Caprichos de Salta: El cuadro

Cultura 14 de marzo de 2019
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
concejo deliberante recinto
Foto ilustrativa

No todos los diálogos tienen que ser para matar el tedio que produce el tiempo y llenarlo de pormenores de verdulería. Es más, si no existiera una buena razón para hablar, no habría que hacerlo. La vida debería ser un océano de silencio, solo manchado por islotes de ideas útiles y recortadas costas de simples palabras amables eventuales. Usted me dirá que la gente necesita comunicarse porque los vínculos dependen de eso. Pues, bien, jamás escuché una charla entre dos perros… más bien, los he visto olerse sus partes pudendas, parar y esconder la cola, gruñirse y morderse. Obviamente no le pido que haga lo mismo conmigo; eso, me obligaría a matarlo o al menos romperle una rodilla.

Pero no nos desviemos del tópico que nos convoca a la historia de hoy. Conozco mucha gente que casi no habla, tal el caso de mi amiguito Gerónimo, al que muchas veces le han dado instrucciones con lenguaje de señas por confundirlo con un pibe sordomudo. Un muchachito adorable que cuando sonríe lo hace tan austeramente que parece una burla o un desprecio. Un caso cercano al de Gerónimo, pero con espasmos de elocuencia, es el de Winston Chuchuy, un militante de la vieja Unión Cívica Radical, la Yrigoyenista; una línea ideológica, ya desaparecida, de una época en la que los radicales eran algo así como protoperonistas. El viejo Chuchuy fue un sujeto que supo andar armado y coleccionaba las gorras de los canas que había sopapeado cuando se le metían al comité. Un iluminado este Winston; un enciclopedista insoportable, un estudioso de todo. Hablaba poco, casi nada,  pero cuando algún debate de ideas políticas lo convocaba había que amordazarlo y golpearlo en las costillas para que se calle.

La pasión por el análisis, el desarrollo de las ideas y la argumentación implacable lo ponían como perro hambriento suelto en una carnicería. Se comenta que una vez agarró a un gobernador en un café del centro y le hizo pasar un papelón sin precedentes. Le explicó el problema de la nutrición básica no planificada y le sugirió un método simple para la corrección de conductas medulares ciudadanas. Le dijo que previniendo pequeñas aberraciones del tradicionalismo y reviendo conductas, el estado se ahorraba una ponchada de pesos en salud y acción social; clase magistral de eficacia en la gestión y progresismo. Claro está, el gobernador apenas si había leído la revista El Gráfico, Don Furgencio y Afanancio. No había equidad de armas. Su estilo oratorio era netamente sarmientino o sea, los re puteaba sin miramientos a todos mientras les demostraba su ineptitud.

Un momento épico fue el día que en el Concejo Deliberante de Salta, desde la bandeja donde los vecinos seguían la sesión, se cruzó con su presidente en un intercambio de consideraciones digno de un combate entre Anarquistas Quintistas y Bilderbergers. Fue un hombre tan respetado y de una estatura intelectual tan prominente que jamás nadie se le animaba al contrapunto, un coloso de la dialéctica, podríamos decir… hasta que la autoridad máxima del C.D. metió la cabeza en una bolsa de plástico llamada imprudencia y, obviamente, se pudrió la sesión.

Todo comenzó cuando los Concejales perdieron cuatro horas discutiendo el nombre de una calle de un barrio que ya no recuerdo ni importa. La indignación de Chuchuy fue tal que tomó la palabra por la fuerza, la fuerza de la razón y la pasión por la vida política.

-Señor presidente del Honorable Concejo Deliberante, mientras estos “hijos de la lista sábana” pierden el tiempo buscando un nombre para una calle pedorra que ni siquiera está asfaltada en un barrio donde la gente se baña en un fuentón y con un jarrito, yo me pregunto ¿Qué carajo está pensando usted? ¿Cómo permite esto? Si a usted le mandan correspondencia… ¿qué hace? ¿Tira el sobre con la carta y se queda con la estampilla? ¡No sea opa! Con todo respeto y desde mi humilde, pero valioso, lugar de ciudadano lo llamo a reflexionar sobre la extraordinaria pérdida de tiempo que están llevando adelante este rejunte de pelotudos mal alfabetizados con pretensiones nobiliarias por el solo hecho de apoyar el culo en estas sagradas bancas destinadas a la resolución de problemas y no a la masturbación colectiva por la excitación que les provoca el poder transitorio y el honor del que no hacen gala ni a nalgadas. Una puta calle los deja en evidencia de que fueron a la escuela porque sus tatas los dejaban en la puerta.

Un amontonamiento de muertos de hambre que desean más el champagne que el óptimo funcionamiento de la ciudad  para que la gente la viva sin sufrimientos. Ignoran que la administración de la convivencia y el planeamiento urbano son vitales ¡Hacer política no es pintar semáforos sino ponerlos donde son necesarios y hacerlos funcionar! ¡Primero está el desarrollo urbano inteligente y la dignidad y después, cuando todo eso exista y funcione le ponen el nombre que se les cante! Atiendan las prioridades ¡Ustedes toman mate sin yerba ni agua!

-Señor Chuchuy, no somos nosotros sino el Ejecutivo, quien que debe asfaltar las calles…

-Señor Presidente, usted se conforma con la triste labor de ponerle nombre a las calles, aún a aquellas que casi no lo son, son solo huellas. Trabaje con el Ejecutivo y genere los marcos para la eficacia de la obra pública. Dejen de correr palomas en el centro y vayan a los barrios.

-Usted habló de la correspondencia ¿Cómo le van a  llegar las cartas y las facturas a la gente si no tiene nombre la calle donde viven?

-¡Encima le van a mandar las facturas! Les van a cobrar impuesto a los que nada tienen. Le ponen nombre a la calle para cobrarle el ABL ¡Soretes! ¡Cómplices del desgobierno!

-Señor Chuchuy, por favor, no nos faltemos el respeto…

-Perfecto… entonces renuncien o pónganse a laburar. Si hubiesen leído el reglamento antes de postularse lo hubiesen pensado un poco mejor. Acá, por ejemplo, el Concejal D.L. cada vez que prende un cigarrillo se quema los dedos. No solo no sabe usar los fósforos sino que no sabe que fumar hace mal y le rompe las bolas al resto de los presentes. Un político que se hace daño a sí mismo es un enemigo público, es un peligro para la sociedad. También hay casos de legisladores que solo usan las biromes para firmar porque en su puta vida pudieron pensar y escribir una ordenanza. Es más, no saben siquiera para que sirven las ordenanzas.

-Escuchame Winston ¿por qué no te postulas y venir a laburar, entonces?

-¡Escuchame vos, pelotudo! Te estoy dando la posibilidad de que hagas las cosas bien y no te das cuenta ¡Todo gratis! Te voto y te pago el sueldo y te explico el laburo ¿Qué más querés? Y Decile al morocho que largue el faso o se ponga cerca del extintor…

Desde la bandeja superior Winston tiró veinte constituciones provinciales, las obras completas de Jean Jacques Rousseau y diccionarios enciclopédicos. “¡Cuando terminen con eso, les traigo más!” dijo Winston Leonard Spencer Chuchuy  y volvió al sacro silencio que lo caracterizaba.

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