Caprichos de Salta: El autor

Cultura 18 de julio de 2019
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
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Ahí está. Sentado en el parque. Pensando. El  mentón reposa en la palma de su mano izquierda; el meñique y el anular sobre su boca; la mirada clavada en el vacío, observando todo lo que pasa por su mente; el ceño fruncido como forzando una inmovilidad desesperadamente  necesaria para calmar su corazón que late a una marcha más. Una mezcla de tristeza e inquietud lo agita en ese lugar, perdido o ignorado, que está en el fondo de todo; ese lugar que solo se manifiesta en el mapa de la vida después de las catástrofes.  

Él no sabe quién es; alguna vez sospechó algo, pero también sospechó otras cosas que ni siquiera merecían atención. Su salud mental no está en dudas, aunque hubo interpretaciones que presentaron batalla a ese diagnóstico. Le duele la cabeza. Hunde el pulgar y el índice de su mano derecha en los ojos y frota. Intenta  buscar la ubicación ese maldito dolor y arrancarlo de ahí.

Varios ojos lo siguen. Hay gente escuchándolo. Hace días que el sujeto no articula palabra; no escribe ni hace movimiento alguno que lo saque de su rutina mínima indispensable. Suena el teléfono de la oficina que alberga a los cinco fisgones que vigilan al sujeto del parque. Un ministro pregunta si hay alguna novedad, si el material está disponible. Le contestan que el tipo no mueve ni una puta ceja. El ministro pregunta que mierda está pasando. Le dicen que es probable que el tipo se haya chiflado. No se puede hacer nada. Hay que esperar. Cortan.

El tipo del parque se para y empieza a caminar. Sin mover la cabeza para ampliar el campo visual mueve los ojos como buscando algo. Mete la mano en el bolsillo derecho del pantalón, saca su teléfono celular; le quita la batería y la tira a un cesto de basura, arroja el aparato al lago.  Los fisgones se miran. Uno arriesga la sentencia “Se dio cuenta”.  Ahora, el tipo,  se acerca a una cámara de seguridad;  mira el lente, sonríe y se vuela los sesos con una 365. Azorados, los cinco agentes de inteligencia se miran y entran en pánico. Dios ha muerto, se ha acabado la historia. El autor ha renunciado a su miserable empleo.

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