El pan caliente sobre el mantel

Sociedad 22 de julio de 2019
Hay olores imborrables. Algo toca en los sentidos y se graba en la memoria de manera tan arraigada que se nos hace raíz y árbol para siempre. Quiero decir que pasaba por la plaza principal de la Ciudad de Salta y sentí un aroma que no pude eludir. Que me elevó los ánimos, el deseo hasta movilizarme al extremo.
las cuartetas
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Una mezcla de pan recién horneado, azúcar caramelizada, hierbas, frutas, levadura. Se percibe mucho calor en esas ondas vibratorias, en esos pequeños átomos hay mucho sentimiento, como un humo sutil que sale de la chimenea, por debajo de las puertas, hasta por la cerradura.

No soy el único al que se le estruja el estómago y le sonríe por encima de los latidos. Están así los taxistas, los recolectores y un grupo de turistas que parecen haber sido atrapados por la misma adicción. La calle Zuviría al 100, comienza a recuperar los colores que la neblina vistió con transparencia. Todavía es de noche y la luz encendida en el fondo del local nos muestra los hornos en plena acción. Los panaderos parecen ser esos héroes del silencio. Artistas que crean con sus manos mágicas algo tan noble, indispensable y cotidiano que nos resulta común. Allí dentro siempre es verano, entre bandejas y tachos de harinas viven tantas almas y duermen cuantos sueños que disimulan dolores, pesares, sufrimientos debajo de un delantal o chaqueta, por sobre un gorro o un pañuelo que los suele cobijar.

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De pronto amanece en la ciudad y junto al sol, nacen los panes bendecidos. Hay salados, dulces, hay en formas y tamaños como clientes amontonados en fila. La casa tiene mística. Ese poder sobrenatural que no se sabe cómo ni por qué. O tal vez sí. Siendo detallista se puede apreciar la calidad, el orden, la limpieza. La sonrisa en el mostrador, el entusiasmo en su interior. Por algo es un clásico. Esos sitios donde vas a comprar un producto pero quieres llevar varios, muchos, todos. Aún sin necesidad. La mano tiende a sacar una medialuna. Las masas finas y las tortas parecen ser objetos de arte, donde brillan hasta en la oscuridad. Y pensándolo bien no sería descabellado que ese mueble donde posan disponga de la última tecnología en seguridad.

Me avergüenza tanto apetito hasta que descubro que dentro del lugar todos tienen las mismas expresiones. Son iguales las sensaciones. Es que el dulce de leche en la maicena, con el coco rallado a su costado es tan perfecto que merecen una fotografía. Es inmediata su publicación, en todos los perfiles, por las redes sociales. Porque debe saberse que pastelería Las Cuartetas hace el pan y sus dulces, muy en serio. De allí sus aromas inolvidables. De ahí sus largas filas, sus pedidos, y las ganas de irte e inmediatamente volver.

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Alejandro Buryaile y su familia nos atienden en el mostrador. Él nos aguarda con una sonrisa, te saluda con afecto aunque ingreses por primera vez. Tiene ese carisma que te invita a pasar aunque no quisieras comprar. De repente salen las charlas de fútbol, de política, de motos. Nadie puede arrancar el día, sin antes pisar sus mosaicos. Es que este sitio es parte de nuestra historia y nuestra realidad. Un pedazo de nuestro ser está allí y algo de Las Cuartetas está por toda la ciudad.

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