El peronismo aprovecha el resbalón de Cambiemos y se pone en marcha hacia 2019

Política 20 de mayo de 2018
Urtubey, Pichetto y Massa articulan al PJ moderado, que no incluye a Cristina pero no margina al kirchnerismo. El Gobierno duda si debe negociar con ellos el ajuste
8 de marzo

Un gobernador es invitado por el Presidente a la Casa Rosada pero se excusa de asistir porque acaba de ser padre; un senador emplaza al jefe de Estado a presentar un proyecto propio para reducir el impacto del aumento tarifario; un ex candidato a presidente se mantiene en silencio pero orquesta, desde ese perfil bajo, estrategias legislativas y políticas de cara a 2019. Una ex presidenta también guardia silencio y le impide al Gobierno confrontar en el plano dialéctico.

Parecen conductas aisladas, pero si se las observa en conjunto, responden a una idea que empieza a hacerse carne en el peronismo: ya no es una quimera disputarle el poder a Cambiemos en la renovación presidencial del año próximo. Los nombres de este rompecabezas opositor son, en orden de aparición en esta columna, los de Juan Manuel Urtubey, Miguel Pichetto, Sergio Massa y Cristina Kirchner. Entre ellos no hay coincidencias, pero todos rechazan el rumbo económico.

Ese es, justamente, el talón de Aquiles de la administración del presidente Mauricio Macri, según lo reflejan todas las encuestas. La reciente crisis cambiaria, que provocó una fuerte devaluación del peso argentino respecto del dólar estadounidense, y la decisión del Gobierno de acudir por auxilio financiero al tan criticado Fondo Monetario Internacional, forman parte de ese panorama económico que ubica al Gobierno en su peor momento. Y al presidente Macri en un derrumbe de imagen.

El cambiante humor político de los argentinos quedó patentizado en un reciente sondeo de Poliarquía que determinó, incluso, que la gobernadora María Eugenia Vidal ya tiene más intención de voto que el propio Macri (19% sobre 16% en el rango presidencial), mientras que entre los dirigentes peronistas, sigue arriba Cristina Kirchner (24%), seguida por Massa (14%), Urtubey (4%) y Florencio Randazzo (3%). En este escenario, el peronismo moderado apuesta a ganar volumen político tanto entre los gobernadores del PJ como en el Congreso de la Nación.

ACUMULACIÓN OPOSITORA

En ese juego de pinzas, el salteño Urtubey y el rionegrino Pichetto aparecen como dos figuras centrales. El próximo martes se los verá juntos en un acto que organiza el Movimiento 21, cuyo arquitecto político es el sindicalista Hugo Quintana (APOC), en lo que será una nueva presentación del peronismo federal que ya tuvo antecedentes en Gualeguaychú y Córdoba capital. El encuentro será esta vez en la ciudad de Buenos Aires. Urtubey ya terminó con su licencia por paternidad.

Massa no es ajeno a esa movida. El tigrense aparecería en ese mismo foro más adelante, pero por ahora persiste en su estrategia de estar fuera de escena y prepararse para lo que venga: una vez por semana visita al ex ministro Roberto Lavagna en su casa del barrio porteño de Saavedra para profundizar su conocimiento sobre la economía. Massa ya se perfiló como un opositor directo y no figura entre los dirigentes de consulta de Macri, con quien no habla desde hace más de un año.

En cambio, en ese lote de consultados volvió a aparecer Martín Lousteau. Las turbulencias de las últimas semanas llevaron al Presidente a escuchar opiniones distintas de su propio equipo económico. “El déficit en la Argentina es la manifestación rotunda del fracaso de la clase política para administrar el Estado”, advirtió Lousteau tras esa conversación con Macri. El mandatario se embarcó ahora en un plan de ajuste fiscal que incluye a la Nación pero también a las Provincias.

Así lo anunció en la conferencia de prensa que ofreció el último miércoles en la quinta de Olivos. Pero el ajuste bien entendido debería empezar por casa: el Gobierno cuenta con 20 ministerios y pese a que cortó contratos de militantes kirchneristas que abultaron groseramente la plantilla estatal entre 2012 y 2015, también es evidente que en muchos casos los reemplazó por militantes propios. Además, el 90% del déficit de la economía argentina se debe al desequilibrio nacional.

Por eso mismo es que el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, solicitó en Washington un préstamo corriente del FMI, sino un “stand by” excepcional, que implica la posibilidad de recibir más dólares para robustecer las reservas del Banco Central pero, a la vez, una revisión técnica más rigurosa por parte del organismo internacional. No obstante, las propias autoridades del Fondo salieron a afirmar que no van a condicionar el programa económico gradualista del Gobierno.

Esa declaración, en boca de la propia Christine Lagarde, conlleva dos lecturas: que el FMI ya no aplica las mismas políticas restrictivas que en la Argentina son tan conocidas desde la crisis de 2001; que dará soporte a la administración de Cambiemos pero no se hará responsable si fracasa su plan económico. En ese sentido, el funcionario más autocrítico fue Federico Sturzenegger, jefe del BCRA, quien sostuvo que “el mercado nos dijo que no confía en nuestra política monetaria”.

MÁS PERDEDORES QUE GANADORES

Pero en los hechos, Sturzenegger no fue el único perdedor de la crisis cambiaria dentro del elenco oficial: también quedaron golpeados el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y el secretario de Coordinación, Mario Quintana, ambos con injerencia en la política económica. Distinta fue la actuación del cuestionado ministro de Finanzas, Luis Caputo, quien articuló una jugada con bonos que le permitió al Gobierno pasar el “supermartes” y allanó la renovación de las Lebac del Central.

En el plano político, el cimbronazo llevó a Macri a ampliar la mesa chica del Gobierno con el “indulto” de Emilio Monzó, el titular de la Cámara de Diputados que limó diferencias con Vidal; y la reincorporación de Ernesto Sanz con aval orgánico de la UCR nacional y bonaerense, que emitió un comunicado al respecto. En sus primeros días en ese rol, el mendocino Sanz ya se encargó de dejar en claro que mantiene “diferencias” con Peña sobre la articulación política interna de Cambiemos.

“En el plano político el cimbronazo llevó a Macri a ampliar la mesa chica”

 

Pero hacia afuera, ambos parecen coincidir en que explorar acuerdos con el peronismo –como proponen Monzó y el ministro del Interior, Rogelio Frigerio- no dará buenos resultados debido a que sus dirigentes ya están embarcados hacia la campaña de 2019. Mientras tanto, surge otro polo de poder interno en el oficialismo: el grupo de los gobernadores que integran Vidal, el porteño Rodríguez Larreta, el mendocino Cornejo, el jujeño Morales y el correntino Valdés.

Los mandatarios cenaron el viernes en un restaurante porteño y acordaron coordinar una postura conjunta de cara a la discusión del Presupuesto Nacional del año próximo. Se van a reunir cada 15 días como una forma de plantarse frente a sus colegas peronistas que se muestran críticos del Gobierno nacional, más ahora que las encuestas le dan la espalda a la Casa Rosada. Incluso, dan mal los sondeos del equipo de Jaime Durán Barba, quien es atacado duramente por Elisa Carrió.

La recomendación de esos especialistas es que el Gobierno debe hacerle sentir a la población que no está sola afrontando dificultades económicas. Por eso volvió ayer a los timbreos el propio Macri, aunque en un territorio amigable como la ciudad de Buenos Aires. En cambio, Vidal no participó de la actividad, tan característica del PRO. La vía pública será escenario, en los próximos días, de diversas protestas –del sindicalismo tradicional y la izquierda- contra el rumbo económico.

Allí se darán cita desde los Camioneros de Hugo Moyano –otra vez investigado por la Justicia- el viernes 25 de mayo en la zona del Obelisco, hasta los movimientos sociales como la CTEP, Barrios de Pie y la CCC que marcharán desde el interior del país para confluir el 1 de junio frente al Congreso nacional. Ambas convocatorias podrían ser muy numerosas. El próximo acuerdo con el FMI le otorga a estas organizaciones una plataforma para incrementar la agitación callejera, por supuesto, sin plantear cómo eludirían un default como el de 2001 sin una inyección de dólares que, salvo el FMI, nadie parece dispuesto a darla.

El problema es que del país se van por lo menos 30 mil millones de dólares más que lo ingresados, a causa del déficit de la balanza comercial, ganancias de empresas foráneas, remesas de los trabajadores extranjeros, intereses de la deuda y un gasto que creció por el dólar barato: el turismo al exterior y las compras que efectúan los viajeros.

Pero la disputa política central estará entre Cambiemos, que procura estabilizarse después del resbalón económico más reciente, y el peronismo que ya se puso en marcha rumbo a 2019.

 

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