Caprichos de Salta: El Acay

Cultura 02 de agosto de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
acay

El ciego y yo caminamos por la recova del Cabildo y nos detenemos a metros de la Plazoleta Cuatro Siglos. Siempre pensé que esa plazoleta, comparada con otros paseos, tiene el tamaño de la importancia que se le da a la necesidad de obtener respuestas históricas esclarecedoras y, seamos honestos, también las pocas ganas de encontrarlas. Un hombrecito de pobre traza e insoportable hedor se nos acerca y nos sonríe. El ciego Jorge me indica que debo darle una colaboración. Una colaboración generosa. Sospecho que hay una razón que desconozco y es más importante que aquello que he elegido pensar al respecto. Acto seguido, el invidente lo abraza y le habla al oído; el sujeto pequeño le susurra algo mientras lo toma de las manos, lo mira fijo a los ojos y sonríe con una ternura conmovedora. Se vuelven a abrazar y ríen a carcajadas como dos changuitos jugando. El pequeñito me extiende su mano, se la estrecho y poniendo la otra mano sobre mi diestra me dice: “Cuidado, mucho cuidado con lo que no se ve y no se dice. Ahí está el nido de la traición; en las tripas llenas de bosta vieja siempre se gesta la traición. No deje de ser generoso, tampoco deje de ser hijo de puta”. Me guiñó un ojo y se fue con una enorme sonrisa dibujada, metiéndose en el remolino de gente que se armó en la esquina.

El ciego me toma del brazo y, mientras caminamos hacia el oeste, me introduce en un relato nuevo:

-Hace muchos años, un 31 julio, volvía de La Poma con un amigo y en la ruta nos hace dedo un hombre de mediana edad. Estaba vestido de traje, llevaba sombrero y los zapatos le brillaban de una manera inusual e inentendible como para andar por estos parajes donde el tierral  le quita brillo al mismo sol a plena hora de la siesta. Dijo que se le había echado a perder su coche y le urgía ir a Salta. Dijo que sabría agradecer tamaño favor que le hacíamos. Su voz era tan dulcemente amable que la juzgamos hipnótica. Nosotros volvíamos, también, de apuro pero por otras razones bastante diferentes a las eventualidades; lo nuestro era por la exasperante falta de respeto a la puntualidad y un desamor alarmante a la prevención de daños y perjuicios. Mi amigo y yo volvíamos a la ciudad para concurrir a una fiesta de cumpleaños. El señor al llegar, nos dejó un fajo de guita importante y, ante nuestra negativa de aceptarlo, insistió. Lo invitamos a la fiesta. Agradeció y se excusó por tener un compromiso ya pactado. Eso sí, aseguró que nos volveríamos ver pronto.

- Interesante encuentro y algo sospechoso...

-Llegamos a la fiesta y con ese dinero nos aprovisionamos de bebidas, postres y coca seleccionada para gozar de la sobremesa que se extendió más allá de la medianoche. Fue, entonces, cuando alguien llamó a la puerta. Un indigente de edad avanzada y olor a osamenta fresca pidió  algo para comer y beber. La concurrencia se mostró algo reticente y ante la repulsión que causaba, se decidió darle algo para que se fuese lo antes posible. Algo en él me movilizó. Le di algo de dinero y mi campera. El tipo se quedó en el umbral de la puerta un rato largo. Deslicé la idea de invitarlo a entrar pero el resto de la gente se negó. Salí de la casa y me senté junto a él. Charlamos un rato y me contó que se había desorientado. Le di el resto del dinero que me quedaba en el bolsillo y mi reloj, ese, al que nunca respeté llegando tarde a todos lados; le pregunté si necesitaba ir a algún lugar en especial. Me dijo que no me preocupara, que ya se había ubicado y podía volver solo. Me dio la mano, me miró a los ojos y me dijo: “Debajo de las patas están todos caminos; vengo de visitar a un amigo, ya se me han despertado los pies y puedo volver a casa sin problemas”… luego se alejó.

Pasaron los días y todos los concurrentes a la fiesta sufrieron algún percance o dolor. Mi amigo, el que manejaba cuando volvíamos de La Poma, murió en un accidente de tránsito… la casa donde tuvo lugar la fiesta se incendió.

-¿Y a usted? ¿Le pasó algo?

- No. Mi abuelo siempre me habló del poder de los Apus, los espíritus de los cerros más altos. Me decía que son muy poderosos. Me contó que él conoció al Apu del nevado de Acay. En ocasiones, esos espíritus ancestrales salen a dar una vuelta para ver si hay alguna razón, una sola aunque sea, para no temblar de enojo.  Mi abuelo murió un primero de agosto. Dos meses después  de esos acontecimientos y la cadena de desgracias suscitada, tuve un impulso irrefrenable de  visitar su tumba  en el cementerio de la Santa Cruz. No lo había hecho en su aniversario. Mi reloj estaba allí. Nunca más llegué tarde a ningún lado. Mi abuelo siempre fue un hombre sabio y muy generoso. El  Apu del Acay lo visita en cada aniversario de su muerte y según me dijo, alguna vez, el viejo le hablaba de mí.

-Hoy es primero de Agosto.

-El Apu del Acay es puntual y responsable con sus compromisos. Como el abuelo ya no puede ir a la montaña, la montaña lo viene a ver. Ahora compremos flores y una botella de grapa, vamos a visitar al abuelo.

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