Aquel ángel llamado "Mamá"

Sociedad 21 de octubre de 2018
El Día de la Madre se celebra en más de 80 países en todo el mundo, desde Anguilla a Zimbabwe.
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Los primeros indicios de esta festividad los encontramos en la Antigüedad, ya que en Egipto todos los años se honraba a la diosa Isis, madre de todos los faraones. Sin embargo, la primera celebración del Día de la Madre tiene lugar en la antigua Grecia, donde se le rendía honores a Rhea, la madre de los dioses Zeus, Poseidón y Hades. Asimismo, los romanos llamaron a esta celebración Hilaria cuando la asumieron de la cultura griega. La fiesta era el 15 de marzo en el templo de Cibeles y durante tres días se realizaban ofrendas.

En la Inglaterra del siglo XVII también celebraban un acontecimiento que se denominaba Domingo de las Madres. Los niños iban a misa y regresaban a sus hogares con regalos para sus progenitoras. En 1870, la poetisa y activista social Julia Ward Howe escribió la proclama del día de las madres, un apasionado llamamiento a la paz y al desarme de las naciones titulado ‘¡Levántense, mujeres de hoy!’. El 12 de mayo de 1907 encontramos la raíz de la celebración actual, cuando el ama de casa Ana Jervis quiso conmemorar el fallecimiento de su madre y organizó un día de la madre para hacerlo. A partir de entonces encabezó una activa campaña que fue extendiéndose a todo el territorio de los Estados Unidos. Finalmente, el presidente Wilson declaró en el año 1913 el Día de la Madre como el segundo domingo de mayo en Estados Unidos, día que fue encontrando eco en otros países que la adoptaron aunque en fechas que van de febrero a diciembre.

Acercándose el domingo, ese que despertará sentimientos inconmensurables alejados de las historias que le dieron origen y la impulsividad comercial, sin importar la cercanía real o imaginaria de ese ser que nos roba las primeras miradas, sonrisas y abrazos, el día traerá consigo un sinfín de recuerdos que inundarán el alma. Noche tras noche, pese a estar abatida por el cansancio de jornadas eternas, buscará la forma de irse a dormir luego de haberse asegurado que los ojitos estén suavemente cerrados, el cuerpo protegido de la ventisca, aquel oso tan amado cuidando la retaguardia de fantasmas y villanos, y esa tenue luz encendida señalando el camino hacia el refugio más seguro: sus brazos en medio de una pesadilla. Nunca suficientemente agotada, para no escuchar el ritmo de la respiración, el llamado sollozante o esa voz interior que grita que algo no está bien, que vienen horas de paños fríos y termómetros.

Acuerdos no dichos, con despertares repletos de besos y abrazos que iluminan los amaneceres más oscuros de invierno, corriendo detrás de un pequeño rebelde que incansablemente reniega del abrigo ofrecido, y las mil y un recomendaciones dadas. Frases únicas en su vocabulario: “cuidado al cruzar la calle”, “no hables con extraños”, “pórtate bien”, “prestá atención en clases”, “dale la mano a tu hermano”, “volvé derechito a casa”….patentarlas sería un atentado a su humanidad y singularidad, la misma que reproducimos generación tras generación, en un círculo virtuoso que tiene el halo de un ser angelical.  Gestos incansables de cuidado temeroso ante la mera idea de ver sufrir o derramar una lágrima a ese eterno pequeño razón de sus desvelos, sonrisas y orgullos. “Cuidate nos vemos a la vuelta”, “Hasta mañana, descansá”, “Buenos días, es hora de levantarse”, son todas y es cada una, en el brillo de su mirada, la mueca de sus labios, los gestos y ademanes que impregnan la retina e imprimen su huella indeleble en la memoria y el alma. Después de ellas, el camino no era tan largo, la cama se sentía más calentita, la almohada más confortable. Protegido, seguro, no era difícil sentirse decidido a enfrentar el mundo, por más escollos que esperaran. El beso de mamá, ese que se da con los labios, la palabra, la mirada, es un escudo, la fortaleza, el refugio al que sabemos podemos volver una y otra vez; cuando quisiéramos, cuando la necesitáramos.

Niño, adolescente, o adulto, sin importar la distancia temporal o espacial, su existencia material o aquella que la eterniza a nuestro lado, ella es y será nuestro ángel. El que espera por un hijo perdido haciendo de su vida una historia de búsqueda incansable e irrenunciable, el que vela cada segundo por un hijo enfermo dibujando fuerzas con crayones de esperanza, aquel ángel que imaginará los mil peligros que acechan y acolchonará el mundo para amortiguar los golpes. Ese que llorará de emoción con cada garabato, acrobacia, artesanía o cartita de amor. Aquel que acudirá sin ser llamado en las mejores y peores horas, que perdonará sin resentimientos y creará infinitos mundos posibles cuando la fe y la esperanza te jueguen una mala pasada. 

De todos los días oficiales que nos marcan con lazo en el calendario los centros comerciales, este es quizá el que menos sentido tenga. Como si el día de la madre no fuera todos los días, todas las horas, todos los ratos, el primer día del mundo y el último, este mismo instante en el que tecleo convencida las cuatro letras de mamá. 'Llueve sobre el dolor de las madres, que es tres veces dolor', escribía Fernando León de Aranoa (Aquí yacen dragones,2013) . Y en el lamento se quedaba corto. Como si nada, absolutamente nada, le perteneciera a una madre si ya no tiene delante al hijo. Aquella madre parada en la puerta es todas las madres. La madre que duerme a los pies del hijo enfermo, es todas las madres. La madre de las frases tristemente no escuchadas de tanto oírlas es todas las madres. Todas ellas, los ángeles por los que somos por siempre hijos únicos, especialmente imaginados en su mundo maternal.

Por Lic. María Florencia Barcos para InformateSalta

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