Abortando la República

Opinión 06 de marzo de 2018
En un año atestado de vacuidad y herido de las inescrupulosas luchas de poder, la Argentina no cesa de recibir puñaladas en manos de sus enemigos que desde la derecha o la izquierda, pese a sus seudo diferencias, coinciden en su interés consciente o inconsciente de abortarla.
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El control y la manipulación de la agenda pública, más aún en tiempos electorales, es un recurso vetusto, al que sin embargo nadie quiere renunciar sin importar cuan progre o posmoderno se considere. Es quizá el artilugio por excelencia, pues logra correr a la sociedad del eje, traspolándola a una especie de realidad paralela en la que todo perdura el tiempo que la niebla de las primeras planas tarda en disiparse. El viejo dicho “si quieres encontrar la solución a un problema, no pienses en él” cuya autoría es tan desconocida como los autores intelectuales del divagar que nos sofoca, parece haber forjado nuestro destino, ese que habla de derroteros inasibles, de tropiezos recurrentes, de senderos que se bifurcan solo especulativamente.

Inmunes al aprendizaje que suele emerger de los errores, los argentinos saltamos, de tribuna en tribuna, parloteando inconsistentes sobre la salud y los extranjeros, la violencia machista que parece estar en el origen de todos los males, la lucha por la igualdad femenina que enarbola la bandera de privilegios diferenciadores, los familiares de los políticos y el oportunismo criollo, los insultos en las canchas a la investidura presidencial, los planes sociales y lo que parece ser un pecado político: pedir una contraprestación a través de una cláusula laboral, el salario y los paros docentes, el cierre y la apertura de escuelas… en un Boca-River sin árbitro ni reglas, sin medio tiempo que nos permita respirar, pensar, analizar, parar la pelota y simplemente correr el telón y enfrentarnos a lo que hay detrás.

Acostumbrados a pensar dicotómicamente, en un frenesí bipolar sin parangones, somos incapaces de leer entrelineas, de visualizar los grises, de preguntarnos tantas veces como sea necesario ¿por qué?, hasta llegar a la raíz del problema como paso previo forzoso antes de emitir cualquier tipo de opinión. En este país del nunca jamás, la inmadurez no cesa de arremeter contra la visión de un horizonte común, aquel que solo puede existir en tanto logremos construir cimientos sólidos fraguados por valores incuestionables. El relativismo y justificacionismo locuaz, que a diario brota de los debates, solo confirman el peor de los diagnósticos al que puede enfrentarse una sociedad: estamos abortando la República, decretando su muerte desde un altar de humo, ignorantes de nuestra propia ignorancia.

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Desaparecemos el estado, expulsando del mismo toda persona que ose tornarlo eficiente, evitando el derroche de recursos vitales para su propia pervivencia. Tiramos la piedra y escondemos la mano, apelando al infantilismo de buscar la “paja en el ojo ajeno” y amparándonos en la inacción de un poder judicial poroso que teme, cual adolescente, volverse impopular a través de sus fallos. Cuando todos pueden decir y hacer cualquier cosa, nadie parece entender que alguien siempre es responsable por algo. Entonces, preferimos enarbolar la bandera de la inclusión de los extranjeros, amparados en frases hechas sin demasiado sustento pero que son el canto de sirena ideal para no debatir la corrupción y vaciamiento del sistema de salud. El mismo que exige hidalguía a médicos y enfermeras mal pagos, que no revisa sus libros contables hasta que el rojo de los números termina en hemorragia, volviendo inverosímil ocultar el agujero por donde se escabulle el fraude.

Tiramos por tierra el principio constitucional de inocencia, temerosos de quedar en la vereda incorrecta en esta especie de caza de brujas en la que se han tornado los planteos de un sector feminista que poco representa los anhelos del común de las mujeres. Nos confundimos y caemos en generalidades nefastas, que cargan de violencia simbólica un planteo profundo que trasciende los números reales de feminicidios y que grita desde la más absoluta incomprensión los orígenes del pensamiento totalitario. El supuesto sexo débil construyó murallas en lugar de tender puentes, en un juego de poder que coquetea con la misma filosofía machista que se pretende extirpar. Y la lucha pierde su norte, al escapar a la necesidad de sostener las diferencias como primer paso ineludible en el camino de la igualdad. Escogemos cerrar los ojos, y tapar nuestros oídos a los insultos y acusaciones que como esquirlas lastiman aún más los vínculos ya heridos de una sociedad desmembrada y exhausta de pedir auxilio hacia el interior de la grieta.

Espantados por un número de muertes que desconocemos, pero que dado el énfasis del reclamo parece justificar un debate rápido, limpio (en el sentido de sin costos políticos) sobre el aborto si o no, nos lanzamos al vacío como si se tratara de una discusión parlamentaria sin mayor complejidad, pese a que ni siquiera puede correrse la misma del terreno religioso, dejando a la comunidad médica y la densidad de los planteos que subyacen en torno a este tema por fuera. En un contexto donde la información abruma, y hablar de sexo dejó de ser tabú, la Argentina triplicó en 6 años los casos de sífilis, y suma a diario 18 nuevos pacientes con VIH a sus estadísticas. No se trata sólo de decidir si el estado se hace cargo de poner fin a una vida en gestación, sino de mirar más allá o más acá de la punta del iceberg, tratar de comprender cómo es que el sexo sin protección se volvió una opción cuando no una moda, pero sobre todo, reflexionar sobre qué vamos a hacer los adultos para revertir y prevenir las muertes que por irresponsabilidad de unos y otros tendrán lugar en los próximos años. Claramente la legalización del aborto está lejos de ser un tema más de agenda política, colocarlo allí es otro síntoma del problema de fondo que estamos negados a poner en el centro del debate por la inmadurez que conlleva las profundas falencias educativas que sufrimos.

Optamos por volver, año tras año, a apoyar el paro docente y su reclamo salarial, antes que hacer uso de la capacidad analítica que debimos aprender en las aulas para entender que la frustración ante la ausencia de apoyo del Estado, de los directivos de las escuelas, de los sindicatos, pero sobre todo y esencialmente de las familias, no se supera con más plata sino con una discusión seria y madura sobre la educación que queremos. Resulta cómodo, por lo evidente, exigir por edificios arrasados en lugar de reflexionar sobre la destrucción de los pilares fundamentales de la convivencia dentro y fuera de las aulas: el respeto al otro, a las normas, a la autoridad del docente y su vocación, a la Patria y sus símbolos, a la enseñanza como único medio para forjar una auténtica Nación.

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¿Qué hay detrás de la corrupción, de la ausencia total y generalizada de respeto por la vida, de la incapacidad de visualizar un futuro diferente al presente, de la imposibilidad siquiera de pensarse en este contexto, sino la falta de educación en su sentido más profundo? Hemos perdido la capacidad de asombro, naturalizado lo aberrante, justificado lo inaceptable, es hora de empezar a dialogar sobre lo impensable, enfrentar el dolor y la vergüenza de sabernos abatidos pero confiados que este es el auténtico camino, aquel por el que vale la pena marchar. Si nos animamos, si decidimos que el futuro de nuestros hijos no cabe en una simple agenda, si logramos mirarnos al espejo y ver la vara que atraviesa nuestro ojo, si podemos quitarla para ver al otro con el que tenemos que aprender a caminar, si entendemos que la vida es un fin en sí mismo, un valor inalienable, y que enseñar a respetarla en sus características diferencias es un trabajo de la sociedad toda, estaremos dando el primer paso en la comprensión de los problemas, poseeremos una verdadera solución diluyendo todo halo de distracción, habremos salvado el futuro de esta Nación.

Por Lic Maria Florencia Barcos, para InformateSalta

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