Caprichos de Salta: El almacenero

Cultura 21 de marzo de 2019
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
almacén

Todo comenzó en una reunión de gabinete, hace bastante tiempo atrás; tanto, que ni internet había en ese entonces. Un ministro con pretensiones electorales fue víctima de una operación y, por tanto,  expuesto frente a sus pares y el gobernador. Un secretario, con derecho a roce, trajo un informe confeccionado con un dudoso trabajo de investigación periodística donde el ministro era sospechado de un acto de corrupción que, obviamente, aun  necesitaba ser probado. Fuego amigo. Si bien la acusación era falsa, el ministro se reconocía  culpable de rosqueo periférico compulsivo y tuvo  que tragarse el sapo, sin quejas, esperando que la tormenta pase sin dejar demasiados daños de consideración.

El hombre sonrió y puso la mejor cara vacía de gestos que pudo, fingió fortaleza y ensayó una indignación medida para dirigir una acusación berreta a alguien que ignoraba todo aquello y, obviamente, estaba ausente, pero que le sirvió para descomprimir la situación. La tiró a la calle sin ningún miramiento. Durante la reunión solo se hablaron de algunas boludeces que dejaron en claro que la única razón para que estar ahí era la trampa en la que había caído.

El ministro salió de la sala. Todos lo saludaron fingiendo la normalidad  que el mismo, también, fingió. Todos eran culpables de algo y todos fueron traidores a alguna causa. Subió a su auto, y salió del Grand Bourg con la misma cara con la que entró. Manejó rumbo al sur. Llevaba la radio encendida;  su nombre estaba en la boca de mucha gente y cada vez que lo nombraban, parecían masticarlo. Una vez que salió de la ciudad, tiró el auto a un lado de la ruta y frenó. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Golpeó el volante y puteó. Parecía el final ¿Quién lo habría cagado? ¿Quién lo habría vendido? ¿Quién pagaría la operación? Hizo algunos kilómetros más. Sintió la boca seca, hacía calor. Paró. Entró en un almacén que estaba sobre la ruta. No había nadie. En la TV se podía ver el noticiero de canal 11. Su caso era la noticia más sustanciosa del día. Sin dejar de mirar la pantalla, toma una botella grande de agua mineral. La abre y bebe de golpe casi la mitad. El almacenero, un hombre grande, lo observó, miró la pantalla y le dijo:

-¡Qué cagada ¿no?!

-Sí, mañana salgo en El Tribuno –contestó, resignado-

-Mire. No hay nadie más opa que un hombre en calzoncillos. Por donde vienen los problemas también se van.

El ministro no entendió lo que escuchó. Tampoco le daba la cabeza para hacer el esfuerzo de entender aquella expresión. Pagó y se fue. Manejó durante un par de horas sin rumbo. Hasta que descubrió el origen de su desgracia en una palabra. Descubrió la clave: calzoncillos. La mujer que frecuentaba los fines de semana, era también quien veía en calzoncillos a otro ministro. En ese momento supo que habló de más en el lugar y en el momento equivocado. Desanduvo su camino y volvió al almacén. Entró y buscó al comerciante con apuro pero sin abandonar la cautela. Lo enfocó y le preguntó sin mediar saludo:

-¿Qué me recomienda?

-¿Para comprar?

-No ¿Qué me recomienda que haga?

-Que se ponga los pantalones y espere en la parada, quietito,   el colectivo que lo va a dejar en la puerta de su destino, amigo. No se puede matar a un cadáver, ya está muerto; y su sangre no calma ninguna sed de venganza.

Después de algunos meses, la situación se revierte. Su adversario cae en una desgracia irreversible. Su caso se diluyó. Le ofrecieron un cargo nacional que, obviamente, aceptó y lo invitaron a una cena en una finca lejana, una reunión política secreta, para perfilar una futura candidatura.

Nuestro muchacho entró al comedor, le ofrecieron algo para beber y le dijeron que alguien lo quería ver. Alguien muy importante. El jefe, lo llamaban. Cruzó el corredor y se metió en la biblioteca del lugar. Golpeó una puerta lateral y lo invitaron a pasar. Cuando entró, encontró sentado detrás de un escritorio de caoba… al almacenero.

-¿Usted?

-Sí. Nunca olvide que el enemigo está en todas partes y el poder también…  Nunca hable en calzoncillos y nunca subestime a nadie. Resuelva problemas y no los cree.

-Esto es sorprendente.

-El mostrador de un almacén es el mejor panóptico. No así, un escritorio. Bájese del auto de alta gama y súbase al colectivo. Quien respeta y valora al mundo que lo rodea como a sí mismo, lo posee todo. Ahí está el poder.

El mundo va a cambiar y, eso, va a pasar de repente.  Que no los agarre en calzoncillos… No digan que no les avisé.

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