Sobre la muerte de 5 compatriotas, la espectacularización del dolor y el distanciamiento irreflexivo

Opinión 07 de noviembre
Para muchos, y seguramente para ellos, era el plan perfecto. Aquel cuya urdimbre contaba en su haber con 365 días de ensoñación. Un viaje que coronaba, la historia de 10 amigos de toda la vida, compañeros de baile, interminables noches de asado, y tardes de mate, jornadas de estudio mezcladas con eternos descansos que olían a rebeldía devota.
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A 30 años de egresar del Instituto Politécnico Superior General San Martín de Rosario, el Poli, como se lo conoce y atesora en la memoria, eligieron Nueva York para celebrarlo. Para 5 de ellos fue, su último paseo juntos, el final de un camino que recorrieron a su manera, con códigos que trascendieron el tiempo, el espacio y las circunstancias. Eran libres, siempre lo fueron, al hacer de ese vínculo una fortificación inasible para el afuera. Y de pronto, los diarios pusieron en primera plana su realidad, y la de muchos otros anónimos que ven truncada su vida y sueños por la violencia que no cesa de arrollar contra lo mejor que tiene la humanidad: su capacidad de verse en el otro, de vivenciar la compasión desde los zapatos y las lentes de un extraño, tan igual como diferente a nosotros.

No es solo la locura de Saipov la que debe dolernos, es ese afán irrefrenable del fanatismo, tan consiente como condenable, que nos enfrenta al libre albedrío y su bifurcación: el camino que te lleva por una bici senda cerrando los ojos para sentir el sol y la brisa otoñal, o el que te sienta en una camioneta, tomando con ira un volante y mirando con desparpajo un camino de sangre. Cinco letras que sin saberlo vaticinaban el peor de los finales, llevándose 5 compatriotas, tiñendo una historia de valores en memorias desesperadas e impotentes; atestadas de porqués y de especulaciones sobre finales que nunca podrán ser narrados.

Diría Cortazar jugando a la Rayuela (1963) “Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.” Ellos, los que rodeaban su fortaleza, la sostenían y protegían, son los que se sentirán aplastados por el tedio y el oportunismo ignorante, que condena lo aberrante desde la bondad de quien lo padeció, como si existiera alguna posibilidad de eximición de culpa. Esos argentinos que se auto-idolatraron en las redes, que engullían sin respiro las publicaciones que los ubicaban en una especie de podio ilusorio, los que hablan de su devastación ante la noticia vinculada a una lejanía higiénica de “estos hechos terroristas que nos son ajenos”, son algunos de los que han hecho culto de la violencia en los últimos años. Si, esa parte de nuestra sociedad que sin miramientos justifican tomar un fusil, la piedra o el palo en pos de defender la supuesta justicia de un reclamo, sector, creencia, culto o jefe político.

Estamos al límite

Nuevamente, la muerte pone sobre el tapete aquello que es aún más difícil de explicar que el hecho doloroso y doloso; nos reyerta en la cara la disociación entre el sentir y el pensar, esa empatía que te enciende el corazón pero que debería irradiar algo más, una reflexión, y por qué no, una puesta en tela de juicio a no pocos pre-conceptos que tenemos como sociedad sobre nuestro pasado, que se instauraron como imaginario habilitando la apología ilícita de la violencia en el presente. Pensar en estos jóvenes nos remite al sentido de la amistad, no desde la banalización irrefrenable de argumentos a favor o en contra del corrimiento del Día del Amigo, opiniones que gritan desde el fondo de la grieta social, en un blanco/negro que pierde de vista el origen de la disputa tornando aberrante y enfermizo el discurso sobre lo acontecido. La muerte iguala, ese proceso de socavamiento de las diferencias socialmente construidas es la reserva que tiene la humanidad de respeto hacia el último instante. Lo ocurrido mostró que estamos al límite, reproduciendo por acción u omisión el estado de vulnerabilidad crítica del valor de la vida misma. Poco importa en este punto que tan desarrollado estemos en materia tecnológica y económica, el sentido del concepto evolución y desarrollo es lo que está en jaque.  

Parafraseando a Hannah Arendt, solo es posible la dominación total cuando la persona humana ha sido transformada en un ser completamente condicionado, cuando renuncia a su ser libre al naturalizar lo dado. La brutalidad come en nuestras mesas, circula por cada una de nuestras calles y avenidas, se educa en las escuelas, produce sentidos y busca imponerlos como verdad mediante el uso de la violencia física o simbólica. No necesitamos leerlo en los diarios, mucho menos viajar para verlo. El terrorismo, según la Real Academia Española, puede entenderse como la sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror, por lo común de modo indiscriminado, con el fin de alarmar a la sociedad en pos de sus objetivos. Puede ser ejercido por partidos políticos nacionalistas y no nacionalistas, de derecha como de izquierda, así como también por corporaciones, grupos religiosos, racistas, colonialistas, independentistas, revolucionarios y conservadores. Nadie queda afuera.

Los argentinos hemos hecho de la intimidación un arte esquivo, nuestro campo de batalla por excelencia, aquel que escapa a cualquier intento de colocarlo en la celda semántica del terrorismo. Y mezclamos, en un frenesí sicótico, la violencia ejercida con la legitimidad o ilegitimidad de los motivos propios o ajenos. Simplemente, somos incapaces de atender a los incidentes sin especular sobre los motivos ni juzgar a los autores.

Lo sucedido es terrible, en presente, porque aún no logramos salirnos de esa mirada de espectacularizante y trivializante, para poder aprehenderlo en todas sus dimensiones, en una praxis que no elimina el dolor pero al menos no lo torna vano. Perdimos la brújula de la humanidad, aceptarlo es el primer paso, inevitable el revisar críticamente el camino transitado, e inadmisible no responsabilizarnos por la vacuidad que nos arrastra. Este sería nuestro acto de libertad por excelencia, y por qué no, un nuevo comienzo, que vaticine un transitar por caminos seguros, libres de fanáticos, no ajenos, sino propios.

Por: Lic. María Florencia Barcos - Para InformateSalta

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