Caprichos de Salta: La reconciliación

Cultura 10 de mayo de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
Camps

La gente junta rencores y los deja ponerse rancios. A los fastidios y desencuentros hay que meterles mano cuando están frescos. Acá, tenemos por costumbre guardar los enojos hasta acostumbrarnos. Los dolores de esos daños son naturalizados como si fuesen un simple olor a patas… pero no, no es así. Pasan los años y la gente olvida las razones por las cuales ha dejado de hablarle a alguien. Lo que no se olvida es la sanción que se impuso y el compromiso de sostenerla hasta que una muerte deje sin sentido al enojo y un velorio junte a las partes para una reconciliación imposible.

El Ciego parece sentir una tristeza profunda, una desolación árida y sorda mientras hace el comentario. Estamos parados en la esquina de  12 de Octubre y Mitre. Iniciamos una marcha lenta hasta 25 de Mayo. Tres cuadras vamos a caminar. Jorge, entonces, retoma sus consideraciones.

-Este tramo de la calle 12 de Octubre es donde la gente viene a reconciliarse. Tres cuadras son suficientes para arreglar cualquier conflicto. No hay mucho que decirse, una suma de gestos sinceros reconstruyen los puentes que han sido rotos. Es un ritual muy sencillo pero costoso. Acá se comenzó con esta tradición de sanar heridas provocadas por enojos y disputas provocadas por borracheras trasnochadas y lunas llenas impiadosas con los nervios y las ansiedades. Acá se armaban grandes líos. Durante los carnavales, las comparsas se hacían re cagar. Hubo que buscar una forma de evitar las peleas. Obviamente, no se encontró esa solución… entonces, se empezó a valorar la posibilidad del reencuentro. Amigarse y seguir adelante. Los expertos estimaron que la distancia de  tres cuadras era la extensión justa que se necesitaba para caminar hacia la reconciliación.

El Ciego se detiene bajo una frondosa tipa que le presta su sombra. El sol de la primera tarde es bastante hostil para las caminatas por las veredas vaciadas por la siesta y la fiaca implacable que deja el almuerzo. Jorge se seca el sudor de la frente y sigue.

-Hubo una bronca que fue histórica. Duró más de quince años. Ese fue el enojo de Ninguno López y El Bota Rodríguez. Una madrugada entre gritos  cargados de insultos y amenazas imposibles de cumplir, Ninguno López se fue de la casa de El Bota pegando un portazo que estremeció a todos los vecinos. Eran muy piernas esos changos… pero un día se pelearon y no se volvieron a hablar. Ese día, justo, fue el cumpleaños de El Bota.

- El apodo de López me parece raro –Digo tímidamente-

-¿Qué apodo? López no tenía apodo.

-Pero usted lo llamó Ninguno.

-Por eso. Todos tenían un apodo, menos él. No tenía ninguno. Por eso se le decía Ninguno. En esta calle, a nadie se le  llama por su nombre de pila. Es mala suerte. Salvo a las mujeres, ellas están exentas de esas pelotudeces.

-Y… ¿Por qué le decían El Bota a Rodríguez?

- Porque era un morocho flaquito que calzaba 47. De perfil parecía una bota…

Ya transitamos la segunda cuadra y el relato avanza con el mismo ritmo que le damos a nuestros pies.

-Durante esos quince años que duró el distanciamiento, nadie supo la razón por la cual “se retiraron los embajadores” aquellos entrañables amigos que una noche dejaron de hablarse. Hasta que un día El Bota se puso jodido de salud y Ninguno lo fue a ver. Caminaron ida y vuelta las tres cuadras buscando recuperar su amistad antes de que La huesuda los deje sin chances. A todos nos pareció, sospechamos, que el objeto del enojo era algo muy delicado… y al final supimos que sí… que así era nomás…

-Se pelearon por política o por una mujer… seguro. – arriesgo-

-Noooo. Eso lo hubieran solucionado rápidamente. La pelea surgió porque Ninguno le regaló a El Bota, un vino muy bueno. Carísimo. Un vino que le afanó a un coleccionista… y ¡El muy hijo de puta de Rodríguez  le puso hielo y lo cortó con gaseosa!

-¡Noooooooo!

-Sí. Parece que Ninguno López lo puteó tan feo que El Bota reaccionó con un “… ¡y a vos que puta te importa si le pongo naranjada…! López se cagó de odio y le partió la botella en la cabeza…Una tragedia. Quince años tardó esa herida en cicatrizar. Gracias a Dios, no hubo que lamentar muertes. Ponerle soda, hielo o gaseosa al vino puede modificar la historia de un país. Quien no entienda la independencia del vino, su soledad mágica y misteriosa… es un traidor potencial a la patria.

Llegamos a la última cuadra. Sopla una brisa  agradable. Todo tiene solución… menos el tiempo perdido y el vino arruinado.

 

 

 

 

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