Caprichos de Salta: Objetos perdidos

Cultura 05 de julio de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
pascha

El ciego Jorge mete una mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y saca unos billetes arrugados, dos caramelos y unas monedas. Los pone sobre la mesa y me pregunta:

-Siryab ¿Se pueden perder cosas en los bolsillos?

Entiendo que es una pregunta capciosa. Pienso un instante y sugiero:

-Sospecho que no. Están en el bolsillo. En todo caso están ocultas pero no perdidas.

El viejo sonríe mostrando satisfacción y pide otra vuelta de café. Guarda todo aquello que sacó del bolsillo y comienza  su exposición.

-Así es amigo mío. Las cosas se pierden cuando quedan por ahí, en el camino. En ocasiones uno se desentiende de la realidad  o riñe con ella y los objetos que uno posee se pierden por ahí… o no.

-¿A qué se refiere?

- A qué no siempre uno pierde cosas, a veces son robadas u ocultadas por algo o alguien. Cuando uno junta demasiadas cosas, entran en juego algunas fuerzas que ajustan el peso de esas cosas que se cargan. Mi abuela siempre me decía, como avisándome, que “el que algo tiene, algo pierde”. Es como pagar tributo por la ambición insensata o una obstinación desmedida.

-Me cuesta creer en eso.

-No lo tenés que creer; lo tenés que entender.

- Entonces, no lo entiendo.

-Un día, hace ya mucho tiempo, tuve que ir a Pascha. Llegar hasta allí es un tanto arduo. Fui a instancias de un amigo que debía, según él, procurarse algunas cosas que estimaba muy necesarias. Nos costó llegar y pasamos algunos días en ese paraje. Todas las mañanas, temprano, se levantaba y miraba el cielo hasta donde le daba la vista. Caminaba de un lado a otro y se ensimismaba de una manera que, podría jurar, parecía abandonar la realidad peligrosamente. Comía poco y por las noches hablaba en sueños. No contestaba preguntas y ante el requerimiento de información contestaba con evasivas.

-Qué extraño.

- Lo era. Una mujer de avanzada edad me dijo al tercer día de estadía “Su amigo vino a buscar algo que perdió. Una vez al año, por estos días, se aparece un pueblo fantasma. Un pueblo que se perdió en la historia. Un pueblo… bah!... es mucho decir… es un caserío donde los recaudadores guardan lo que se llevan”. Dijo la mujer que “unos hombrecitos hacían ese trabajo. Son descuidistas”. Me contó que al bajar la niebla espesa aparecían las casitas y antes de dispersarse se esfumaba todo sin chances de ver nada más. “Sólo se dispone de un par de horas para encontrar lo perdido”, concluyó.

-Increíble.

-Al cuarto día, la mañana se presentó envuelta en esa niebla espesa. Mi amigo tomó un sendero que cruzaba por detrás de la escuelita y yo lo seguí a distancia prudencial. Después de caminar un kilómetro más o menos, pude ver unas cinco casitas de piedra. El sujeto se metió en cada una de las casitas a revolver  entre  las montañas de “objetos perdidos” con desesperación.  El tiempo se agotaba y el apuro lo desbordaba. Se metió en la última vivienda y al dispersarse la niebla desapareció con el pueblito.

-¿Nunca más lo volvió a ver?

- Nunca. Me dijo la anciana que lo más probable es que haya encontrado lo que había perdido pero… bueno… para recuperarlo tuvo que haber dado a cambio su propia vida. Hay objetos que son necesarios perder.

-¿Por qué?

- Porque están cargados de recuerdos… y algunos recuerdos matan.

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