Rodolfo “Cholo” Vivas: El pintor

Cultura 17 de abril de 2018
Conocé a Rodolfo “Cholo” Vivas, artista plástico, dueño del abstracto del norte argentino, docente y autodidacta, artesano, escultor, creativo, defensor de la belleza y amante de todos los colores del universo.
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Cuando lo vi sabía que era un ser especial. Tenía todo ese aspecto rebelde, anti sistema y evitando todo tipo de protocolo. Me acerqué con mucho cuidado, de no querer interrumpir su contacto con el periódico local. El lugar era una estación de servicios donde cada mañana consumía su café. Ni bien intercambiamos miradas sentí su carácter. Tenía la personalidad de los transgresores. Ante mis numerosas preguntas, debido al nerviosismo, cortó una de ellas diciendo:

-¿Trabajas en la policía?

Era una pregunta, también una respuesta, y también una manera de tomar distancia con un sutil tono amenazante. Mi negación calmó la tensión y luego de ella vino mi explicación al acercamiento. No era más que admiración a su obra y a su personaje.

En ese primer día, en esa primera charla hubo una conexión mágica. Rodolfo “Cholo” Vivas, artista plástico, dueño del abstracto del norte argentino, docente y autodidacta, artesano, escultor, creativo, defensor de la belleza y amante de todos los colores del universo me invitaba a ser parte de su taller. Para mí, un simple aficionado del dibujo y la pintura, tan solo observador y curioso era tocar el cielo con las manos, los brazos, el cuerpo. Obviamente que al otro día, estuve allí. Con ropa vieja, lista para ensuciar, con las manos abiertas para pintar y la mente lista para en el mejor de los mundos, vivir.

En su taller se respiraba arte. Era un lugar extraño. Una pieza con un baño en el fondo, al ingreso  un espacio grande, apto para vehículos. Por dentro un desorden de telas y pinturas, maderas y pinceles, un orden muy preciso. Un mini sistema de audio, con discos compactos a su alrededor. En un pequeño mueble, libros, clásicos y otros tantos de artistas. Una botella de agua mineral y una petaca de coñac. Alguna que otra botella vacía de whiskey. Por los aires el sonido de Mozart y los olores del óleo y el barniz. 

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Voz ronca, muy pocas dudas en sus palabras. Por momentos muchos silencios, por otros, un poco más animado, muchas anécdotas, lecturas, biografías. Nombraba muchos artistas, muchos referentes. Siempre recordaba a sus amigos, Daniel Isa, Mario Teruel. Nombraba como a nadie a su hijo, a su madre y tenía muy buenos recuerdos de su ex mujer. Cada tanto sonaba el portón y se iba alguna que otra obra y antes que anochezca, salíamos a lo de Castillo a brindar y comer. Tenía la generosidad del pobre. Esa riqueza de saber que las cosas son solo cosas y que las obras son eternas. Habría tenido muchos prejuicios, por sus excesos, por sus pasiones, por su mismo genio. Pero rebalsa mucho más el vaso por sus convicciones, por su legado.

Había dejado sus pinturas por Río de Janeiro, Barcelona, Buenos Aires. Pero mucho más están desparramadas y exhibidas por el norte argentino. En sus colores siempre estuvo salta, en su pincel había tierra de Cachi, arena de Cafayate, piedras de San Antonio de los Cobres. Siempre abstracto, siempre complejo. Siempre intenso, como su carga de pincel, como su abundancia de mucho óleo y menos barniz. Cuando dejábamos el delirio de los colores y la pintura, salía el tema del futbol. Confesaba que se hizo adicto en Brasil. Que había seguido mucho al vasco, de Romario. Miraba por televisión a Berbatov en el Manchester United. Le gustaba ver jugadores finos, elegantes. Si sabría de belleza el hombre…

Ford Fiesta blanco, un poco caído. Pero fiel, según él. Lo habría recibido como parte de pago por pinturas. Y lo que llevaba puesto también. Y lo que comía también. ¿Lo habrá salvado el arte? ¿Qué hubiera sido de Rodolfo “Cholo” Vivas sin el arte? Recuerdo que le habían ofrecido muchos cargos de oficina. Muchos trabajos de esclavos estatales, hasta me insinuó ser un tipo de pasta tipo ñoqui. Pero se negó, respetando su esencia. “Quiero hacer lo que me gusta. Y si esto es trabajo y si esto me da de comer y beber, pues esto haré y esto soy”.

Me duele no haberte despedido, porque como a tu estilo, te fuiste sin anticipos, ni muchos ruidos. Olvidaste limpiar los pinceles, aun los bastidores aguardan húmedos tu soplo de bendición. pero cada vez que veo tu obra en Café del Tiempo, en Viracocha, en el hotel Sheraton, en alguna casa de coleccionista de arte, o en mi pared , estas latiendo, en ese sitio, en ese instante, gritando: -¡Que viva Vivas, que viva el arte! 

Por Nicolás Cortés - Para InformateSalta

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