Caprichos de Salta: El Sueño

Cultura 08 de agosto de 2019
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
pesadilla

Cuando la noche se hizo presente, el cansancio presentó batalla. La lucha fue tan desigual que el hombre cayó rendido antes de acomodar su cuerpo en la cama. La luna llena plateaba el campo y los ruidos del mundo de hoy dieron lugar a los sonidos de siempre, los que estaban antes de que la gente llegara; todo volvió a ser como era en el principio.

El hombre se durmió. El sueño profundo es otro mundo y caerse adentro de uno mismo puede ser un riesgo, máxime, si hay pocas razones para volver a la superficie de la vida. El sujeto cerró los ojos y se fue, por un rato, al otro lado de su propio mundo; se encontró, de repente, en una enorme casa  con blancos techos muy altos, pasillos anchos y lagos, amplísimas habitaciones con paredes de un triste color rosado, ya  descascarado, y ventanas cerradas.

Las luces estaban prendidas. Había rastros de cosas que evidenciaban la presencia de más de una persona. Recorrió un descomunal vestíbulo en busca de la puerta de salida. De repente apareció un amigo. Alguien a quien hacía muchos años que no veía, alguien ya fallecido; un hombre grande, de modales un poco toscos pero buena gente. El viejo le decía que necesitaba con urgencia hablar con él. Lo llevó a una estancia donde se percibía que estaba habitada por varias personas que en ese momento no se veían por ningún lado. Había colchones en el suelo y un insoportable olor a humedad.

El hombre mayor le pidió, como en otros tiempos, esa opinión que le faltaba para cerrar alguna idea que se le negaba a nacer completa. No entendió muy bien que era lo que quería y, fastidiado,  optó por salir. Caminó hasta el jardín del frente; un lugar abandonado, lleno de yuyos y plantas secas. Antes de llegar a la vereda, de verde arboleda, vio llegar un cortejo fúnebre. El coche negro que, supuso, llevaba el féretro, estacionó detrás de un árbol añoso. De otro vehículo bajaron dos ancianas de baja estatura, vestidas totalmente de blanco y, pasando frente a él, entraron a la casa. Corrió, salió de ese lugar. Corrió por un barrio desolado. Nadie por ningún lado. El cielo era tan gris que parecía llover congoja.

Despertó. Volvió a la realidad en forma apacible, pero sin abandonar todas las sensaciones del sueño. Soñar, muchas veces, es una forma de limpiar cada rincón del corazón ¿Qué parte de él se habría llevado el coche fúnebre? ¿Cuánto pasado amontonado en su cabeza se habrá sacado de encima en ese último viaje que, inexorablemente, termina bajo tierra? Soñar siempre es bueno… siempre. Como decía mi querido amigo Campbell, cada vez que despertaba de algún sueño espantoso: “Las pesadillas son una mierda. Mierda amontonada. Por eso es necesario soñar. Soñar es como cagar”.

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