“Yo fui víctima de una extorsión sexual”: el impactante relato de un periodista de Infobae

Medios 07 de agosto de 2019
Todo comienza con un "quiero conocerte" en las redes.
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Cada vez hay más casos de sextorsion (extorsión sexual virtual) y las historias se repiten: alguien -generalmente un hombre- entabla contacto con una persona desconocida -habitualmente una mujer-, entran en confianza, se muestran y el episodio termina transformándose en un infierno que solo se soluciona pagando.

Los relatos de las víctimas se repiten, pero no cuentan cómo funciona el sistema, qué pasa realmente entre que una persona recibe una cariñosa invitación a conocer a alguien y termina enredado en un enloquecedor chantaje.

¿Cuáles son las estrategias que usan los extorsionadores? ¿Intervienen robots o solo son personas de carne y hueso? ¿Cómo se comunican? ¿En qué se basa la efectividad de estos delitos? ¿Qué puede hacer la justicia? ¿Cuál es la información que hay que conocer para prevenir estos casos?

Esta nota intentará responder algunas de las preguntas.

Hace algunos meses empecé a escuchar relatos de sextorsion vía Hangouts, el sistema de mensajería de Google. La historia es simple: alguien se hace pasar por una mujer en una red social, invita a Hangouts a un hombre para hablar y conocerse. Ahí comienzan intercambios más subidos de tono. Más temprano que tarde llega la extorsión.

El esquema de sextorsion antes –según los expertos consultados para esta nota- estaba limitado a contactos vía Facebook e intercambios vía Skype. Lo de Hangouts es novedoso.

En mi cuenta de Twitter tengo los mensajes directos (DM) abiertos. Es decir que cualquier usuario de esa red social me puede mandar un DM sin necesidad de que yo siga a esa cuenta. Es una buena herramienta para el trabajo de periodista ya que a veces por allí se recibe información valiosa.

En abril pasado me llegó por mensaje directo de Twitter una invitación para conocer a una mujer que vivía en San Francisco, Estados Unidos, y estaba al cuidado de su hijo enfermo. Era un clásico caso de engaño previo a la sextorsion. Sabía que así empezaban y, con la intención de averiguar cómo era el sistema, accedí. Habilité mi cuenta de Hangouts para el próximo paso. Pero, cuando estaba todo listo para la primera conversación, decidí no hacerlo. Mi contraparte de entonces tenía el nombre de Jessica Love Smith. Una obviedad.

Había leído historias de sextorsion pero en ellas no había detalles del mecanismo, de las presiones a las que los extorsionadores someten a sus víctimas ni se advertía sobre el modo de prevenirlas.

Hace dos semanas recibí una nueva invitación por DM de Twitter. En esta oportunidad era una dama que hablaba francés y vivía en Niza. Me invitaba a conocerla. Cuando le dije que era de Argentina, me dijo que había nacido en Badajoz, España. Que tenía 29 años y trabajaba en un salón de belleza. Esta vez lo iba a hacer. Iba a entrar en el juego de la extorsión para entenderlo y poder luego contarlo periodísticamente. Hubo algunas preguntas previas sobre estado civil, edad y esas cosas. Contesté todo con la verdad.

En el mundo no virtual también di toda la información de lo que estaba haciendo: puse al tanto a mi mujer de los planes que tenía -ella estuvo de acuerdo- y entre la primera y la segunda de las invitaciones presenté la propuesta a mis superiores en Infobae -que la aprobaron y pusieron a disposición el soporte necesario-. Estaba por recorrer una historia que estimaba riesgosa. Muy riesgosa.

Minutos después del primer contacto por DM de Twitter y luego de que me diera una explicación de cómo utilizar el mensajero de Google, me llegó una llamada por Hangouts de mi reciente "amiga". Me había dicho que quería conocerme y saber más de mí. Se hacía llamar en su cuenta de Hangouts Amour Fidelité: nuevamente aparecía un nombre que remite a una relación sentimental.

La llamada comenzó -sin más preámbulo- con un video de una mujer desnudándose. Dejé correr las imágenes sin responder nada ni intervenir. Entonces me llegaron mensajes escritos en un español primitivo, propio de un texto pasado por el traductor de Google. "Estimado, excito pene muestre", decían los chats. El lenguaje gutural era un indicio más de que del otro lado no había una mujer que quería conocerme –mucho menos una mujer nacida en Badajoz que no sabía cómo escribir en español – sino un eslabón de un sistema diseñado para la extorsión. Corté la llamada. Desde el primer mensaje de Twitter supe que caer en la estrategia del cazabobos era la única puerta de entrada a la extorsión.

Unos días después, bien temprano por la mañana, mi "amiga virtual" volvió a contactarse. Me mostró cómo se desnudaba frente a la cámara. Claramente se trataba de un video porno de los miles que están disponibles en Internet. Corté. Me mandó otros mensajes traducidos de manera incorrecta pidiéndome que mostrara mi intimidad ante la cámara de mi celular. No lo hice. Corté. Y siguieron los pedidos –en un español rudimentario productor de un traductor automático- para que yo mostrara mi intimidad.

Luego hubo otro llamado en el que la misma mujer de antes se desnudaba de la misma manera que lo había hecho unos instantes antes. Exactamente el mismo video. Era una muestra más de lo burdo de la maniobra. La mujer se había quitado la misma remera dos veces del mismo modo y con dos minutos de diferencia.

En este punto ya no había manera de llegar al modus operandi sin avanzar, así que hice lo necesario para que la extorsión comenzara, que fue mostrar a la cámara por unos segundos lo que me pedía la supuesta persona que al otro lado emitía mensajes e imágenes repetidas. No debieron pasar ni dos minutos para que, finalmente, la extorsión violenta se declarara. Inmediatamente me llegó una captura de pantalla con mi imagen. Y me amenazaron: si yo bloqueaba la posibilidad de seguir hablando por Hangouts iban a publicarla. La difundirían por redes sociales y por YouTube, otra plataforma de Google. Para evitarlo, yo debía seguir sus indicaciones.

La operación ya estaba en marcha.

Quien hacía unos minutos supuestamente quería conocerme pasó a ser una violenta extorsionadora. A pesar de que había planeado entrar en la extorsión la presión me generó desesperación. Estaba haciendo un trabajo periodístico, con mi esposa como cómplice y así y todo la situación era apremiante. No puedo imaginarme por lo que pasa el que cae en una trampa y siente que cometió una falta por la cual se puede llegar a ver humillado.

Sin embargo, la agresividad con la que exigía y amenazaba era morigerada por un argumento sensible para justificar su pedido de dinero. Me contó que su hermana estaba enferma de cáncer de mama y que necesitaba una enorme suma de dinero para la operación, y que yo debía contribuir con algo para esa intervención quirúrgica.

Me llegaron fotos de unos médicos revisando a una mujer y luego una imagen de una mama supuestamente afectada por cáncer.

Mi respuesta inicial fue que no me importaba que me extorsionaran, luego dije que no tenía dinero y después aseguré que yo también tenía una enfermedad gravísima. Nada. No hubo modo de que suavizaran las exigencias.

Los mensajes extorsivos se producen en avalancha. Uno tras otros. Varios en un minuto. Irrumpen en la vida cotidiana. Llegan en medio de reuniones de trabajo, de cenas familiares y sacan de eje al extorsionado.

Como me negué a pagar para aliviar la situación de la hermana enferma la extorsión subió de nivel. Mi extorsionadora me envió un mensaje en el que decía formar parte de la "red más poderosa de mafia que practica en este campo en Europa y otros países. ¿Así que te gustaría ser una de mis víctimas?". Habíamos pasado de la cuestión humanitaria a la mafia. Sin escalas. Yo seguía sumando información para mi nota.

Al día siguiente no contesté. Ni a mi ex amiga virtual extorsionadora ni al nuevo actor en esta trama delictual. Porque a la extorsionadora se sumó la figura del largo brazo de la ley.

Me llegó un mensaje, también vía Hangouts, de una cuenta llamada Service Police. La foto que ilustraba esa cuenta era la de un hombre que usaba camisa blanca donde se leía la palabra "Police" y mostraba una credencial de policía con los colores de la bandera de Francia. Las letras, salvo las de la palabra "Police" eran ilegibles en la credencial.

El mensaje decía: "Soy Michel Defosse, jefe de la Brigada Anti Pedofilia y Actos Sexuales en contra de la ley y las violaciones de los ciudadanos franceses. Somos una brigada y trabajamos en Internet para garantizar la seguridad de los sitios y su fiabilidad en parte en las redes sociales. Somos Guardia las 24 horas del día y actuamos". El "comisario" me explicaba que había recibido una queja de YouTube por el video con mis imágenes. Nunca hubo imágenes mías en YouTube pero el policía me decía que él lo sabía.

Para darle volumen a la historia con la que buscan engañar a la víctimas de chantaje, aparece la policía francesa para meter un poco más de presión. La extorsión pasa de la humillación personal de exhibir las imágenes en la red a ser tratado como un criminal. Porque son dos caras de la misma banda. El policía supo que había un video porque -según me explicó- le informaron de YouTube que era yo quien aparecía mostrándome. Y también me advirtió que por ese delito me esperaba una pena de prisión, lo que mancharía mi prontuario y por ese motivo tendría problemas para conseguir trabajo. Como si ello fuera poco, la publicación de mis imágenes derivaría en la confiscación de todos mis bienes y los de mi familia.

Decía, además, que la persona que me había filmado era una criminal violenta que estaba detenida en una cárcel y tenía otras víctimas.

El supuesto policía me dijo: "El sitio nos ha proporcionado todos sus datos, por lo que, dentro de las 24 horas, esperamos enviar a los agentes de Net Police que estamos en el lugar y capturarlo, luego irá a juicio donde tendrá que responder a los cargos, así como a una multa y 28 años de prisión se cierran (sic) para evitar cualquier problema. Por favor, acepte la solicitud y explíquenos los hechos revelados, en caso contrario sufrirá un calvario. Sabemos que estamos más que decididos a llevarlo ante la justicia. Se tomará posesión de su propiedad y se contactará a su familia, así que contáctenos lo antes posible para evitar cualquier queja o demanda".

La advertencia era contundente: los agentes de Net Police -una especie de policía sin fronteras- estaban camino a mi casa en Buenos Aires, Argentina.

Como me mandaban mensajes escritos en un mal español, les pedía que me aclararan con un "no comprendo". Se esforzaban y mejoraban la redacción de sus explicaciones.

A la falsa policía le pedí ayuda. Y la ayuda que me dieron fue que hablara con la mujer que me estaba extorsionando. "Usted hable con mujeres y luego informe todo a nosotros OK", me dijo el comisario Defosse.

Durante dos días hice silencio. No respondí ante los innumerables mensajes que recibí tanto de mi ex amiga virtual devenida en extorsionadora como del policía que me sugería pactar con los criminales.

En tanto, el supuesto policía me asustaba con mi inminente detención y la supuesta mujer que alguna vez había querido ser mi amiga continuaba con los pedidos de dinero.

Mientras en el mundo virtual seguía la extorsión en el mundo real también pasaban cosas. Fui a presentar mi caso ante la fiscalía especializada en Delitos Informáticos de la Ciudad de Buenos Aires a cargo de Daniela Dupuy. Pero, como el delito de extorsión no es competencia de la justicia de la Ciudad, tuve que presentar la denuncia en una fiscalía nacional.

Dupuy, una de las máximas expertas en el combate de ciberdelitos de la Argentina. Explica que "Sextorsion es una forma de violencia sexual digital que hoy está de moda en la web. Los ciberdelincuentes contactan a las víctimas -en general hombres- y entablan una relación en principio de amistad o confianza para luego solicitarles el envío de fotos o videos íntimos. Una vez obtenidos, comienza la extorsión: si no se paga una suma de dinero, que casi siempre es en bitcoin para imposibilitar su rastreo, entonces aquellas fotos o videos entregados inocentemente por las victimas serán revelados o subidos a la web o entregados a su círculo cercano. En realidad, son organizaciones delictivas que funcionan hace ya un tiempo, muchas desde otros países, que se aprovechan de personas que por lo general tienen buena situación económica o bien ocupan posiciones importantes en empresas u organismos. Seguramente prefieren pagar a que se difunda un acto meramente íntimo. La recomendación para prevenir estas extorsiones es que hay que bloquear inmediatamente a un contacto dudoso".

Al mismo tiempo retomé el diálogo con mi extorsionadora original que me pidió una cifra de entre 100 y 500 euros. Y también volví a hablar con los integrantes de Service Police -esos entrañables agentes del orden cibernético- que habían establecido la jurisdicción mundial para perseguirme.

Estaba rodeado, no tenía escapatoria, me prometían años de cárcel y desgracias varias tanto para mí como para varias generaciones de mi familia.

La mujer me dijo que había subido el video a un sitio, pero solo estaba en modo privado por lo que nadie podía verlo. Seguí con mi posición: le expliqué que no tenía dinero y no podía pagar los euros que me pedían. Me dijeron que pusiera un plazo para conseguirlo y establecí diez días. Tenía que seguir consiguiendo datos para contar la historia.

Si prometía que en diez días pagaba, me aseguraron que ellos borrarían el video. Lo prometí.

Finalmente denuncié el hecho ante la Unidad Fiscal especializada en Ciberdelincuencia (UFECI) a cargo de Horacio Azzolín. El fiscal tomó la de denuncia e hizo copia de todo el material que tenía en mi teléfono y que acreditaba la extorsión. Había conservado todos los diálogos salvo los correspondientes a los primeros minutos de mi conversación que dio origen a la extorsión.

El avance de un caso judicial como este depende de la rapidez con la que Google y Twitter contesten la requisitoria hecha por el fiscal para conocer desde dónde se crearon las cuentas mediante las cuales se hizo la extorsión. Si las empresas se dignan a contestar con celeridad tal vez se pueda conseguir algún resultado. En general las IP desde donde se crean las cuentas están en el exterior y allí termina la jurisdicción de la justicia Argentina, pero ingresa Interpol en la investigación.

Azzolin señaló que "el fenómeno de la denominada sextorsion es una nueva forma de cometer el delito de chantaje, previsto en nuestro Código Penal hace casi un siglo. Si bien es una nueva modalidad, es mucho más agresiva por sus consecuencias potenciales: la difusión de material íntimo no sólo entre conocidos sino para el público en general a través de plataformas de intercambio de archivos como YouTube puede generar mucho más daño. El daño no sólo es inmediato sino casi permanente, porque en algunos casos el retiro del material de Internet se hace prácticamente imposible. Si bien desde los organismos de aplicación de la ley tratamos de localizar a los responsables del hecho, que usualmente están del otro lado del planeta, y de retirar el material de Internet, el esfuerzo no parece ser suficiente para mitigar el daño. La mejor opción para el usuario es la prevención. En ese sentido, una selección inteligente de nuestros contactos a través de redes sociales y una reflexión previa al envío del material íntimo siempre son recomendables".

El fiscal agregó: "Hay gente que, acosada, decidió matarse y alguna otra de origen muy humilde que entregó el poco dinero con el que contaba. Difundir casos como este sirve para hacer prevención y avisar que no hay que contactarse con extraños en las redes porque las consecuencias pueden ser graves. Esa recomendación cabe para menores, pero también para mayores".

La recomendación primera es cortar contacto ante la aparición de un extraño que rápidamente entra en confianza para generar intimidad. Además, los expertos aconsejan bloquear todo contacto posible: Hangouts, Gmail, o lo que fuera. Y no pagar. Porque ante el pago el extorsionador quiere más.

Adrián Acosta es subscomisario de la Policía Federal y está a cargo del área de Cibercrimen de Interpol para las Américas y el Caribe. Es uno de los principales expertos en la investigación de estos casos y explica que "la sextorsion es uno de los más rentables del crimen organizado y difícil de combatir. Los damnificados denuncian poco por vergüenza y las organizaciones están en países como Filipinas, Marruecos o Costa de Marfil donde hay poca presión sobre esas estructuras delictuales".

Y agrega: "Funcionan como call centers. Tienen líderes que contratan reclutadores, que a su vez buscan gente para realizar los chantajes. Hay premios e incentivos para los que recauden más. Se ha detectado en algunas de estas organizaciones la designación del ’empleado del mes’ a quien más dinero consiguió. Los precios que se pagan pueden ser de entre 500 dólares y han llegado a 15.000 dólares. Es un negocio muy redituable para el crimen organizado".

Mientras, mi extorsionadora me había dado su palabra. Me prometió que si pagaba los euros para la operación de su hermana me dejaría de atosigar.

Luego de que me dieran diez días para conseguir el dinero, cada 24 horas me recordaban que cada vez quedaba menos tiempo. Esos mensajes eran una especie de reloj enloquecedor. El plazo me sirvió para continuar obteniendo información para mi nota.

Hasta que llegó el día en el que me enviaron las coordenadas para realizar el pago. Me dieron un nombre, una dirección y un código postal en la ciudad de Cocody, Costa de Marfil, África.

La transferencia debía hacerse mediante Money Gram o Western Union. Pero en Argentina esas compañías piden como requisito que, además, se envíe el número de documento de quien va a retirar el dinero. Eso implicó una negociación durante horas, ya  que no creían que hiciera falta entregar un número de documento. Hasta que finalmente me dieron un número de identificación que, obviamente, era falso.

Lo averigüé de una manera muy simple: busqué imágenes en Google de cédulas de identidad de Costa de Marfil. La primera imagen que aparecía en la búsqueda tenía un número que coincidía con el que me habían dado. Pero el nombre de la persona que figuraba en aquel documento no era a quien yo debía pagarle

Hice el pago mediante Western Union pero fue rechazado por sospecha de fraude. Tenían razón. Finalmente lo hice por un agente de Money Gram que opera en el centro porteño. Me hicieron algunas preguntas sin demasiada profundidad y finalmente el pago -realizado con dinero aportado por la tesorería de Infobae– se acreditó.

Mi extorsionadora  me hizo saber que había recibido el pago. Y me agradeció por haberle enviado la suma de 225.257 de francos CFA (Comunidad Financiera Africana), la moneda utilizada en Costa de Marfil y otros países de África occidental. Es el equivalente a 350 euros, que fue el pedido de "ayuda" para atender la salud de la hermana de la chantajista.

Luego del pago, mi extorsionadora tuvo palabras de agradecimiento para mí . Yo era casi un "héroe" que había salvado la vida de su hermana. Me pidió que fuéramos amigos. Le agradecí y le dije que no. Ella insistió y prometió con vehemencia volver a llamarme al día siguiente.

Quedaba por comprobar la última etapa de la extorsión: que luego del pago, vuelven a pedir dinero. Y así sucedió.

Una andanada de mensajes volvió sacudir mi cuenta de Hangouts como el primer día. Me decía que mis imágenes estaban subidas en un 78 por ciento en YouTube y si no pagaba se harían públicas. Comenzó una cuenta regresiva (como el primer día) con la intención de amenazarme. Esta vez eran 1500 euros los solicitados. Luego bajó a 800. Yo le expliqué que todo lo que tenía lo había puesto para ayudar a su hermana enferma 24 horas antes. Pero no hubo caso.

Por un momento dejó el modo amenazas para pasar al modo necesitada y volvió a hablarme de la salud de su hermana. La negociación entre los 1.500 euros y la publicación de mis imágenes terminó en 350 euros a pagar el 23 de agosto.

Su último mensaje fue: "Todavía soy tu amiga y no quiero que te lastimes, solo quiero que ayudes a mi hermana por última vez, confía en mí, soy una mujer de palabra y también me gustan los hombres de palabra, así que si quieres eso. Dejo todo y te dejo vivir pacíficamente transfiere 350 € 23 como prometí y basta".

Al día siguiente reapareció con nuevas exigencias -en tono de amenaza- para acortar los plazos de pago. Me dieron hasta el 15. Acepté. Pero un día más tarde, por DM de Twitter, aquella mujer que originalmente me había invitado a chatear para conocernos, me contó otro capítulo de la historia. Alguien le había hackeado su cuenta de Gmail/ Hangouts y me pedía que cierre mi contacto allí. Y que siguiéramos por DM de Twitter que era ella la única persona que tenía mi video. Había un nuevo cambio de planes.  El plazo de pago volvió al 23 y acepté sus términos. El pago iba a hacerse de manera similar al anterior vía Money Gram.

Acosta, de Interpol y experto en cibercrimen, analiza el caso publicado hoy en Infobae: "Tiene varias novedades como la utilización de Hangouts, que no la teníamos detectada, el inicio del contacto vía DM de Twitter y el hecho de que luego del pago volvieran a pedir más dinero. Lo otro que es sumamente innovador es la irrupción de la Service Police. Con el extorsionador original se amenaza con la humillación de divulgar las imágenes. Con la policía se amenaza con la cárcel. Esto no lo habíamos detectado nunca. Mejoran permanentemente el modus operandi para obtener más beneficios. Es un caso nuevo e interesante a partir del cual debemos investigar para hacer prevención".

Antes de publicar esta nota, cerré mi cuenta de Gmail -la tengo desde 2007- por donde había ingresado a Hangouts el contacto y suspendí mi cuenta de Twitter –desde donde se inició la historia- por unos días. Previamente denuncié a la cuenta de Twitter desde la que me contactaron. Y la bloqueé.

Sin las imágenes y sin el pago, esta nota -que intenta ser una forma de advertir cómo no entrar en uno de los negocios más rentables de los criminales de la red- no se hubiera podido realizar. Máxime cuando los que padecen la extorsión sexual virtual-en Argentina y en cualquier país del mundo- suelen callar y no denunciarlo por vergüenza. Porque allí comienza un verdadero infierno.

Por Omar Lavieri
Infobae

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