Caprichos de Salta: A imagen y semejanza

Cultura 12 de octubre
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas la décimo séptima entrega de la ficción de InformateSalta.
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Estoy parado en el callejón que separa la Catedral del Banco Macro. A Dios lo que es de Dios, al César lo que es del César. Estoy con el Ciego Jorge y los vendedores ambulantes  que ofrecen artículos religiosos, linternas, chalinas y películas de acción. Uno de los changos le comenta al Ciego:

-Ha visto Don Jorge que se andan robando las imágenes del Gauchito Gil… ¿Quiénes serán esos desgraciados?  ¿Pa´ qué quieren un muñeco de un santo?

A lo que la niña que vende rosarios, enojada, corrige.

-No es un santo. Es un almita que quiere la gente. Pero santo no es. El Papa no ha dicho que es santo pue. No tiene Iglesia, vive en la calle.

El ciego sonríe y golpeando el bastón en el suelo dice:

-Quizá esa sea la razón del robo…

-No entiendo… -digo sin desarrollar ninguna idea ni arriesgar alguna forma de opinión-

-Vení Siryab, vamos a buscar más información.

Nos vamos de ahí. Cruzamos la Plaza 9 de Julio y rumbeamos al sur por la calle Buenos Aires. Llegamos a la calle San Martín y nos metemos en una santería. El ciego me pide que lo siga; todos lo saludan; avanza con firmeza y cruza el mostrador con total familiaridad. Detrás hay un depósito con cientos de figuras de santos, demonios y objetos que, para mí, son incomprensibles. La escena se asemeja a un Congreso de representantes de creencias y anhelos o un Armagedón de arcilla, yeso y madera. Son como dioses y demonios desactivados… imágenes que se transforman en vínculos con el más allá cuando se las coloca en un pedestal o templo y se las consagra. Pero ahí están dormidas… están en reposo… indefensas…

Un hombre con un mandil con pechera, cubierto de polvo y rodeado de herramientas y moldes está hincado sobre su rodilla derecha. Está trabajando en una piedra blanca; da golpes precisos con un mazo en un cincel de punta afilada. Cuando nos ve se pone de pie, se sacude el polvo y nos saluda. Al ciego lo abraza de una manera algo extraña y a mí, sólo me da la mano.

-Siryab le presento al maestro Fibamarih. Maestro le presento a nuestro secretario.

Hechas las presentaciones, el maestro habla.

-¿Qué lo trae por acá, Don Jorge? Por favor, pasen a la humilde cámara de mi taller y me cuentan.

Caminamos hacia una puerta de color verde, subimos cinco peldaños y entramos a un cubil pequeño;  nos sentamos enfrentados, como rodeando un vacío, para mirarnos a la cara sin perder detalles de gestos y miradas.

-Lo escucho Jorge – Abre el juego Fibamarih-

-Maestro, me anda preocupando un caso bastante particular. Se están afanando las imágenes del Gauchito Gil de todos sus santuarios callejeros. Es curioso que se roben esas austeras figuras de un santito popular… no tienen valor material… temo que hay una razón diferente a nuestra lógica corriente… o alguna acción ridícula…

-Mire, en los últimos dos meses me han encargado seis imágenes del Guachito y seis de San La Muerte. Me pareció raro porque me las han pedido de una por vez. Como si intentaran reponer alguna falta… espero que el dato le sirva. 

El ciego se queda pensativo y después de una despedida apurada me lleva, en remis, hasta el Puente Wierna entre Vaqueros y La Caldera.  Durante el viaje hace dos llamados. Una vez en el lugar, quedamos solos a la espera de alguien. Pasados unos veinte minutos, llegan al lugar dos autos. Dos personas  se acercan hasta donde estamos, al borde del río. El ciego saluda a ambos sujetos y les dice.

-Amigos, no ha sido nunca buena idea ser más papista que el Papa. La fe es una cuestión más seria de lo que ustedes suponen y su triste proceder mafioso es altamente reprochable. Eso de disputarse la calle y robarse las imágenes es de pandilleros de poca monta. Pídanse disculpas y estrechen las manos. No quiero más pleitos. No quiero saber de ninguna profanación más. No quiero ofensas vergonzosas. Sobra lugar en el mundo para todos y sobran corazones en pena para ayudar y cuidar.

Se sella el acuerdo y se termina la guerra de los acólitos de los santos del pueblo. El conurbano de las creencias vuelve a la paz.

Lo que es arriba es abajo. Todo a imagen y semejanza de la desesperación y el miedo de los hombres.

-Decime, Siryab ¿Qué opinas de esta disputa?

-Esto en el Vaticano no pasa…

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