


Caprichos de Salta: La fuerza del destino
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
Cultura28/02/2019
Cuentan que Giussepe Verdi acumuló un volumen considerable de fracasos y desgracias que casi le quitan la vida. Desesperado, sin dinero, con hambre, soportando la pérdida de su esposa e hijos a mano de “la que ronda” y al borde de la locura más triste, una noche decidió rendirse. En ese momento, llamó a su puerta Temistocle Solera; traía el libreto de la ópera Nabucco en la mano; quería que le escribiera la música; le traía laburo. Le dejó unos mangos con los que pudo comer y beber algo para calentar las tripas y se puso a componer. Fue así que logró una de las obras más aplaudidas de Europa cuyo “Va, Pensiero”, el coro de esclavos, es una de las páginas más sublimes de la época. Nunca más pasó hambre, nunca más jugó a los dados con la muerte y la locura.
El secreto de su éxito no fue su suerte ni su talento sino su vida, una vida virtuosa y brillante… pero dejemos a Verdi y pasemos a la historia del salteño Rubén Alberto Jorge Colombatti, ferretero y cantante lírico aficionado. Rubén siempre fue un hombre muy formal, de mediana estatura, de cuerpo armónico y gestos confiables pero con una actividad social con todas las características de la Clausura conventual. Apasionado en sus intereses que, por cierto, eran muy pocos; su tiempo se gastaba entre su obsesión por la simetría y el orden y el canto lírico. A finales de la década de los ´50, Colombatti, siendo un sujeto que empezaba a peinar canas, sostenía su existencia agarrándose con fuerza a la gris realidad gracias a sus sueños de cantante; fue, por entonces, que empezó a descubrir el mundo más allá del mostrador de la ferretería. Sus pensamientos volaban en alas doradas…
Llegó a Salta, en ese momento, una compañía artística italiana, encabezada por el tenor Giuseppe Di Stefano, que representaba Il Trovatore con La Stabile Orchestrale Fiorentina y, eso, era un enorme acontecimiento. Dos presentaciones estaban programadas. La primera era para todos los que podían pagar el alto costo de la entrada que los habilitaba a fingir pasión por la ópera y otra, gratis, para empleados públicos y estudiantes que jamás hubieran pagado una entrada para ver una obra de Verdi y Cammarano, dos italianos que jamás jugaron en la Juventus, nunca tuvieron una pizzería en La Boca ni abrieron una heladería en el centro. Rubén Alberto Jorge Colombatti, obviamente, fue a la segunda velada. Su maestro de canto, el mediocre Gianfranco Ruperto, le hizo el favor de conseguirle una butaca para tal ocasión, sabiendo de su fervor por el canto lírico, por Di Stefano y, claro está, por Verdi.
Colombatti estuvo tres días escuchando y cantando cada línea de cada acto de Il Trovatore. Gastó el disco de pasta de tanto pasarlo una y otra vez. Estudió cada detalle de la interpretación de su tenor más amado. Hasta descubrió algunas, casi imperceptibles, imperfecciones; notas de paso falsas que solo un oído entrenado podría identificar.
Llegó la noche soñada. Rubén Alberto experimentó una sensación única, infrecuente para su opaca y melancólica vida. Sintió un fuego inusual, una fuerza movilizadora increíble. Llegó al Cine Teatro Victoria, ejerciendo una seguridad, una luz, una alegría de vivir desbordante. Se ubicó en su butaca y sonrió tanto que parecía otra persona.
El espectáculo se demoró en su inicio. El maestro Ruperto le posibilitó al ferretero conocer a Giuseppe Di Stefano. Accedió al camerino y en ese momento, el tenor estrella se desmayó. No pudieron hacerlo reaccionar. La organización entró en pánico. Fue entonces que Colombatti sacó y floreó su maravillosa voz. Fue un impulso irresistible. Cantó un fragmento del tercer acto, el aria de la escena once y todo pareció girar a su alrededor. Palabras más, palabras menos, Rubén terminó en el escenario interpretando a Manrico, personaje principal de la ópera.
Fue vivado, inesperadamente, por un público que parecía, previamente, no interesarle el espectáculo. Fue aplaudido de pie hasta por los policías. Las viejas lloraban de emoción; los barrenderos y los administrativos municipales se rompían las manos aplaudiendo.
Rubén Alberto Jorge Colombatti se fue con la compañía italiana. Se fue de gira por el mundo. Nunca más volvió. Dicen que se casó con la soprano que interpretaba a Leonora y que cambió su identidad. Dicen que se transformó en el famoso tenor Giacomo Lauri Volpi. Otra versión, la de los envidiosos, dice que trabajó un tiempo en una ferretería, en las afueras de Voghera, hasta su muerte… pero, bueno… esos hijos de puta ignoran el talento en todas sus formas y desestiman el poder de la nobleza… es imposible que conozcan la fuerza del destino. Esa fuerza es de todos pero, lamentablemente, es ejercida por pocos (después de pasar por la fragua del dolor).
A mi amigo y hermano Juan “El Loro” Jiménez Peyret.













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