Una provincia sumida en un verdadero desastre energético

Nacional 06 de julio de 2011
Salta es un desastre energético. Uno imagina que un escenario igual en Buenos Aires desencadenaría una protesta mayúscula (Aunque la escasez de combustibles está llegando a la Capital). Pero aquí todo es de repercusión acotada. Los automóviles deambulan, pacientes, por las estaciones de servicio, dice un corresponsal del matutino porteño.

Hay que oír el alarido de Ana Inés por una ducha inconclusa. Un termotanque apagado puede más que mil palabras: porteña instalada aquí hace casi tres décadas, Ana Inés, vecina del club de campo El Tipal, tomó coraje y encaró nomás la noche salteña, con seis grados bajo cero, para salir a comer con su familia. Fue el sábado, en una de las tantas bajas abruptas de presión de gas que aquejan a esta provincia. Y un día antes que Tomás, un abogado de 32 años del barrio Gran Bourg, abandonara a la suerte su Volkswagen Gol vacío de gasoil, a la espera de la llegada de camiones de Shell. "Pude cargarle cinco litros con un bidón", atenuó anoche, exultante.

El domingo, la casa de empanadas El Bodegón, de Villa San Lorenzo, a seis kilómetros de esta capital, les dijo a sus clientes que esta vez, lamentablemente, tendría que deberles el almuerzo más esperado en estas tierras: empanadas salteñas. Imposible sin horno.

"Nada: ni nafta ni gasoil ni GNC ni nada", ratificó el lunes a La Nacion una empleada de una Shell sobre la ruta 28, frente al colegio San Pablo. "Solamente gasoil", aclararon en una YPF de la calle Entre Ríos. Con la misma marca, a unas cuadras, a los del Automóvil Club Argentino les bastó indicarlo a través de señas. Casi dos horas de cola en una tercera YPF, frente al Club 20 de Febrero, solucionaron al fin el problema. La sensación es extraña: después de tanta espera colectiva, a pocos autos del surtidor lo invade a uno una mezcla de ansiedad, egoísmo y culpa. Como si estuviera rapiñando algo en detrimento de la humanidad.

La escasez no discrimina

José Urtubey, accionista de Celulosa Argentina y hermano de Juan Manuel, el gobernador, contaba ayer, tras el almuerzo en la Unión Industrial Argentina con Hermes Binner, que seguía sin gas en su casa. Las dificultades ya se habían sentido el jueves, durante el precoloquio del NOA. La falta de combustible disuadió a unos cuántos ejecutivos de una magnífica idea turística: quedarse el fin de semana, alquilar un auto y recorrer la provincia. ¿Para qué hacerlo sin nafta? Fue el día en que el gobernador se plantó públicamente, como ningún otro dirigente del Frente para la Victoria en este asunto, ante el gobierno nacional: dijo que pagaría las multas de las industrias para que incumplieran las órdenes de racionar impartidas por el Ministerio de Planificación. "Me insultan siempre. Pero en Buenos Aires no entienden estas cosas", explicó, cuando La Nacion le preguntó si la decisión no le traería inconvenientes con el Enargas.

La situación obliga a resignar algunas cosas. "Apagué todas las estufas para bañarme con agua tibia", contaba ayer Federico, de 36 años, otro porteño en Salta. Igual de frustrante fue la tarta de Tica, una cordobesa aficionada al golf que vive en el barrio Los Altos y que reemplazó, a último momento, su manjar al horno por unas sopas instantáneas en el microondas.

Nobleza obliga: este cronista se volvió ayer sin bañarse a Buenos Aires. Donde perdura, hasta ahora, el abastecimiento domiciliario que más cuida la Casa Rosada y más expuesto en los medios de comunicación. Un kirchnerista puro podría hablar aquí de "hegemonía cultural".

Francisco Olivera - Enviado especial

Fuente: La Nación

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