Caprichos de Salta: Germinal

Cultura 06 de diciembre de 2018
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
germinación

Al promediar el  mes de marzo del año 1810, ni bien las lluvias cesaban en el norte, llegaba a Salta un francés de fina traza y mirada algo cansada. Serio y gentil, el tipo gustaba de arriesgarse en largas caminatas por calles, caminos, huellas, orillas de ríos y tagaretes, volviendo cubierto de polvo y apestando a osamenta caliente y mojada.

Sabía hablar castellano en forma fluida y tocaba el violín con destreza de salamanquero. Codiciado por señoritas y señoras, solía evitar paseos por la plaza y encuentros poco manejables para no generar polémicas entre la changada de mirada torva que lo había agendado como a un sujeto que debía abandonar el lugar, tarde o temprano, si se hacía demasiado el simpático. Lo que nadie sabía era que el hombre tenía otros intereses. Intereses un poco más elevados, si se quiere, y menos terrenales. Antonin  Marie Joseph Feuille Moutarde fue un hombre de gambeteó la guillotina en su patria y, buscando reposo a su agitado corazón, llegó a estos lares sin más anhelos que los de abandonar, para siempre, la violencia y los desencuentros ideológicos.

Daba clases de música y traducía textos. Hábil en la cocina y cultor de la jardinería, cuidaba con celo y esmero un olivo y un laurel. Antonin intentaba estar ocupado a tiempo completo. No era bueno para generar vínculos y su mayor capital, al decir de quieres lo conocieron, era su soledad. Al año y medio de morar aquí, desapareció por unos días y fue encontrado muerto en una habitación de su casa. Lo encontraron en el piso, parecía haberse dormido en el lugar. Estaba en posición fetal, conteniendo las piernas con sus brazos, como abrazándose a sí mismo. No pudieron modificar esa posición.

No hubo forma de meterlo en un ataúd. Le dieron cristiana sepultura en un baúl. Un monje jesuita, que residía anónimamente en un caserío cercano y algo sabía de esas cosas que pasan pero nadie entiende, tomo contacto con la noticia. A la novena noche, que fue de luna llena, lo desenterró. Arrastró  la gran caja hasta un lugar seguro donde pudiese abrirla sin despertar sospechas y satisfacer su curiosidad al respecto.

Observando el baúl durante unas horas buscó coraje, bebiendo alcohol, para abrirlo. Fue entonces que escuchó varios golpes desde adentro. Tres golpes; luego se escucharon una serie de golpes intercalados por silencios. La caja se sacudió y se abrió. El francés se asomó  como un brote que rompe la cáscara de una semilla y se paró.   Se desperezó como saliendo de un largo y profundo sueño y habló:

-¡Sacrebleu! ¿Cuánto tiempo he estado encerrado aquí? Me siento como de 81 años y un poco más también.

-Nueve días, caballero – contestó el monje, tan azorado como feliz-

-¿Tenéis algo de comer y beber? Estoy famélico.

El jesuita le dio carne, pan y agua. Después de verlo repuesto, le acercó una botella de aguardiente.  La salida del sol se acercaba y un gallo cantó el anuncio.

-Decidme ¿Qué habéis visto, señor?

-El principio.

-¿Cómo es?

-Tenéis que verlo yo no puedo explicar algo que no entenderíais. Tendría que inventar nuevas palabras para describirlo. No hay forma de explicarlo. Solo puedo decir que quien sepa dónde están, hoy, la vida y la muerte puede entenderlo todo. No es fácil.

-Dadme una pista…

-Si desarmáis un rosario y colocáis cada parte en un cofre y guardáis el cordel  desanudado en una bolsa… ¿Es el mismo rosario?

-Supongo que sí.

-Cuando las suposiciones viven demasiado tiempo se transforman en certezas… dadle muerte a las certezas para empezar a entender y dejad de suponer… que es como parir certezas una y otra vez. Hay en el cielo tanta o más agua que en el océano y hay más espacio en la cabeza de un hombre que más allá de las nubes.

-Señor, no le entiendo.

-Quien sepa que es “no entender” y lo acepte, comienza a abrir los ojos. La muerte no es un instante.

El monje y el francés bebieron hasta el mediodía y hablaron animadamente. A las 12 en punto, el religioso bautizó al renacido con el nombre de Germinal Zizón…

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