Caprichos de Salta: Los Instrumentos

Cultura 08 de marzo de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
MUSAS

El ciego Jorge me arrastra hasta San Lorenzo. Me arrastra hasta otro relato, otro capricho. Entramos al parque de una vieja casa victoriana. Caminamos sobre la gramilla mojada; está por amanecer; la llovizna es demasiado molesta pero es, también, indispensable. Llegamos a la casa; la rodeamos hasta encontrar una puerta de quebracho con grandes herrajes forjados a la vieja usanza que aparenta ser pesada e infranqueable. Jorge saca una llave de un saco rojo acordonado con un extraño símbolo bordado. Mete la llave en la cerradura y abre la puerta. Antes de traspasar el umbral toma un largo trago de whisky de una petaca que siempre lleva en el bolsillo interior de su chaqueta. Suspira y me dice:

-Vamos a tener que ventilar. El olor a momia ya es insoportable. Encima la humedad, acá, es una batalla perdida.

El lugar parece el depósito de un anticuario. Libros, herramientas de carpintería y de herrería, pinceles, paletas, instrumentos musicales, armas, ropas de época, joyas, bastones, botellas, vajilla, calzado, anteojos, máquinas, juguetes… Las columnas que sostienen el techo son esculturas de las nueve musas griegas: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Terpsícore.

-¿Qué es éste lugar? ¿Qué función cumple? –Pregunto ansioso-

-Acá guardamos algunos objetos históricos con características peculiares. Herramientas  de una tecnología fantástica. Estas cosas no deben ser usadas ya… Bueno… salvo algunas que necesitamos…

-¿Puede ser más preciso?

-Sí, por supuesto. En los inicios  de la civilización, los dioses andaban entre los humanos. Seres virtuosos. Seres con dones, talentos  extraordinarios… de una naturaleza superior. Esos dones hacían posible la construcción de ciudades, la cura de enfermedades, la producción de alimentos, las artes y el orden social.  Después de muchas generaciones de mezclarse dioses y humanos esos poderes se fueron diluyendo. Para compensar esa falta, los pocos híbridos que quedaron desarrollaron una tecnología para cumplir con esos requerimientos que las dificultades siempre han exigido. Esos instrumentos prodigiosos, creados con esmero, cumplían y cumplen un rol fundamental y, también, un riesgo… el riesgo fue, y es, que con estos  artefactos, cualquier cacatúa puede soñar con la pinta de Carlos Gardel. Entonces, nosotros, desde hace cientos de años, por no decir miles, administramos estas cosas. Las damos o las guardamos según convenga.

-¿Puede ser un poco más concreto y bajarme esos conceptos a tierra?

-Obvio ¿Ves esa guitarra que está en el rincón? Esa es la guitarra que usaba Eduardo Falú.

-¿Qué me quiere decir con eso?

-Qué Falú, un hombre de extraordinaria nobleza y bondad, era más sordo que una tapia.

-No sea hijo de puta, Jorge.

-Aquel es el piano del Cuchi. En esos estuches están las lapiceras de Juan Carlos Dávalos. Nosotros buscamos a las personas que van usar esos instrumentos. Es un proceso complejo, por el cual, el objeto elige a quien va a ser su dueño hasta que muera y, éste, lo debe usar para crear, para mejorar la vida. Debe tener, esa persona, determinadas características intelectuales y emocionales…algún indicio divino debe portar en su frágil vida… una chispa indispensable que va a servir para activar  estas herramientas sagradas.

-Permítame dudar. –Digo, algo confundido-

-Dudá todo lo que quieras, es gratis.

Salimos de ahí después de limpiar y ventilar el lugar. Antes de almorzar pasamos por el Teatro Provincial. La Orquesta Sinfónica de Salta está ensayando. Entramos a la sala. Cuando los músicos ven al Ciego hacen un respetuoso silencio y se ponen de pie. Los instrumentos, ahora, tocan solos… apartados de las manos y las bocas de sus ejecutantes habituales. Interpretan “La Creación” de Haydn. Cuando termina la obra, El Ciego Jorge aplaude y grita ¡Bravísimo! Me mira y me dice:

-Tengo la máquina de escribir de Hemingway, pensalo… en una de esas dejas de ser un cagatintas medio pelo y te convertís en alguien útil.

 

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