoy triste, estoy furioso. Entro  y saludo, me acerco al féretro, me inclino y, al oído, le digo al difunto

-Ojalá sea verdad lo que dicen y vayas directo al cielo… ahí no hay fernet, ni póker, ni prostitutas… te vas a cagar de aburrimiento.

 Imagino que vuelve a la vida durante un instante y se le llena el rostro de horror y desesperación ante semejante perspectiva: la de una vida eterna paseando por hermosos jardines, comiendo pochoclos y leyendo el último número de Atalaya o una Para Ti vieja que murió en el revistero de algún consultorio de un Ginecólogo de lentes gruesos. Mi maldición, implacable y más cruel que su chiste de obligarme a participar de su despedida ha entrado en vigencia y es ley.

Salgo a la calle y camino apurando el paso como para que la brisa me limpie el lomo del mal momento. Empieza a oscurecer, me detengo en la vereda de una casa muy vieja, prendo un cigarrillo y me recuesto sobre una reja art nouveau de una enorme ventana clausurada. Me siento tentado a sentarme en el umbral de mármol de una puerta imponente. Me rindo al cansancio que me agobia y pienso en voz alta:

- Son demasiadas las cosas que no entiendo…

Se abre la puerta a mis espaldas y se escucha:

-Tomalo como un don del cielo, una bendición. No está mal eso de “no entender”. Lo que está mal es insistir en la búsqueda de explicaciones donde  no las hay  y, peor, ante el fracaso  inundarnos de teorías, sospechas y sofismas. El buen entendedor sabe de lo inentendible y no lo violenta. Lo inaccesible es inexorable. Con eso no se jode… ahora, levantate y entrá. Ahí sentado pareces un desgraciado.

No hace falta decir que el Ciego Jorge es quien me habla. Me niego, después de su brillante alocución, a preguntarme cómo hace para aparecer en escena con tanta maestría. Entro, el lugar está en penumbras, huele a café y a pan caliente. Caminamos por un pasillo largo, llegamos a un patio rodeado de una galería con muchas plantas y una fuente con un angelito haciendo pis; al fondo del patio hay una puerta de roble muy grande y pesada; Jorge abre la puerta y mis ojos no pueden dar crédito a lo que ven: Una enorme biblioteca laberíntica de interminables pasillos. El ciego prende la luz, es una triste lamparita sucia de 60 watts que apenas lastima la oscuridad para hacerla penumbra.

-¿Cuántos libros hay aquí? –Pregunto con un hilo de voz-

- 440000 volúmenes. Algunos son muy viejos, escritos en idiomas que al momento en el que el hombre aprendió a hablar ya habían desaparecido.

-¿A qué se refiere? ¿Un idioma que dejó existir cuando el hombre empezó a hablar?

-Si

-¿Usted está seguro de lo que está diciendo?

-Si

-¿Me lo puede explicar?

-Como no… el principio ha quedado tan lejos como el final. Nadie puede saber ni entender el final porque todavía no existe… bue… el principio ha quedado tan atrás que ya hace demasiado tiempo ha dejado de existir sin dejar una puta pequeña referencia como para saber cómo fue.

-Dígame… ¿Cómo lo hace? ¿De dónde saca todo eso? ¿Cómo lo conoce y cómo lo sabe?

- Me has hecho la única pregunta que no puedo contestar. No puedo dar esa respuesta. Por eso he reunido toda esta cantidad de libros. No armé está biblioteca para conocer más ni entender mejor. Nunca leí un puto libro en mi vida, ni estos, ni otros. Estos libros me ayudan a eludir la respuesta a esa pregunta. Yo no sé explicar ni explicarme el conocimiento que poseo, entonces digo que lo saqué de aquí –señala los anaqueles colmados de libros- … es menos perturbador para la gente… y para mí. A la gente le gusta creer que si alguien sabe algo es porque alguien más se lo enseñó, porque si el poseedor del conocimiento dice que lo descubrió solo… los hombres lo condenan a la hoguera  y los dioses lo arrojan del cielo.

-¿Usted sugiere que en el cielo no hay sabiduría?

-No lo sé… sabes vos, chango, que volver al barrio después de mucho tiempo es un error… a menudo todo está tan cambiado que es inentendible hasta para la memoria.

Como un acto de locura hemos inventado miles de preguntas innecesarias para respuestas que jamás existirán y, en tanto,  desdeñamos las preguntas simples que nos ofrecen las respuestas que  hacen bien.

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