Caprichos de Salta: Las botas negras

Cultura 20 de septiembre de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
botas

La mañana se presenta esplendida, alumbrada  con ese sol maravilloso  que en Salta se luce como en pocos lados. Ese Sol cura  los peores males e ilumina cada rincón de la ciudad para que las mentiras, que han parecido verdades durante años, solo sean lo que son: glorias fingidas y gracias exageradas.

Estoy comprometido en un peregrinaje interminable, con el Ciego Jorge, por todas las zapaterías de Salta en busca de pantuflas mullidas. En un local de la peatonal Alberdi, un grupo de mujeres se amontonan en procura de botas. Jorge, sentado en un rincón, me dice:

-Que curiosa es la relación de las mujeres salteñas con las botas…es histórica esa relación.

-Interesante. Cuénteme.

-Hay muchos relatos que las vinculan… pero uno es bastante peculiar.

-Lo escucho.

-En Octubre de 1867, Felipe Varela y unos mil gauchos montoneros entran a la provincia de Salta a instancias del caudillo local, Aniceto Latorre. Después de ser derrotado en Pozo de Vargas, La Rioja, allá por el mes de abril, Varela se dirige a la frontera norte para salir del país. En su retirada se va haciendo de pertrechos bélicos y provisiones varias. Cabe aclarar, que el caudillo catamarqueño y sus hombres no eran saqueadores ni asesinos. Hay que acabar con esas ganas irreductibles que poseen los habladores medio pelo, de estigmatizar a los compatriotas que han disputado, en algún momento, el poder político en su afán de  administrar  condiciones que han juzgado mejores a la hora de repartir posibilidades y suertes.

Jorge habla como un historiador formado, lo hace con tono firme e interpretando la  fuerza y el valor de cada palabra  para, de esta manera,  captar la atención de todos los habitantes de la zapatería: los propios y los circunstanciales. Todos han quedado cautivados. El silencio ya es más espeso que una cucharada de dulce de cayote.

-La historia argentina está llena de espectadores culposos y chismosos de pluma fácil. Pocos han sabido morir sin llevarse  tristes pasividades y entusiasmos tardíos imperdonables a la tumba. Perdón, me extralimité. Sigamos: El 10 de octubre de 1867, Varela y sus hombres llegan a las afueras de la Ciudad de Salta. Se instalan en Campo de la Cruz y emiten un comunicado, por el cual, le piden al Gobernador Sixto Ovejero  que entregue los fusiles y algunas provisiones  porque no tenían otra intención más que esa; luego seguirían su marcha ¿Que se decidió? Organizar a un grupo de vecinos y milicos que jamás habían tirado un tiro para resistir una toma que nunca iba suceder ¿Qué pasó? Cayeron en pocos minutos. No hubo víctimas ni saqueos. Se llevaron los fusiles, un caballo y un par de botas. Fin de la historia.

El silencio de los presentes se dispersa con una pregunta que las mujeres hacen a unísono ¿Qué pasó con las botas? Jorge continúa:

-Felipe llamó a una casa y fue atendido por una dama. La mujer le pidió que no la matara. Varela sonrió y le llevó calma mostrando que estaba bastante lejos de él la intención de darle muerte. Ella le permitió pasar, le convidó un trago de aguardiente y le preguntó que necesitaba. Él contestó simplemente “conocerla”. Ella lo miró de arriba abajo y observó que sus botas de cuero de potro  estaban en un estado lamentable. Fue, entonces, que le regaló un par de botas inglesas de color negro, lustrosas, viejas pero en buen estado… de esas que nunca pudo usar. Felipe sacó de su bolsillo un anillo de plata con un ojito de rodocrosita y se lo obsequió. Se despidieron. Dicen que esa mujer era hija del General Güemes. Mientras tanto, en Salta, seguían esperando a Octaviano Navarro, el general de Mitre, para ser rescatados de un sitio vandálico que jamás sucedió ni iba a suceder. Mi abuela decía que había que dar hasta que duela. La dama salteña le dio a Felipe lo único que tenía de quien, suponen, era su padre. Se lo dio porque lo necesitaba. La necesidad está por sobre todo. Unas patas desnudas, un estómago vacío,  una cabeza sin ideas o un corazón sin fuego son urgencias sagradas.

Todas las chicas, en la zapatería, sueltan lágrimas de emoción… y piden botas negras. Nosotros nos llevamos las pantuflas mullidas después de un derrotero más arduo que aquel de la montonera hacia la frontera.

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