Caprichos de Salta: El rayo y la vid

Cultura 08 de noviembre de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
rayos y vides

La gente no mira hacia arriba; sólo lo hace cuando alguna tormenta asoma o la lluvia los toma desprevenidos. Tampoco miran hacia abajo, por eso, tropiezan  y se pisan los cordones con alarmante frecuencia.  Mi tío Arturo siempre decía: “Agarro  todo lo que viene de arriba, menos los rayos y duermo con las alpargatas puestas porque me levanto opa del sueño y el que anda descalzo siempre pisa mierda”. Hay que prestar atención a lo que pasa arriba y, también, a lo que pasa abajo porque de eso depende lo que está en el medio… y lo que está en el medio es el corazón.  Hubo un caso, por estos lares, de un sujeto con extraordinarias cualidades que asombró a propios y extraños; alguien que  fue la encarnación más cabal de la magia de la vida. Hay dos grandes formas de iluminación y de locura. Hay dos manifestaciones que muestran, a los ojos, las mismas caprichosas formas y avivan los mismos fuegos interiores. El cielo bendice con el rayo y la tierra con la vid. Ambas ramificaciones del más allá se retuercen y esfuerzan por llegar al alma de algunos seres. Los dioses  buscan a sus hijos perdidos y sus caricias son tan ansiadas como temidas, ya que el límite entre la santidad  y la locura es imperceptible, los riesgos son muchos y sus daños son irreversibles. 

Las huesudas ramas de las vides son las huesudas manos de Dionisio que  piden embriaguez de libertad al corazón. Las huesudas manos del fuego celeste que baja del cielo son las huesudas manos de Zeus que  piden iluminación para el goce de la sacra belleza. Claro está, lo divinos es incompresible y buscar una explicación es tan absurdo como la negación.

Cuando todavía no se conocía la electricidad que, hoy, nos hace la vida más amable, en Salta, una mujer que parecía saber un poco más que el resto le aconsejó a un changuito acerca de su peculiar vida y las luces que se encienden y bajan del cielo cuando este se pone negro y violento. Doña Demetria Albornoz Retamosa, mujer de raros ojos color violeta y huesudas manos le anotició a su nieto de los peligrosos caprichos de los dioses “No salgas los días de tormenta. No te pares bajo la copa de los árboles viejos ni tontees en las orillas de los ríos y lagunas. Que no te pillen las tormentas en la calle, por favor, M´hijo. Vos no sos como los otros…Tampoco te arrimes a las borracherías ni camines solo por los valles. Ser un  hombre  simple, común y honrado es menos peligroso que ser un ángel caído. Los mejores son los más grandes y más grandes, también, son sus tristezas.  Que no te sorprendan  las tormentas sin un techo sobre tu cabeza, m´hijo…”.

El chico, hijo de una criolla y de un gringo (muerto en misteriosas circunstancias) se llamaba Apolinario Hopkins. Poco afecto a las manifestaciones de algarabía populares y las ideas cómodas, solía frecuentar las soledades sin sobresaltos y el desinterés perenne salvador de normativas y catecismos. Había heredado de su padre una biblioteca de cientos de volúmenes y el carácter áspero propio de los ingleses que “son más amargos que un manojo de berro salvaje”. Cuando Apolinario tuvo edad para rondar los peligros de cerca y oler los miedos sin espantos ni angustias, empezó a rumbear hacia  su destino, ese que su abuela le aconsejó evitar. Un verano, en el que andaba de paseo por los valles, se internó en un viñedo. Después de andar un rato, se encontró con un hombrecito de fina traza que le dio charla y le convidó un trago de vino. Siguió su camino hasta que sintió sueño y se durmió al costado de una acequia. Una descomunal tormenta se desató y un rayo lo alcanzó.

Tres días estuvo inconsciente hasta que despertó bajo el sol abrasador con una sed implacable que le quemaba las tripas. Cuando lo encontraron, el pelo le había crecido hasta los hombros y llevaba el pie izquierdo descalzo. Hablaba un idioma extraño y todo lo que tocaba se transformaba en oro. Hubo que alimentarlo como si fuese un bebé para evitar que el alimento se le haga metal dorado entre las manos. Le fue imposible andar solo y jamás pudo amar a una mujer sin hacerla estatua. La abuela le había avisado de los sinsabores de los santos. Hizo ricos a sus parientes; todos ellos fueron prósperos y felices, mas él, por su extraña naturaleza, ajena a este mundo, tuvo una vida sufrida.

Los seres extraordinarios tienen penas del  mismo tamaño de sus talentos. Un día descubrió la salida a tanta pena. Enfrentó su reflejo en un espejo de agua formado por una vertiente y metiendo su mano en el agua como intentando asirse, hizo que su cuerpo se  transforme en oro; cayó al agua y se hundió. La vertiente desapareció sin dejar rastros, como si nunca hubiera existido, y allí nació una vid. De las uvas de esa vid salió el primer torrontés salteño… el dorado torrontés. El vino de oro que, según dicen, es la sangre de Apolinario.

 

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