Caprichos de Salta: El ojo de la tormenta

Cultura 15 de marzo de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
GRITO

Hace más de una semana que no veo a Jorge ni sé nada de él. Nunca lo busco. Hice un trato y lo cumplo a rajatabla. Es él quien me busca, mejor dicho, él es quien siempre me encuentra… o me lleva misteriosamente hasta donde me necesita. El clima es hostil hace ya varios días, llueve en forma sostenida  y siento que algo no anda bien o, al menos, no se ajusta al ritmo escrito en la partitura que rige la música de las calles del centro. La lluvia se detiene abruptamente. Sopla una brisa fría que me hace desear  un café caliente  y, de ser posible, un abrazo. Me siento en una de las mesas de El Regidor, mirando a la esquina de Caseros y Buenos Aires. Mientras sorbo mi café, lo veo. Como la primera vez. El Ciego está, parado en la esquina, oliendo el viento… buscando quién sabe qué. Gira y emprende su marcha hace el este, como aquella primera vez. Como hice en el pasado, lo sigo. Sé que él sabe que lo sigo. Yo también finjo. Finjo no saber que me está arrastrando. Lo sigo hasta aquella puerta. Entra a la vieja casa. Deja la puerta abierta. Me asomo, miro a un lado y otro, entro, cruzo el zaguán y me encuentro con un patio interior absolutamente vacío y pintado de blanco. El ciego está sentado a una mesita de madera con una botella de grapa y dos vasos. De la habitación del fondo viene la voz de Billie Holiday. Hay una silla vacía. La ocupo. No me animo a hablarle. Jorge sirve la bebida en los vasos y me hace seña para que tome. Le hago caso. Bebo despacio, él lo hace de un solo trago. Pasan cuatro horas; la luz se va rindiendo; a la vuelta de la esquina asoma la nochecita. Es entonces que le oigo un sollozo profundo y la explosión de un llanto de niño. Se lleva una mano a la frente y deja caer su cabeza sobre ella. Como si soportara con una mano todo el peso de su enorme y vieja alma, como queriendo demostrarle al mundo que, solito, puede con su propio dolor, que no necesita más que su mano  y llorar un poco. Nunca tuve tan cerca del desconsuelo y la pena ¡Nunca! Yo jamás he sentido todo ese dolor en mi vida; tampoco  había sentido el dolor de alguien como si fuese propio. Se quita los anteojos negros, se seca las lágrimas; se sirve otro trago y se lo manda al buche apuradamente. Se suena los mocos, se levanta, me palmea en un hombro y se va al fondo. Acto seguido se larga  a llover torrencialmente. Me quedo un rato bajo el agua tratando de sacarme de encima semejante experiencia.  Salgo de ahí, camino, cruzo la tormenta como si fuese un ritual necesario para limpiarme de tanto dolor.

Paso la noche sin dormir… a las 6 de la mañana suena mi teléfono. El ciego me habla del otro lado:

-Muchacho, has visto al peor enemigo del corazón. La tristeza del alma, el dolor eterno, la melancolía original. El imbatible  vacío.  Es la nada misma. La nada que todo lo colma… y esa paradoja la hace invencible. Hoy viste un reflejo del principio y del final. La cabeza y la cola de la serpiente. El ojo de la tormenta. Cuando ni siquiera hay incógnitas, el ardor es insoportable… en ocasiones sólo la muerte puede curar esa sensación de decrepitud interminable… eterna. La  nada es la eternidad. Por eso cuando la gente se niega a morir sufre  de más. Si conocieran la verdadera tristeza como la conozco yo… dejarían de hacer dietas, ponerse tetas y culos de plástico o gastar plata en cremas y botox. Malditos animales de granja. Ese dolor sordo y ciego  es estar poseído por la muerte en vida. Todo lo que uno conoce y ve pierde su esencia, su fuego sagrado. El mundo se vuelve una morgue. Todo blanco, hasta cuando uno cierra los ojos, se ve todo blanco. No hay tregua al ardor. Uno busca un poco de oscuridad para echarse a descansar… pero eso no existe cuando la muerte te vista, te abraza, te besa y se queda un rato con vos sin la puta intención de llevarte, sólo ves un resplandor…

Se corta la comunicación… por la ventana se ve que el día viene pechando con ganas, trayendo sol y la chance del desahogo; dos cosas que hasta hace unas horas estaban tan lejos que parecían no existir. El mundo no puede detenerse a entender el sufrimiento, está ocupado mirándose el pupo.

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