Insólito: el pueblo salteño al que sólo se entra por Bolivia

Sociedad 05 de noviembre
Para pisar esta parte de suelo argentino hay que hacer antes Migraciones. Allí viven mujeres centenarias que no saben quién es el presidente, la única canchita de fútbol es el aeropuerto y los bosques parecen de cuento.
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Vista aérea de Los Toldos, con el manto de nubes emanadas de los cerros. - Foto: Rubén Digilio.

Clarín/ Doña Eugenia Vaca, viuda de Coca, nació de la misma forma en que tuvo a sus 12 hijos: sin la ayuda de una comadre entrenada, en una casa del campo. Atravesando los cerros con ella en brazos, su madre y su padre llegaron hasta la iglesia para bautizarla y asentar su nacimiento. Allí atendía un cura medio sordo, un tipo fiero que se enojaba si no entendía bien algo. “¿Fue el 6 de agosto?”, preguntó el párroco, aunque el hombre le había dicho claramente que el alumbramiento se había producido un mes después. “Tenía miedo que le pegara”, cuenta ahora Doña Eugenia, recordando entre risas por qué su papá no se animó a contradecir al sacerdote medio loco. Así quedó anotada con una fecha equivocada.

En esa época, hace 81 años exactos, el lugar en donde nació Doña Eugenia era territorio de Bolivia. Pero después se transformó en parte de la Argentina. Por eso, esta señora, que aún comanda con energía un clan enorme, no sólo tuvo en su haber dos fechas de nacimiento. También dos países.

Este sitio, al Este del río Bermejo, queda en la provincia de Salta. Su pueblo principal se llama Los Toldos. Hay varias teorías sobre el nombre. Dicen, por ejemplo, que las nubes al atardecer forman una suerte de toldo sobre sus casas, que tampoco son muchas. Según el último censo, había 2.300 personas viviendo en esta zona privilegiada de Las Yungas, donde hay –como en los cuentos– ardillas coloradas que se trepan traviesas a los nogales.

En 1938, Los Toldos –que se había fundado en el siglo XVI bajo la égida de la ciudad boliviana de Tarija como lugar de pastoreo de ganado– pasó oficialmente a ser patrimonio de la Argentina. Y Yacuiba, que era de la Argentina, pasó a ser parte de Bolivia. Este enroque quedó establecido en un tratado bilateral firmado de 1925, que venía a corregir los errores en un acuerdo anterior, de 1889, de demarcación de límites. Desde entonces, todo tiene una identidad doble, de aquí y de allá. Con toda la riqueza histórica y cultural que eso supone. Y también con sus inconvenientes.

En cierta forma, Los Toldos quedó también como colgado del mapa, igual que esas nubes que emanan con encanto de la selva y cubren los cerros. Para llegar allí desde cualquier punto de la geografía salteña hay que pasar sí o sí por Bolivia, trámite migratorio mediante. La boliviana es una ruta fantástica que cruza por montañas, cuyas laderas están salpicadas por las copas violetas de los lapachos. Pero lo más raro es que el puente internacional que atraviesa el Bermejo (que justo comienza a correr en ese punto, tras la confluencia de dos arroyos de montaña) no está reconocido en los hechos por nadie. Y esto es porque no hay un puesto de migraciones en el que se registre formalmente la entrada (o salida) de personas a la Argentina. Así que si uno pasa más de tres meses en Los Toldos y quiere regresar a Orán, en Salta, tendrá que pagar una multa de 3.000 pesos en Bolivia porque se le venció la visa boliviana. Eso es porque, técnicamente, uno nunca abandonó ese país cuando ingresó nuevamente en Salta, por una ruta de tierra, salpicada de pozos. Esto genera unos líos tremendos en este pueblo remoto, encantador, un escenario casi mágico, con personajes como en ningún otro sitio del país.

En virtud, el puente sobre el Bermejo se torció a poco de la inauguración. Luego, fue reemplazado por un puente más sencillo, de una mano, que construyó el Ejército. Así fue cómo el roldanero, el tipo que cruzaba el río con un carrito que colgaba de una cuerda con una roldana, se quedó sin trabajo.

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Esperando el avión. Ya pasó la hora del mediodía y Doña Ceferina, con su diminuto cuerpo huesudo y su sombrero de fieltro, camina en dirección hacia la única cancha de fútbol. Cuando no hay nadie practicando entre sus arcos, la canchita es, además, pista de aterrizaje. La señora mira hacia el cielo como buscando algo. Quiere ver al menos si hay una señal del avión que trae el dinero de la jubilación desde Salta capital. Ni el dinero ni las armas de la Gendarmería o de los guardaparques de la Reserva Nacional El Nogalar y el parque Nacional Baritú pueden entrar por Bolivia.

Abuela, ¿cuántos años tiene?

–No me acuerdo, contesta.

Se ríe la señora. Parece centenaria. Y no es la única. Ella cuidaba a una tal María Jacinta, pero ésta ya “estiró la pata”, cuenta espontáneamente. “Temblaba toda la finada”, sigue diciendo. Ahora, Doña Ceferina vive sola. Ni sabe quién es el presidente. Mientras sigue su rumbo, ella se topa con gallos y chanchos. Las gallinas, por alguna razón, prefieren la copa de los árboles como punto de observación del mundo.

Ese día era la fiesta de San Roque en el pueblo. El mismo San Roque del dicho: “San Roque, San Roque, que este perro ni me mire ni me toque”. Es el santo protector de los animalitos. Nadie sabe si se trata sólo de los animalitos domésticos o de los del monte también. No importa. Esteban Acosta, 78 años, pasa vestido con un poncho colorado y un sombrero sobre una moto. Le decimos el “motogaucho”. Va hacia un solar donde se están juntando todos: las imágenes rituales, las mujeres consumidas por la devoción religiosa y los borrachos.

Teodoro Gareca, allí, es el que le pone música al encuentro. Está tocando una melodía de apenas dos acordes con un erke o caña. Es un sonido grave. Y la verdad que hay que tener tripas para obtenerlo. El señor toca un rato. Después viene otro paisano. Y entre pausa y pausa, toma con los otros presentes vino en tetrabrick. La mujer de Gareca anda repartiendo chicha a todo el que quiera en un único vasito descartable. Las mujeres parecen las más devotas, rezan frente a las representaciones de la virgen y de San Roque. Su concentración contrasta con la alegría bullanguera de los borrachos.

Antes, cuenta una parroquiana, la señora Alejandra, todo el pueblo hubiera venido a esta fiesta. Ahora, la mitad de Los Toldos parece haberse pasado a los Testigos de Jeová. La palabra “Shalom” corona la entrada de ese templo. Al revés que estos parroquianos, ellos no pueden tomar alcohol.

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