Caprichos de Salta: Sir Archibald

Justicia 18 de octubre de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
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Se iniciaba el siglo XX y el mundo se revolcaba sobre la osamenta de muchas ideas viejas que ya no le servían a la modernidad. Las máquinas y un nuevo orden social iban expulsando de la historia a aquellos que habían perdido su anclaje en viejos sistemas de creencias que contenían  sus vidas y le daban sentido a sus emociones y anhelos. El mundo se hacía cada vez más grande y los misterios incomprobables, hasta ese momento, que sostenían pensamientos mágicos  y conductas poco recomendables se transformaron en polvo a manos  de la ciencia y la sana costumbre  de ir solucionando problemas, evitando yerros cándidos y certezas tóxicas. Lo inexplicable iba en franco retroceso y la urgencia de tener explicaciones irreductibles  a casi todo empezaba a poner nerviosos a muchos. Allá por el año 1910, cuando el cometa Halley sembraba pánico y angustia, llegaba a Salta un sujeto ingles de gran porte y gentiles modales de nombre Archibald Carrington.

Sir Archibald Carrington hablaba fluidamente castellano, su amabilidad era cálida y distante. Gran bebedor de whisky y poco afecto a charlas de más de diez minutos; montaba un caballo negro y llevaba sus pertrechos en otro de color blanco. Solía abandonar  la ciudad, cada mañana, muy temprano para hacer largas excursiones, volviendo entre las primeras sombras de la oración. Con el tiempo se hizo de un ayudante que contrató en una vieja despensa, que solo vendía vino y mortadela, que quedaba por la actual calle Dean Funes. El hombrecito se apellidaba Cisneros. Este muchacho de mediana edad era bastante perspicaz, condición que adquirió a fuerza de cargar desgracias y contratiempos. Cisneros era experto en infortunios. Con una ocupación regular, una buena paga y un generoso padrinazgo debió acostumbrarse a la tranquilidad y al goce; eso lo hizo un agudo observador de las exóticas costumbres del gringo.

Carrington recorría grandes extensiones de tierra haciendo anotaciones de acuerdo a mediciones que llevaba a cabo con extraños instrumentos. También consultaba un libro de tapa negra con una estrella de cinco puntas bordada en hilo de oro. En varias lomadas y cerros dejaba raros símbolos dibujados en piedras y en postes de quebracho.  Por las noches  observaba el cielo con un telescopio finamente elaborado que también debería ser considerado, en esa época,  como una pieza  artística infrecuente por estos lares. Algunas madrugadas, pasado de copas, solía brindar por la memoria  del rey Enrique III y susurraba “Honi soit qui mal y pense”.

Un amanecer, el del 23 de Abril de 1911, Carrington y Cisneros salieron de la Ciudad de Salta con rumbo  noreste. Serpentearon huellas y senderos hasta encontrar el camino apropiado. El inglés parecía, según dijo su ayudante, ir en busca del Lucero. En un cerro, allá por Gallinato, el británico, visiblemente afectado por la emoción que produce un descubrimiento, revisó sus notas y usando un péndulo, identificó un sitio cerca de un churqui añoso que, para él, era como una acacia. Entonces, le pidió a su paje salteño que cave dos fosas de unos dos metros de largo por un metro con setenta y cinco centímetros de ancho. Sir Archibald se sentó bajo el churqui. Cuando Cisneros hubo terminado con su tarea, el caballero ingles le pidió que vuelva a Salta para regresar por la mañana del siguiente día. Él se quedaría trabajando en el lugar.

A la mañana siguiente, el fiel ayudante regresó al cerro y encontró a Carrington acostado dentro de una de las fosas. Muerto. Yacía con un sobre  de papel blanco en su pecho, portador de una carta y una buena cantidad de dinero. Esa era toda la información que había acerca de lo sucedido. Allí estaban las últimas instrucciones y su póstuma gratitud expresada con profundo afecto. En su lecho, había un incensario, una fuente de metal, un menorah, una tabla con panes y fino Tanaj. La fosa de la par estaba ya tapada. En la carta, el inglés, pedía que fuese puesto sobre su sepultura una piedra con la inscripción “A la sombra del poderoso” y debajo “Vergüenza de aquel que de esto piense mal”

Después de algunos años, Cisneros intentó volver al lugar y, no sólo no lo encontró, sino que ni siquiera pudo reconocer el cerro. Como si el paisaje fuera otro. Nunca supo, el hombrecito, si Carrington estaba loco y buscaba un lugar donde morir o sabía algo más que el resto de los hombres ignoraba. Debió cavar la fosa de al lado… pero no lo hizo, semejante falta de respeto lo hubiese condenado al remordimiento sin final. Dicen que unos pocos supieron entender que fue lo que sucedió con Sir Carrington e interpretaron con precisión  sus extrañas actitudes. Todos callaron, salvo tres que intentaron contarlo y murieron misteriosamente. Parece que la frase que murmuraba Archibald no era “Honi soit qui mal y pense” sino “Puni soit qui mal y pense”…  o sea: “Castigado el que piense mal de esto…”

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