Caprichos de Salta: La Niña

Cultura 04 de enero de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
ESCULTURA

La jornada se presenta con algunas dificultades. No es bueno cruzar la calle en chancletas cuando llueve; siempre es mejor esperar. El día anterior acompañé  al Ciego en una visita, un tanto rara, a la casa de un sujeto mayor que movía objetos sin tocarlos; según él, lo hacía con la mente. El ciego decía que era un prodigio; yo elegí la duda. Cuando salíamos de la casa, cercana al Cementerio de La Cruz, nos cruzamos con un cortejo fúnebre. Jorge me preguntó si conocía el relato de “La Niña Patricia”. Obviamente, no lo  conocía. Hoy me va a contar la historia…

Nos  sentamos  a tomar café en un lugar alejado del centro. El ciego se da un tiempo, respira profundo,  sorbe un poco de agua y comienza:

“La Niña Patricia fue una jovencita bastante vanidosa… casi insoportable.  Le gustaba que la cortejen y que la halaguen. Bien bonita era la señorita y… ¡bien jodida, también! Un día despareció. Durante varios meses la buscaron. Imagínese, esto sucedió a comienzos del siglo XX. En esa época  al que desparecía y  no dejaba rastro, no lo encontraban más. La buscaron por toda la provincia. Hasta donde podían llegar los changos a caballo fueron por ella. Toda  la gente estaba movilizada y consternada. Pasaban los días y al dolor se le sumaba la oscura magia del misterio. La situación fue fábrica de variadas historias: todas aterradoras y penosas; mas algunas muy vergonzosas que solo se contaban en intimidad.

 Las mujeres rezaban, los hombres la buscaban. Al cumplirse los seis meses de la desaparición y después de observar la situación con los ojos del  Obispo y de tres brujas, se concluyó que estaba muerta. Su padre, que la tenía como favorita entre sus hijas,  decidió darle un lugar en la bóveda familiar del cementerio y mandó a hacer una escultura, en su memoria, para dejarle flores hasta que apareciese el cuerpo.

La cuestión es que la Niña Patricia no había desaparecido ni había muerto ni nada… se había escondido para contemplar desde la clandestinidad el impacto de su ausencia y gozar con el revuelo que la había popularizado más allá de los límites de Salta, llegando a Jujuy y Tucumán. Hasta en un diario de Buenos Aires se hablaba de ella. Una criada la asistía, “La Negrita”. Le daba de comer y la cuidaba. También le proporcionaba la información necesaria para no exponerse innecesariamente. Como ya dije, era una moza muy presumida y… eso fue determinante para su historia.

Cuando la criada le llevó la noticia de que le habían hecho una escultura con su figura y la habían puesto en la Bóveda familiar para tenerla presente hasta que aparezca el cadáver ¡Enloqueció de vanidad!

Una noche, acompañada por la muchacha  y habiéndose  procurado la llave de la Bóveda, fue al cementerio a ver su versión en mármol ¡Extasiada estaba, la niña! La contemplaba con lágrimas en los ojos. Estuvo delante de la escultura de mármol, de casi dos metros de altura, durante varias horas mientras la sirvienta le sostenía la lámpara de aceite. Finalmente se acercó, la acarició y la abrazó. La estatua se tambaleó y cayó sobre ella. Murió aplastada instantáneamente. La criadita salió corriendo a los gritos, llorando aterrada. La puerta de la Cripta se cerró.

Cuando la Negrita contó la historia completa y con lujo de detalles, la niña fue sacada de la Bóveda y enterrada en una tumba común sin placas ni flores. Sólo  con una Cruz negra de madera que indicaba donde yacía sus huesos.  

Dicen las malas lenguas, que descienden de la gente que la buscó, la lloró y la odió, que durante las noches de luna llena, ella se levanta de su lecho y va a la cripta;  golpea la puerta y busca su escultura… llora, grita y pide perdón… su padre mandó a destruir la estatua y todo aquello que la recuerde o la represente. Hoy sólo es un alma en pena”

-Triste, muy triste.

-La vanidad es triste.

Los cementerios están llenos de gente que niega su muerte y de familiares que los visitan para seguirles la corriente; esa vanidad baratita naturalizada es un gran negocio. Todo tan sospechoso como la telekinesis o la popularidad de los que no tienen ningún talento.

 

 

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