Caprichos de Salta: Mal genio

Cultura 11 de enero
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
lámpara

Esta es una historia  que me llegó hace un tiempo y nunca escribí porque su veracidad es tan cuestionable como las justificaciones  que esgrimen esos individuos  que toman mate con azúcar  y dicen que la pasta frola puede hacerse con dulce de leche; esos tipos, además,  piden spaghetti con salsa rosa;  le ponen mostaza al asado o le dicen empanadas de humita a las empanadas de choclo… Bien, no quiero cansarlos con mis modestos odios innecesarios, lo cierto es que  este relato nos lleva al inicio del siglo pasado… momento en el que alguna gente tomó la decisión de suicidarse  ante el paso del cometa Halley…  y después de tomar mate dulce.

Antes de avanzar en la historia debemos ponernos al tanto de algunas cuestiones que hacían a la vida de la gente de a pie (muy de a pie y sin calzado) por aquellos años. Las distancias eran tortuosas, la vida urbana era poco menos  difícil que la vida rural y esta última, era un estilo  un tanto más sano pero también, muchas veces, más doloroso que el pinchazo de una  espina de churqui. Comer no era tan sencillo. Porque comer implicaba buscar y adquirir la materia prima y elaborar el alimento. Para prender fuego había que buscar leña o comprar querosene y el agua era menos confiable que el peor de los vinos. La electricidad llegó a Salta en 1898, pero sólo al casco céntrico. No fue hasta después de los años ´50 que fue extendiéndose paulatinamente al resto de la ciudad. Al día le sobraban muchas horas para el que no trabajaba y las noches eran más oscuras y profundas para el insomne.

Hubo un hecho  por aquellos días que se hizo noticia y como reguero de pólvora, se encendió y  recorrió la provincia; una vez agotado su bullicioso brillo, quedó sólo la cicatriz del recuerdo en la memoria popular… y esta memoria, como todos sabemos, es frágil e ingrata… hoy ya casi nadie sabe de este relato fantástico que es una joya histórica invaluable.

Un día cualquiera de todos esos que construyeron la torre  del primer año del siglo XX empezó la historia que nos convoca. Un comerciante judío que recorría los barrios  con su carro bazar y mercería, vendiendo aquellas cosas de básica utilidad en cualquier  hogar, fue, involuntariamente, el hacedor  de un relato tan fantástico como aterrador. Digo “involuntariamente” un poco por lo imprecisos que son los datos y otro poco por prudencia y algo de piedad. En fin, este sujeto facilitaba a cambio de algunas monedas algún que otro lujo inalcanzable al pobrerío: perfumes, jabones de tocador, alguna alhaja baratita o libros raros de ediciones dignas de desconfianza. Dicen que, un día, por equivocación vendió una lámpara de aceite hecha de bronce que era más que eso… otros dicen que se le cayó o fue robada. Más allá de las especulaciones, la lámpara terminó en las manos de un chango de nombre Isaías que tenía más hambre que un asceta perdido en el desierto. El tema es que el muchacho en su afán de comerciar  el objeto, lo lustró con una media rota que tenía.

Inmediatamente se iluminó y empezó a echar una bruma de color verde. Fue entonces que vio algo que no podría reconocer ni en los delirios de sus peores borracheras: un ser tan bello como extraño a la naturaleza humana surgió del exótico artefacto. Dedos de manos y pies palmeados, ojos grandes absolutamente negros y voz sensual. Era el genio de la lámpara. Pero no era un genio cualquiera ¡Era el  más hijo de puta de todos los genios! Se supone que el genio es un sirviente prodigioso, mágico. Es de utilidad efímera pero altamente efectivo. Éste, de nombre Josefat, no revelaba su condición; su aparición fantástica cautivaba y subyugaba a los humanos asombrados por su brillo y eventualidad. Conocedor, este mago sirviente, de las leyes humanas y la perplejidad que provocaba, se ofrecía a cumplir tres deseos pero valiéndose de los vacíos legales existentes en los acuerdos tácitos y las normativas del sentido común; las trampas de las expresiones coloquiales; las urgentes necesidades  y, obviamente, la vasta ignorancia de la gente. Todos lo tomaban por un dios o un demonio.

Bien; el caso es que Isaías, ante el requerimiento del genio de elegir tres deseos para ser cumplidos inmediatamente, se siente abrumado y pide lo que considera un deseo salvador impostergable  gracias al ruido descomunal de su estómago a causa del hambre: “Que nunca me falte el pan en la boca” dijo poéticamente y el genio cumplió. Le dio un pedazo de pan que el muchacho se metió en la boca y masticó durante horas  sin poder tragarlo. Ante el reclamo, el genio contestó “Me pediste que el pan nunca falte en tu boca, no me pediste que sea mucho, tierno y rico”. El joven confundido pero entero aun, pidió “No quiero tener los pies desnudos nunca más” y Josefat cumplió… le dio una bolsa llena de medias. Medias por cada uno de los días que le quedaban de vida… pero no venían por pares. Isaías veía casi esfumársele la felicidad entre las manos; entonces pidió sin dudar “Quiero ser rico”. “Hecho” dijo el genio y desapareció. Poco tiempo después, Isaías apareció tirado en un arroyo entre los cerros; su cuerpo presentaba signos de haber sido devorado por animales salvajes… poca carne quedaba de él, casi irreconocible…

Algunos aseguran que los genios se alimentan de carne humana, yo no sé si es cierto pero le suma una importante cuota de magia oscura al relato. Algo que a Edgar Allan Poe le habría sido seductor  y hubiese aprobado con beneplácito.

Lo que fácil viene, fácil se va; lo que rápido se prende, rápido se apaga… en fin… para todo hay que saber… el tipo que inventó el vaso se cansó de perder, entre los dedos, más agua de la que tomaba. Si el primer fracaso no es aleccionador, los siguientes son cada vez más peligrosos…

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