Coronavirus: morir en soledad

Coronavirus 25 de marzo de 2020
La enfermedad, sobre todo en mayores, se agrava en la angustia del aislamiento
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Como cada semana, Mónica visitó a su abuela en la residencia de mayores en la que vive. Fue hace ocho días, y comenzaban las restricciones, «se vai morrer aquí, polo menos deixádeme que me despida». La voz se le rompe cuando lo cuenta. A ella y a la periodista que la escucha. Ahora el contacto es telefónico, a través del móvil. El coronavirus trae contagios, complicaciones, muerte, y mucha soledad. Sobre todo la de las personas mayores, el colectivo más frágil a esta enfermedad. Forman parte del grupo de población sobre quien se recomienda extremar las medidas de aislamiento, y además son candidatos al contagio. Cuando este llega, la soledad es inevitable.

 
La comunicación que han tenido las autoridades cuando empezó la transmisión del virus no ayudó al bienestar emocional de estas personas. «Cuando se habla de los fallecidos se utiliza el recurso de que eran ancianos y con patologías previas, lo que para los que no aún estamos en edad muy avanzada nos sitúa en el bando de los supervivientes, pero a costa de una mayor angustia e indefensión de nuestros mayores», dice Manuel Fernández Blanco, psicoanalista y psicólogo clínico.

Es más, pese a que son las personas que deben protegerse, sobre todo aquellas que están en residencias, la realidad es que se atendieron de forma tardía. «No se hizo nada sustancial hasta que lo real de la cifra de muertos ha impedido a las autoridades mirar para otro lado, esto nos releva algo dramático, que los ancianos solo se han hecho presentes a partir de su muerte, y esto ha desvelado su desamparo», cuenta Manuel. Porque la soledad en la enfermedad y en la muerte es un factor de angustia añadido, tanto para el contagiado como para sus familiares. Falta el efecto balsámico de la palabra, «de coger la mano, de la caricia». Esto no solo provoca malestar en el enfermo, sino en sus allegados, «hay una cuestión simbólica fundamental que es despedirse de la mejor manera, de tal manera que la palabra que no pudo decirse dificulta después el duelo si se produce un fallecimiento», explica Fernández.

 
 
 
 
Si llega la enfermedad, hay que vivirla en soledad. Ahora ya solo se permite un acompañante por paciente en los hospitales, pero si se trata de una persona con COVID-19, las medidas se extreman. En principio, explican en el CHUS, no se permite la entrada de familiares, aunque en función de las necesidades del paciente puede entrar uno con las medidas de protección adecuadas.

Sin despedidas

Y en estos tiempos extraños de coronavirus las despedidas han desaparecido. En un tanatorio gallego aseguran que se restringen las visitas por sala a un máximo de seis personas. Aún así, es raro que se llegue a este número, «hay días en los que tenemos cuatro o cinco salas abiertas y no ves a más de doce personas en todo el tanatorio». Y ni siquiera están abiertas todo el día, «vienen un rato, se marchan y se cierra la sala». Después, un cura acompaña al cementerio y se entierra al fallecido. En caso de morir por coronavirus se desaconseja velar «pero no podemos obligar». Eso sí, en estos casos el difunto está en un saco hermético estanco y con el ataúd cerrado. Es una muerte casi en soledad. Y si todas las culturas en la historia de la civilización tienen ritos funerarios es por algo, «porque ante el sinsentido radical que es para nosotros la muerte, la compañía, la cercanía y el poder hablarlo ayuda a poder llevar mejor esa situación», concluye Fernández Blanco.

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