Cajón de oro: la historia de un lustrabotas de aquellos

Sociedad 08 de diciembre de 2018
Pareciera que el cajón está adherido a su piel. Como si fuese una extensión de su cuerpo. Tan pegado como dentro. Tiene toda la pinta del buen uso con amor. Madera noble, gastada, lustrada, mimada. Es que siempre estuvo con él. Casi como un hijo. Casi como un padre.
lustrabotas virulana 2

Franela, líquido, cepillo, trapo, trapito, crema, pasta, algodón. De repente toma posición con calzado en mano. Siempre sonríe. Siente pasión cuando un cliente le dice: dale, lustremos. Le gusta conversar, saluda muy cordialmente, es amable, ubicado. Antes de comentar, aguarda. Deja que el cliente largue el primer comentario. Mientras tanto, se alista. Abre el “jonca” como presumiendo su obra de arte. La verdad que lo es. Me dan ganas de tocarlo, saber que lleva dentro.

Por supuesto que lleva más que accesorios. Lleva lluvias, piedras, soles, angustias, tristezas, alegrías, amigos, colegas. Lleva pan, familia, monedas. Lleva su vida.

-“Hace más de 40 años hago esto. Es mi trabajo. Estuve por todos lados y hace un buen tiempo aquí, al lado del Banco Macro, sobre el café Van Gogh. En el banco me conocen todos, clientes, empleados, hasta el dueño. Don Jorge me aprecia y yo también. Hace mucho no lo veo, debe de estar ocupado“.

Confieso que siempre los mire con admiración. Desde niño. También debo decir que nunca pude lustrarlos de igual manera. Es un oficio, requiere de práctica, observación, dedicación, cariño. Aunque siempre haya sentido incomodidad desde el lugar de cliente, una cuestión de sentir vergüenza por la posición de estar de pie y alguien agazapado no me sienta digna. Pero mi calzado pedía a gritos ayuda, vida, color, brillo. Allí fue que apareció, juan. Inmediatamente al verlo sentí afinidad, como si estaba destinado a que nos conociéramos.

lustrabotas virulana

- Me llamo Juan, pero me dicen “Virulana”. Mucho gusto.

Mientras embellecía el calzado, un tanto incómodo y un tanto curioso de conocerlo empezamos a charlar. Hacía mucho que no veía un ser humano con todos los síntomas de la felicidad. Su forma de respirar, sus manos en acción, su tono de voz, su prolijidad, sus pausas. Mientras miraba el teléfono, decido en el buscador colocar su nombre. Tantos años de calle, de trabajo, de esfuerzo, de conocer gente, su fama debía ser un hecho. La noticia en primera instancia: “Virulana, un lustrabotas conocido de la ciudad, devolvió una Tablet a un turista de EE.UU.”

Gente de bien, sin distinción de clases, ni formas ni modos, ni trajes. Con más sabiduría que universidades. Lo invito a almorzar, me agradece pero me dice estar lleno.-“En el café nos dan un menú”.  Solo acepta una bebida. Después se despide. Quiero retenerlo, saber más. Pero no insisto. Me da la mano, no deja de sonreír y se aleja. Cajón en mano. A decir verdad, cajón incorporado a sí mismo. Vida llena de vidas, sacando brillo, desde adentro, para otros, para todos, para siempre. 

Por Nicolás Cortés para InformateSalta

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