Caprichos de Salta: El Jardín

Cultura 12 de abril de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
granados

La casa tiene tres patios. Una parte de ella está abandonada y allí, en su centro, está el tercer patio. Nadie ajeno a la propiedad ha cruzado la última puerta, la del fondo. El olor que viene del otro lado es bastante desagradable; puedo sospechar, entre tantas cosas,  que es un cadáver el que echa ese olor repulsivo. El ciego me  ha traído hasta aquí sin darme explicación alguna. Me arrastró sólo con un “acompañame” y una cuadra antes de llegar, me dijo “Es notable ¿Te diste cuenta que sólo tenemos registro de consultas a la memoria por los hechos desgraciados? Tal vez los aconteceres agradables se asumen de otra manera. Se incorporan como nutrientes y no hace falta pensarlos. La gente cuando se siente bien no piensa que es así porque comió una manzana o tomó dos litros de agua… pero cuando se siente mal, busca en el pasado inmediato que carajo comió o que hizo para  perjudicarse… yo siempre me pregunto qué es lo que me hace tan mal todos los días… pero me parece que la razón es demasiado antigua para  mi memoria… para cualquier memoria”

Jorge abre la puerta del último patio. Hay un jardín rodeado por una galería que nos lleva a habitaciones destechadas con pisos de tierra. Todas ellas tienen infinidad de plantas con flores tan bellas como inquietantes. El olor a carne podrida es espantoso. En el patio hay algunos árboles: un almendro, un granado, un manzano, una acacia, un sicomoro y un sauce. Hay rosas y rosas de sarón. El ciego me toma del brazo, como cada vez que necesita que sepa algo que no debo olvidar y me dice:

-Hay un impulso muy viejo en la mirada humana; el de elegir un árbol entre muchos. El de buscar el árbol adecuado… y elige siempre mal. Porque no conoce los atributos del árbol que busca. Cada persona es una flor que mira todos los árboles menos al que pertenece… al final, como siempre, la flor muere… se hace fruto… pero el fruto ya no es lo mismo… es otra cosa… es la memoria de millones de flores que miraban al árbol más lejano y nunca supieron que estaban en uno igual. Quizá todo sea una maldita trampa, una aterradora pesadilla recurrente… un auto castigo impuesto por un pasado que se juzgó vergonzoso y fue necesario negar hasta el olvido… un olvido que hoy es sufrido y no se ha podido remediar con ningún fragmento de recuerdo arcaico”

-El lugar es hermoso, acogedor… pero el hedor que emana es para espantar ánimas… ¿Qué huele tan mal?

- De la podredumbre sale la vida, Siryab. La semilla se pudre y se hace planta o… flor. Aquella flor es la que huele mal – El ciego señala a una enorme flor que  está en una habitación lateral-

Me acerco al lugar y la veo. Mide unos dos metros y medio de alto y apesta a perro muerto.

-Amorphophallus titanium, la flor cadáver. Una planta  que florece cada dos años y atrae a escarabajos y otros insectos polinizadores con su particular aroma. Es natural de Borneo. Ha hecho un largo viaje para llegar hasta aquí.

Caminamos entre los árboles. El ciego toca, acaricia cada uno de ellos. Cuando llega al granado dice:

-Este es el árbol que dio el fruto para el primer vino. Este es el árbol del conocimiento. El verdadero. El árbol de la memoria. La memoria es un libro… pero es inútil poseerlo si no se lo sabe leer. Con comer su fruto no se aprende nada.  Es en verano cuando esta planta nos da toda su sabiduría. No en otoño.

Tres pasos más allá y saltando una caja con abono, está la acacia. El cantero ha sido carpido recientemente. Jorge parece hacer  un gesto reverencial y balbucea:

-Yace aquí la mejor flor de la hermandad. La de la memoria más antigua, la del secreto más deseado.

Vuelve a tomarme del brazo y habla desde la profundidad del corazón:

-Este es el jardín de la memoria. Solo las plantas saben guardar secretos… y saben contarlos cuando florecen… porque cuando florecen miran a otros árboles por amor. Si un humano se acerca y levanta, como implorando, los brazos al hacia el cielo, ellas, en su afán de ser amadas… lo cuentan todo. Eso sí, tenés que saber su idioma. El idioma más viejo de la vida… ese que ha quedado tan lejos… que la memoria ya no lo contiene…

-Dígame, Jorge… ¿A dónde me quiere llevar?

- Donde vamos todos, caminamos hacia adelante para volver atrás… hacemos el camino del sol… El sol es el dios de las plantas… y el agua es su diosa. Sobre sus hojas muertas y sus frutos podridos nacen, crecen y viven sin olvidar ni un minuto de sus vidas ni la de sus ancestros. No como nosotros que hemos perdido la palabra para nombrar eso que nos falta y, sólo por eso, no sabemos de dónde venimos ni dónde vamos.

-Dígame ¿De quién es esta casa?

-De una viuda… una gran mujer… lástima que sus hijos ya casi no la visitan… “¡Pobre mi madre querida… cuántos disgustos le he dado!” cantaba Carlos Gardel… el hermano Carlitos. Nos vamos… Ya es medianoche en punto… hay que cerrar…

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