Caprichos de Salta: La Escalera

Cultura 09 de agosto de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
escalera

Entro al mercado San Miguel con el Ciego Jorge. Me ha pedido que lo acompañe a hacer sus compras semanales. Es una buena oportunidad para saber más sobre su vida. Observo cada cosa que mete en su bolsita tejida con hilo sisal y manijas de cuero trenzado: Queso de cabra, albahaca, manzanas, limas, ajos, berro, aceite de oliva,  miel, salvia, cordero, aceitunas griegas… Me hace cargar con harina, levadura y un frasco de mostaza antigua. Se detiene en una herboristería y después de saludarse afectuosamente con la mujer que atiende, ésta le arma un paquete con una docena de bolsitas de yuyos varios. Llegamos a un comercio donde adquiere un cuarto de kilo de café turco y una caja de té earl grey. En una de las calles laterales de mercado se cruza con un sujeto de aspecto gentil pero misterioso que, según escucho, se llama Alfredo. El ciego le da un rollito de billetes por lo bajo y el flaco le da una caja de habanos. Se saludan como si fuesen dos agentes de servicios inteligencia.

-Una persona es lo que come, lo que toma, lo que lee y, por supuesto, lo que caga –Me dice Jorge, mientras caminamos por la calle Urquiza-

- y… ¿Los amigos?

- Los amigos no siempre acompañan… siempre hay un boludo. Pero volvamos al punto de partida. Hay  que tener cuidado con lo se come y lo que se toma… también con lo que se respira.

-Para no sentirse mal… -Digo como un si fuese un aporte valioso…-

-El que se siente mal, descompone todo. Es ley, chango.

Nos sentamos en uno de los bancos  de la peatonal Florida a comer unas almendras tostadas y mientras tanto, Jorge comienza a tejer un relato para sustentar sus afirmaciones.

-Norma y Beatriz eran dos mujeres ya mayorcitas que se juntaban por las tardes a tomar mate y a cambiar algunas figuritas. Todo empezaba con un “¡A que no sabes quien ha muerto!” o “Te vas a querer morir… vi a la Rosa hecha aca, toda tullida”, “¡Otra vez le han robado al Julio, que mala suerte tiene ese chango!” y así... Cada tarde era un atracón de malas noticias, experimentando un extraño goce al revocarse en ese lodazal de insatisfacciones propias y ajenas. La palabra hablada es  muy fuerte. Hay que tener cuidado con que se alimenta a esa palabra porque el daño que produce es grande. Quien come mucha carne o porotos siempre caga hediondo… y ese olor lo padecemos todos.

-¿De qué se alimenta esa palabra?

-En general de resentimiento. Resentimiento propio o adquirido. El mundo que conocemos está hecho de descontento. Por eso, cuando aparece alguien que alimenta su verba con otras intenciones es poderosamente atendido y cuestionado por igual. 

-Lo cierto es que una tarde, Norma le cuenta a Beatriz acerca de la desgraciada situación de una vecina que se tropezó, en una semana, con un macetero, se resbaló en el umbral de su casa y se enredó con la cadena del perro para terminar con la doble fractura de tibia y peroné; un primo pisó mal al bajar del colectivo y tuvo un esguince de tobillo y una amiga que patinó en el living de su casa, tras encerar el piso, se rompió la cadera. Beatriz se quedó en silencio y tras sorber un mate lavado y mordisquear una tortillita de grasa le confesó “¡Ay, Norma! Yo siempre me pregunté ¿por qué hiciste tu casa de dos pisos? Siempre pensé en lo que te  costaría, con el tiempo, subir la escalera ¡Siempre imaginé que te ibas a caer rodando, un día de estos!”. Después de seguir con la mateada y el armado del catálogo de desgracias y desventuras, Norma se quedó sola en su casa. Acomodó algunas cosas en la cocina y se acordó que tenía que cerrar las ventanas de arriba. Puso un pie en el primer escalón de la escalera, se agarró de la baranda y con esfuerzo dio el segundo paso. Miró hacia arriba y vio en cada peldaño un desafío que jamás había tenido en cuenta. Tuvo miedo. Dudó. Fue entonces cuando en la casa y en el barrio retumbó un “¡BEATRIZ, LA PUTA MADRE QUE TE PARIÓ!”. Las ventanas quedaron abiertas hasta que el resto de la familia volvió a la casa.

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