Caprichos de Salta: El Cielo

Cultura 07 de marzo de 2019
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
ElCielo

En cierta ocasión, alguien que ya no recuerdo supo hablarme de una niña de costumbres y actitudes un tanto extrañas para el común de la gente. Una niña sola que caminaba por las calles de Salta a la mañanita temprano. A esa hora en la que se acostumbra baldear las veredas, aprovechando las puertas abiertas y la distracción, ella solía meterse en las casas e ir en busca de los balcones y terrazas para mirar, por largo tiempo, al cielo. Obviamente, cuando era sorprendida, se suscitaban escenas de tensión e incertidumbre. La niña era muy dulce. Nunca la retaban. Le preguntaban a acerca de su estado y de sus necesidades y trataban de complacerla. Generalmente pedía agua fresca y se sentaba, sabiendo que iba a ser interrogada y debía hablar sin que se le seque la boca. Vestido blanco, bellamente despeinada, siempre descalza, parecía una diosa infante.

 Contó una mujer mayor, que la vio más de una vez que, si bien, la chiquita no solía mirar a la gente a los ojos, cuando lo hacía era mágico. Las personas experimentaban la profundidad de sus emociones y sentían una calma divina. También hubo personas que manifestaron que la chinita cuando se expresaba parecía una mujer adulta. En algunos barrios era esperada porque la consideraban de buen augurio. La subían a las terrazas de las casas más altas y después de darle su vaso de agua, la dejaban seguir su camino hasta su próximo mirador. Cuentan  que su itinerario dependía de la posición del sol; otros, que seguía a una estrella… otros, que buscaba a alguien. Le encantaban los lugares más altos. Los campanarios de las iglesias eran sus favoritos, pero había un impedimento. Los curas andaban diciendo que la niña era un demonio, un alma en pena o algo así; hicieron correr el rumor de que si subía a la torre, las campanas no podían tañer. Ella no las dejaba sonar. Le tenían miedo y mandaban a los monaguillos a custodiar las escaleras. Una actitud absurda y anacrónica como las sotanas con botones hasta el dobladillo. En contraposición, existían grupos de solteronas, abonadas a la misa de las siete, que le allanaban los caminos para que la niña llegue a lo más alto de los templos. Muchas veces se enfrentaban a los monaguillos y más de un chico terminó con las orejas ardidas y alguna marca de mano, bien colorada,  en las mejillas. También intentaron encerrarla, pero nadie soportó la culpa y terminaron cediendo a la tentación del cautiverio.

Un changuito que supo cruzar más de una palabra con ella  contó que le escuchó decir: “Necesito tomar  agua porque lloro mucho y pierdo muchas lágrimas. Por no lloro por los ojos… lloro acá, adentro, en el pecho y, en realidad, no miro al cielo porque sí. Lo leo, lo escucho, lo huelo, lo entiendo. No puedo decir lo que busco. Todavía no, pero es por acá… estoy cerca”

Hace muchos años, ya, que no se la ve. Dicen que alguien la vio por última por vez por el centro. Una mañana.  Estaba sentada en un balcón, con las patitas colgando. Estaba tomando helado con un pibito vestido de blanco y descalzo como ella. Fue la última vez que se la vio. No estaba mirando ya hacia el cielo… parece que encontró lo que buscaba. Parece que llegó al cielo.

La inocencia es tan ajena a los humanos, tan inentendible  a sus corazones… La gente ha elegido otra forma de “no saber”, ha elegido la ignorancia.

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