“Vi esta foto y reconocí a mi hermano colgado de las ventanas”: la historia de uno de los cinco argentinos que murió en el ataque a las Torres

Medios 11 de septiembre de 2021
ataque a las Torres

Pedro Grehan fue uno de los cinco argentinos que murió por los ataques del 11 de septiembre. Estaba en el piso 105 de la Torre Norte y nunca pudieron encontrar su cuerpo. John es uno de sus 8 hermanos.

En aquella fatídica mañana neoyorquina casi 3 mil personas perdieron la vida por el impacto de los dos Boeing 767 y el posterior derrumbe de las Torres Gemelas. Entre las víctimas hubo 5 argentinos que trabajaban en los edificios, uno de ellos era Pedro Grehan.

Pedro tenía 35 años, se había mudado a los Estados Unidos en 1998 para buscar un futuro mejor y trabajaba en la financiera Cantor Fitzgerald, que tenía sus oficinas en el piso 105 de la Torre Norte, pocos metros por encima de donde se incrustó el vuelo 11 de American Airlines a las 8:46 (hora local) a 686 kilómetros por hora.

El destino quiso que estuviese ahí, porque se había reincorporado a su trabajo el día anterior al atentado, el 10 de septiembre de 2001. “En agosto había viajado a la Argentina por una operación de nuestro padre y al volver hizo todo lo posible por llevarse a toda su familia”, relató en diálogo con TN.com.ar John Grehan, uno de los 8 hermanos de Pedro.

La esposa de Pedro no estaba segura de mudarse definitivamente a los Estados Unidos, la adaptación en los años previos no había sido fácil. Pero en aquella visita a la Argentina en agosto de 2001 Pedro logró convencerla y se fueron junto a sus tres hijos, que por aquel entonces tenían 9, 7 y 5 años. Para festejar el reencuentro los cuatro se tomaron dos semanas de vacaciones, algo que John y toda la familia agradecen, según publica TN.


 

Nadie se imaginaba lo que vendría después del descanso. “Un rato antes de las 10 me llama un hermano y me dice: ‘che, un avión chocó la torre’. Inmediatamente prendo la tele y veo cuando choca el segundo avión”, rememora John con la mirada perdida en los recuerdos, para luego agregar: “Yo estaba mirando una película de los Estados Unidos donde está todo bien, donde mientras todo se quemaba podían bajar por la escalera de incendios”.

Desde ahí todo se transformó en incertidumbre. Como sucedía con todo el mundo, los ojos de la familia Grehan estaban puestos exclusivamente en el corazón de Manhattan. Pocos minutos después llegó lo peor. A las 9:59 cayó la Torre Sur, la última impactada por el avión manejado por terroristas. Aunque Pedro estaba en la Norte, John admite que en ese momento ya pensaron en que “sería difícil”.

La desesperación de la familia ahora pasaba por saber si Pedro efectivamente había ido a trabajar. Lógicamente él no contestaba su celular. Las dudas se evacuaron cuando un amigo en Nueva York les confirmó que había hablado con Pedro por la mañana y estaba en la oficina. Sabían que estaba en la Torre Norte, en el piso 105. El avión se había incrustado entre el 93 y 99.

Finalmente, en lo que acaso es una de las imágenes más impactantes de la historia, la Torre Norte cedió ante los daños y el calor y a las 10:28 hora local quedó hecha escombros. “Para mí la imagen de él está ahí, en el aire cuando se derrumban las torres, es donde yo me lo imagino”, se anima a contar John con una emoción a flor de piel.

El cuerpo de Pedro nunca fue encontrado. Sí le llevaron a la familia una caja con un pequeño fémur que le dijeron era de él. De todas formas, John Grehan relata que su familia cerró “el proceso con una foto de una revista donde se veía las torres humeando y mucha gente asomada por las ventanas rotas en busca de aire”. Entre ellos, según cuentan, hay una persona con la misma postura de Pedro. “Nos quedamos con la imagen de que él terminó ahí, en esa ventana, donde no podía respirar hasta que se derrumbó”, relata John.


Para su familia la última imagen de Pedro fue en una ventana donde estaba asomado para poder respirar.


 

Este “proceso” al que el hermano de Pedro hace referencia no se cerró rápidamente. Sus hermanos viajaron a los pocos días a Nueva York con la esperanza de encontrarlo con vida. Confiaban en que hubiese podido escapar y estuviese desorientado en algún lugar de la Gran Manzana. Fue difícil asumir la pérdida, pero 10 días después del atentado John pudo entender que “Pedro no estaba vivo, por ende, estaba muerto”, sentencia.

Desde ese momento su vida cambió. “De todo el vacío y el dolor apareció el amor”, relata con alegría. Amigos íntimos y lejanos, conocidos, todos se unieron para empujar a la familia Grehan. Fue, en pocas palabras, “una experiencia humana tremenda”. “Lo más cercano fue sentir el dolor de una madre, era como que todavía lo tenía adentro y se lo estaban arrancando. Pedro tenía 35 años, joven para morir”, dice John con los ojos empapados por el amor y el recuerdo.

A 20 años del atentado más atroz en la historia de los Estados Unidos John no se olvida ni un día de su querido hermano, con quien intercambiaba mails todos los días. Tampoco esconde sus “ganas de sentir más cerca la presencia de él, que está presente de una manera diferente”. Pero sobre todo admite: “Me gustaría tener la posibilidad de abrazarlo de vuelta”.

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