Carta a un amigo

Sociedad 08 de junio de 2018
La leña siempre se prendió de la misma manera. Un poco de ella, otro tanto de carbón, y así el ritual de cada noche. La carne reposando en la mesada, la bebida elegida, bien fría en la mesa. Si no era unos quesos, algunas papas, o maníes más la música de fondo completaba la ceremonia habitual.
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Lo habíamos hecho decenas de veces, por no decir miles. Con afirmar que todos coordinábamos tan armoniosamente como cualquier restaurante de la guía Michelin. Cada encuentro era como un tatuaje, un sello que confirmaba nuestro intenso vínculo. Como un pacto de fidelidad, de elección, de amistad eterna. 

Hicimos los primeros cimientos afectivos en el Colegio Belgrano. Sin muchos ruidos ni alardes nos elegimos. Gustos en común, afinidades, valores. Con el tiempo nos reencontramos como si el destino nos hubiese elegido para su mundo. Nos juntábamos una vez a la semana, después dos. Luego tres. Día por medio. Hasta nos propusimos comprar un mismo sitio para convivir como una vecindad. Era inevitable buscarnos para compartir al menos un café. Obvio que también ocasionó motivos de celos y conflictos conyugales. Pues no es fácil entender la amistad masculina.

De repente estábamos en Salta, en un cerrar de ojos, Cafayate, Buenos Aires o México. No importaba donde, como, cuando. Era con quien. Siempre un motivo de charla. Cuestiones personales o temas afines como autos, motos, mujeres, futbol, comidas. Eso sí, nunca debía faltar la comida. Seguimos soñando con algún bar, un café, un restaurante o un boliche.

Cuando parecía que el sol salía para quedarse, se nos escondió. El día se puso gris, el viento intenso y la parrilla que nunca nos había fallado no quiso chispear. Tus ojos me decían que algo no andaba bien. Un punto se hizo mancha y esta se multiplicó. Tu piel sensible no pudo defenderse de un bicho llamado cáncer  y pediste ayuda. Toda la que habías dado en tu vida, la necesitabas para vos. Y allí estás, con todos tus seres amados, con quienes te amamos  y tus obras empujando por detrás. Con agallas como siempre, con silencio, con poco ruido como los grandes, amagando esas molestias, gambeteando los dolores, disimulando los bostezos,  boca arriba pero siempre con la zurda lista para contragolpear con un revés o un drive.

Estamos en la mesa, muy de cerca, esperando que tu magia regrese. Tus amigos íntimos, tus hermanos elegidos, los amigos y familiares de tus amigos, el personal del Sanatorio San Roque, todos los compañeros del colegio, mi familia enlazada  a tu madre Silvia, a tu padre Emilio, a tu amada Ninfa, aguardamos que tu fuego especial, vuelva a casa y encienda otra vez la madera. Pues no es cualquier leña. Es tuya, es única, imprescindible y vital.

Por Nicolás Cortés para InformateSalta

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