Caprichos de Salta: El Aleteo

Cultura 10 de enero de 2019
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
aleteo

A menudo los niños suelen cruzar la noche en un estado intermedio entre el sueño y la vigilia. Todo aquello que está afuera de la cabeza y lo que surge de ella, convergen en el valle de la confusión. Formas y sonidos que no tienen referencias y parecen maltratar los bancos de datos de la memoria, más  el apuro por entenderlos,  empeoran la situación. Un país de las maravillas, como el de Alicia, para cada  niño. Suelen sentir angustia y pueden asustarse. No es agradable ver seres extraños o paisajes peculiares coloreados por el sinsentido. Caóticos  e inundados de espasmos cronológicos, estos “no lugares” dejan huellas que al día siguiente pueden afectar las emociones y, también, la vida misma… o esa pequeña porción de vida que conocemos poco y fingimos tener bajo control.

Allá, perdida en el tiempo como el sueño de una noche cualquiera, esta historia que pocas veces fue contada  tiene un frágil relato que ha sido dañado por olvidos amputatorios, fértiles para protésicos inexpertos y conventilleras frecuentadoras de altares de juguetes que suplen datos y momentos inciertos con patas de madera y ojos de vidrio.

Cuando la luz eléctrica parecía magia y el rayo era el enojo de los dioses, Salta daba un relato fantástico que parece fue abandonado en medio de la historia por miedo o algo así. En una casa rodeada de árboles que parecía más vieja de lo que era, vivía una niña de poco más de diez años. Esta niña dueña de profundos silencios, mirada inclasificable y humor tempestuoso solía soñar lugares y gentes que jamás hubo visto que le provocaban tristezas sobrenaturales. En su soledad supo encontrar un mundo mágico donde encontrar paz y felicidad porque su mundo, demasiado grande aun para un adulto, la colmaba de sospechas y preguntas fatigosas.

Fue durante un verano lluvioso que se sobresaltó, una noche, con un evento que intuyó más importante de lo que parecía. Cerró la ventana de su habitación, apagó la luz y se acostó. Cuando supo conciliar el sueño la asaltó una inquietud producto de un sonido: un aleteo. Algo volaba en su cuarto. Iba y venía. Algo que cruzaba el universo de su encierro haciendo peligrosa la oscuridad ¿Un insecto? ¿Un pequeño pájaro? Cerró sus ojos con fuerza. Apretó sus párpados como exigiéndose dormir más allá de todo. Pero le era imposible, seguía el sonido del aleteo tratando de descifrar el curso del mismo. No lo soportó. Abrió los ojos, prendió la luz y buscó el origen del sonido. Nada. No vio nada. Volvió a apagar la luz. Gozó del silencio y pensó que todo era solo una sospecha o una confusión. Pero no. Pasados unos minutos volvió el aleteo. Lo estudió en silencio. Sumó más incertidumbre. Nuevamente prendió la luz y recorrió la habitación. Corrió las cortinas, buscó debajo de la cama, abrió el armario, los cajones de la cómoda y nada…

Dos noches más, pasó por la misma experiencia. Después de la última noche se levantó casi al amanecer. El día se presentó nublado al estilo escoces, con esa melancolía que se desparraman los días domingos por los cementerios. Una brisa fresca jugaba con los árboles hasta que, de pronto, la quietud cayó pesadamente en el lugar, todo se detuvo. Una noticia tomó por asalto la realidad. Su padre que había agonizado durante tres noches, finalmente murió.

La niña fue a la habitación, abrió las ventanas y se arrodilló. Lloró. Lloró mucho. Hasta que apareció un colibrí que se detuvo delante de ella, la miró, realizó una figura en el aire y se fue…

Para muchos es una historia desgraciada o de terror. Para mí, que mis creencias son como los sueños de un niño,  sólo es una historia de amor. Cada quien entiende como puede todo eso que pasa entre los sueños y la vigilia, entre la vida y la muerte.

 A mi hija Farah, dueña de profundos silencios y mirada inclasificable… amante de Edgar Allan Poe y extraordinaria relatora de historias a la luz de la vela, en los días de lluvia, cuando se corta la luz.

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