La pesadilla de un médico: internó por Covid a toda su familia en la terapia donde trabaja

Nacional 07 de junio de 2021
marco

“En la terapia intensiva uno intenta mantenerse frío para cumplir con su trabajo. A veces de eso depende que otro siga viviendo. Pero en los momentos de soledad, antes de dormir, hay imágenes que vuelven y, con ellas, un deseo: nunca tener a un ser querido grave ocupando una cama”. Marco Antonio Flores (39) es intensivista e infectólogo y trabaja en el Hospital Muñiz. En pandemia, su mayor miedo se hizo realidad. Los suyos se contagiaron Covid 19 y llegaron a esa misma terapia. Marco pasó de médico a familiar. “Fue una pesadilla”, asegura.

Se recibió de médico hace 12 años. Hizo la especialidad de intensivista y el año pasado rindió el examen final para convertirse también en infectólogo. “El día del oral, que fue por Zoom, estaba con coronavirus”, comparte. Empezó con dolor de cintura, después se le sumaron fiebre, tos, congestión. Se aisló, se hisopó y dio positivo.

Le cuesta darle forma a ese sentimiento de debilidad tan asociado a algunos cuadros de Covid. Dice que su cuerpo “se rompió”. Su esposa Cecilia (39) experimentó una situación aún más severa. “La internaron dos veces: la primera por una crisis asmática y luego por un tromboembolismo de pulmón. A ella el hisopado le dio negativo pero tuvo estos episodios justo después de mi infección por lo que sospechamos que fue coronavirus”, aporta. Ambos pasaron el mal momento y Marco pensó que lo peor había quedado atrás. No fue así.

Contar con demasiada información no le resulta fácil. “Me asusta porque sé cuánto se puede complicar un cuadro, por eso insisto con que hay que cuidarse. Los médicos hacemos todo para salvar a nuestros pacientes, como si fueran de nuestra familia, pero no siempre lo logramos”, reflexiona y dice que el dolor ajeno también lo afecta y que muchas veces se despierta llorando en la mitad de la noche.

Marco Antonio Flores junto a sus padres, Petronila y Jaime.

Estas ideas -las de resguardarse más que nunca- las repetía con su entorno. Sobre todo con sus padres, Jaime (63) y Petronila (58), y sus hermanos, Christian (31), Deborah (27) y Aarón (25).

Sus papás son costureros y venden las prendas que confeccionan en la feria La Salada. El año pasado, por la pandemia, estuvieron varios meses sin ir pero, cuando se pudo, les tocó volver. “Son laburantes y están ayudando a mis hermanos más chicos a cubrir los gastos de sus carreras, los dos estudian Odontología”, precisa Marco, que entendió la necesidad e intentó que lo hicieran minimizando el riesgo.

“Iban con barbijos N95 y alcohol en gel. Les hablé del higiene de manos y de evitar espacios poco ventilados”, remarca. Sin embargo, un miércoles de principios de abril llegó el llamado que nunca hubiera querido recibir.

Era su papá. Le avisaba que no se sentía bien. Tenía gripe y dijo que se iba a aislar, por las dudas. Marco cortó la comunicación y llamó a su mamá, que es asmática y había quedado a un cuarto de distancia. “Estoy bien, hijo, con un poco de alergia y resfrío, pero bien”, respondió Petronila.

Antes de la pandemia: Marco Antonio Flores junto a su familia.

Lo que sigue es Marco imaginando escenarios difíciles y la realidad dándole la razón. El jueves los acompañó a hisoparse. El viernes, durante su guardia de 24 horas en el Muñiz, tuvo la confirmación: los dos habían dado positivo.

Les hizo marca personal. Al día 6 del detectable, en una visita a la casa familiar de Laferrere con barbijo, antiparras y "el disfraz completo de astronauta", Marco se encontró con que su papá no tenía buen aspecto.

Lo auscultó y escuchó un sonido parecido al del abrojo de una campera cuando se abre. “A ese ruido se lo conoce como crepitantes, es una señal de la neumonía”, explica.

Mientras Jaime le repetía que no tenía que preocuparse, Marco le colocaba el oxímetro. “Hay que saturar por encima de 96%. Mi papá lo hacía a 90%. Intenté no poner caras y lo subí a mi auto rumbo al hospital”, recuerda Marco.

Ya en el Muñiz, dejó a Jaime en manos de sus compañeros. Le hicieron una tomografía y le diagnosticaron neumonía bilateral por Covid. Fue directo a terapia intensiva, quedó internado en la sala 29, que se había abierto hacía poco a modo de refuerzo, porque necesitaban más camas.

“A las pocas horas, ya estaba con máscara con reservorio, que es la mayor cantidad de oxígeno que se puede administrar. Yo pasaba por el pasillo y lo saludaba desde afuera, me costaba verlo en ese estado”, cuenta Marco.

Y agrega: “En toda mi carrera nunca tuve que intubar ni ver morir a tantas personas como en los últimos 6 meses. Pensaba que mi papá podía ser el próximo”.

A pesar de la carga emocional que implicaba la internación de Jaime, Marco seguía poniéndole el cuerpo al trabajo. “Dejar no era una opción, faltaban manos”, sostiene y asegura que se dividía entre sus pacientes, su papá y el seguimiento a distancia de su mamá, que estaba al cuidado de sus hermanos.

Marco Antonio Flores, médico de terapia intensiva del Hospital Muñiz.

Ese viernes tuvo guardia de 24 horas. Intubó y pronó (giró) pacientes. Colocó vías centrales. A la mañana siguiente, le sonó el celular a las 7.30 y a 8.15. Llegó a atender la segunda llamada. Era su hermana: “Mamá no se siente bien. Satura a 94%”.

“Me corrió un frío por la espalda, no me lo olvido más", suma. A las 9.30 estaba en la puerta de la casa familiar. La auscultó y se encontró con el mismo sonido a abrojo separándose que había escuchado en el pecho de su papá, esta vez amplificado. Sin embargo, la saturación había mejorado, estaba en 96%. Optó por esperar.

Le pidió que se quedara boca abajo, técnica que se utiliza para descomprimir los pulmones y lograr un mayor ingreso de aire, y se fue a su casa a descansar de las 24 horas de servicio.

La indicación era llamarlo si había cambios. A las pocas horas, su hermana lo contactó con otro “mamá no se siente bien”. La saturación ahora estaba en 88%.

“Era la misma película de terror que con mi papá”, relata. Cuando Marco llegó a Laferrere, Petronila ya respiraba con mucha dificultad. La cargaron en el auto con destino al Muñiz.

Delegó otra vez la situación en sus compañeros. Era un déjà vu, un trágico Día de la Marmota. Esperó el resultado de la tomografía: neumonía bilateral por Covid. “Miré la placa. No había partes sanas en sus pulmones, tenía todo tomado por el virus”, se lamenta.

La escena que sigue lo hace llorar. Es la de sus colegas diciéndole que, al igual que su papá, ella también tenía que ingresar a terapia intensiva en forma urgente y que en la única sala en la que se había liberado una cama, la última de todo el Muñiz, era en la 32. En su terapia.

“Estaba libre porque acababa de fallecer un paciente mío, de 44 años”, detalla. Su mamá, para ese momento, pasaba a representar todos sus temores en uno: era la saturación del sistema de salud y de su sistema.

Esa noche ella también necesitó la máscara con reservorio y ahí sí Marco tocó fondo. Recurrió al equipo de psicólogos del hospital y decidió, por primera vez, bajar un cambio. “Me dediqué solo a tareas administrativas. Sentía que no estaba en condiciones de hacerme cargo de los pacientes”, señala.

Por un tiempo fue más familiar que médico. Pasó sus días entre las salas 29 y 32, contenido por sus pares y en contacto con sus hermanos. Entre todos buscaban tratamientos experimentales para evitar la intubación de Petronila. “Mi papá respondió bien al oxígeno, mi mamá no. Saturaba a menos de lo normal con la máscara puesta”, destaca Marco.

Probaron con suero equino. El 20 de abril Marco cumplió 39. “Ese día, mi mamá saturó a 90%. Con la poca fuerza que tenía me saludó. Yo no sabía si ponerme contento o llorar”, se acuerda.

El siguiente y último intento fue colocarle una cánula de alto flujo, que le suministraba oxígeno calentado con vapor de agua. “Después de eso no quedaba nada por hacer. Fue entonces que pedí llevar a mis hermanos para que la vieran”, repasa.

Marco dice que su intención no era despedirse, aunque su mamá sí pensó que ese podía ser el último encuentro con sus hijos.

Contra todos los pronósticos, el Covid les dio un respiro. Primero a Jaime, que el 27 de abril pasó a sala común. Y después a Petronila, que respondió al tratamiento y el 29 dejó la terapia intensiva.

Sin embargo, el alivio no llegó en ese momento porque, con su mamá todavía hospitalizada, dos de los hermanos de Marco, Christian y Aarón, comenzaron con síntomas. “No lo podía creer: se trataba de personas jóvenes pero con factores de riesgo. Christian por sobrepeso y Aarón por asma”, resume.

Aarón tuvo broncoespasmo pero no llegó a internarse. Christian fue derivado al Muñiz con fiebre alta y 90% de saturación. Por tercera vez en un mes, la situación se repetía.

Christian pasó a ocupar otra cama de la terapia intensiva de ese hospital y estuvo con oxígeno. Lo trataron con corticoides y logró salir adelante. Recién hace menos de dos semanas pudo volver a su casa.

Marco sigue en shock. “Sufrí por Cecilia, Christian, Aarón, mi papá y mi mamá. El miedo no se me va”, reconoce. Miedo a la reinfección, a las secuelas, a que algo más salga mal. Habla de miocarditis, trombosis y sigue la frase con un “ojalá que no”.

Ya volvió a intubar, pronar y colocar vías centrales porque “no hay tiempo para frenar, no ahora”. De noche, cuenta que sigue llorando. “Nunca pensé que iba a vivir algo así: ni como médico ni como familiar de un infectado”, insiste.

Hoy, asegura, solo le queda agradecer por tener a sus seres queridos con vida y seguir pidiéndole a la gente que se cuide. “No es capricho. Lo que nos tocó como familia no se lo deseo a nadie”, cierra Marco. /Clarin

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