Caprichos de Salta: La escritura sagrada

Cultura 09 de noviembre
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas la vigésima primera entrega de la ficción de InformateSalta.
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Salta a mediados del siglo XX fue un lugar bastante particular; Así como se podría decir que cada casa tenía un perro, cada familia tenía un escritor. Entre tantos hombres de letras había algunos prodigiosos y otros que solo escribían para alcanzar el amor de una mujer, que si bien no es poco, no alcanza para dar la talla.

Hubo, en la historia, hombres que a través de la literatura han descrito objetos, herramientas, máquinas, usos y costumbres raros a su época que más adelante, en el tiempo, se han hecho realidad. Otros autores han construido el relato político que arrió el pensamiento de una época y posibilitó que la gente vea y califique los aconteceres sociales y financieros  de una manera muy distinta a la realidad y a su conveniencia. Entre los talentos literarios salteños de aquella generación de iluminados  se encuentra: Eurípides Olañeta,  un hombre que se cansó de todo y habiendo conocido el peronismo primigenio desde su lado más emocional, se dedicó a arreglar la historia de Salta por su lado más frágil: Reescribir las vidas de los más necesitados; enseñarles a interpretar la mejor versión de sus trágicas vidas y resolverlas con final feliz o, al menos, intentarlo. Don Eurípides  aún vive, ha superado largamente los cien años. No voy decir donde mora y mucho menos voy a describirlo; eso me pidió expresamente y resaltó que: “A esta altura del partido ya es medio al pedo andar arreglando vidas y estoy cansado de que me jodan por boludeces como la movilidad social ascendente sin ningún interés por la virtud y la organización social…. O sea ¡quieren un televisor grande y un celular y  no saben ni sacarse un pique de las patas!”

Eurípides Olañeta solía recibir a hombres tristes y mujeres desesperadas, acorralados por la vida y sin respuestas para superar encrucijadas y abismos aparentemente insalvables. Él los escuchaba con la condición de que sean sinceros; ante la imposibilidad de lograr un relato fiel de boca de los perjudicados, los embriagaba y les hacía soltar la sopa. Obtenido el argumento crudo de cada vida y el nudo a desatar, les pedía unos días y les escribía un episodio para destrabar la historia; Luego, ese apartado se debía interpretar al pie de la letra. El nuevo capítulo les resolvería la existencia, ya sea porque les daba claridad para entender o les forzaba a una resolución que les corregía el camino y podían, así, alcanzar el destino más apropiado. Corrigió unas veinte o treinta mil historias de vida; incluso, encontró los pasos perdidos de varios gobernadores que andaban por la banquina.

El Ciego Jorge me dio un papelito con un mapa que me indicaba donde encontrarlo. Avisado, el viejo escritor, me recibe con calidez. Eurípides es un hombre muy carismático, culto y de trato amable; no aparenta la edad que tiene; cualquiera le daría, a lo sumo, unos setenta y pico u ochenta años.  Mientras tomamos un mate con cedrón con unos cuernitos de grasa con anís, le pregunto por los pormenores de su peculiar actividad;  a lo que responde:

“Vea, joven, yo de changuito descubrí que podía escribir con  cierta facilidad; después  descubrí que lo hacía con eficacia y, por último, me asusté al comprobar que lo hacía con un carácter premonitorio o mágico. Le conté a mi Tata y me metió de pupilo en una escuela de curas. Cuando le conté a uno de los pollerudos lo que me pasaba me quiso exorcizar. Me escapé y terminé en la casa de mi tío Hermes en Tucumán. Churo era el tío. El me ayudó a entender esto de… la escritura sagrada. Me dijo que tenía un don y debía decidir  cómo dale uso porque esa era mi vida.  Se corrió el rumor y me vinieron a ver políticos, empresarios, milicos, científicos y otros escritores para que les reescribiera su vida. Ni mierda les iba a reescribir. Sólo le hice unos capítulos al General Perón… igual no alcanzó para un mejor final… Cuando volví a Salta me empecé a ocupar de la gente que no tenía ni la menor idea de cómo resolver su vida… de cómo salir de la miseria. No es difícil salir de la malaria, sabe… de cualquier malaria, no sólo la financiera… hay que ajustar el guión y la historia camina sola… pero, en la mayoría de las ocasiones, la gente tropieza con deseos  inconvenientes o la necedad que propicia la ignorancia; los mundos pequeños tienen historias pequeñas sin demasiados matices. Cuanto más pequeño es el mundo, menos imaginación hay disponible… Es necesario extender los límites… pero…  ¿Qué puede saber un pastor de los cerros acerca de ser marinero si nunca vio el mar? ¿Puede un esquimal imaginar una palmera si en su puta vida vio, siquiera, un metro cuadrado de pasto? ¿Entiende?... yo podía escribir en un papel algo así como un mapa para que la gente saliese de esa isla desierta donde la correntada de la vida la hizo naufragar. Yo les contaba cómo dar la vuelta al mundo antes de que lo hiciesen”

Le preguntó cuanto cobraba por el servicio y si alguno falló en el intento… si se le ahogó algún náufrago antes de dejar de serlo.

“Les cobraba después, nunca antes…  A plata de ahora serían unos $500 o $1000, según la complejidad de la trama y los actos necesarios para resolver el relato. Eso en líneas generales… Había, si, otros capítulos que  eran caros de verdad. A veces eran de seis ceros. En cuanto a los éxitos y los fracasos… usted sabe… son pocos los que pueden interpretar un texto… eso es como leer un mapa que  lleva a un tesoro… hay que tener algún conocimiento… ”

Le pregunto por los textos de los millones. Quiero saber por qué esos eran tan caros.

“Mire, Siryab, esos textos eran caros porque eran textos algo complejos, mapas de vida muy precisos… digamos que esos venían con la cruz que marcaba donde estaba el tesoro… hasta el más opa podía encontrar su destino… eso tiene un precio, sabrá usted, un tanto elevado. Eso sí, encontrar el tesoro no aseguraba el éxito… en ocasiones empeoraba las cosas considerablemente. Pero, bueno, cada quien hace con su plata lo que puede… no le pida al rengo que baile si Dios lo hizo para escuchar música…”

Dice que dejó de ayudar porque “La gente no quiere ser mejor… solo quiere tener mucho  y no dar nada. Enseñarle algunos trucos al tonto es peligroso… Es como armar una bomba atómica y dejarla en la vereda”

Le pregunto, para terminar, si él es el autor de su propia vida. Eurípides, con los ojos clavados en el atardecer y la tranquilidad que da la satisfacción del deber cumplido, me contesta “Hoy termina el último capítulo”.

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