


Caprichos de Salta: La inercia
Salta está llena de caprichos, todos ellos recorren cada uno de los rincones de nuestra ciudad para algunos de manera inadvertida y para otros no. No te pierdas una nueva entrega de la ficción de Javier Camps en InformateSalta.
Cultura28/03/2019
Se despertó a la madrugada, Sir Arthur McGregor. Estaba transpirado y el corazón le saltaba del pecho, como volviendo de un ahogo; sus ojos desorbitados buscaban abrirse camino en la oscuridad tratando de escapar de su última pesadilla. Prendió la luz, fue en busca del baño y se miró en el espejo. Le pareció ver a otra persona o, peor aún, sintió que estaba metido en un cuerpo que no era el suyo – si es que la propiedad privada puede aplicarse a la carne- . Miró a su alrededor y se sintió lejos de casa, al borde del mundo. Le echó una mirada a sus manos, movió los dedos; se acarició la cara y la sintió ajena. Hizo un esfuerzo doloroso para desandar el camino que lo había llevado hasta ahí. No encontró la información que buscó. Tampoco supo quién era ni que hacía parado en ese lugar.
Buscó algo familiar a su alrededor. Sin modificar nada del lugar, lo recorrió y observó cada cosa y cada espacio. Encontró una botella de whisky. La destapó y tomó un trago largo. Pareció recordar algo. Se sentó y esperó a que claree. Lo hizo en calma. Cuando la luz le dio un panorama del afuera, se inquietó un poco. Nada le era conocido. Jamás había estado en ese lugar. Estaba en una zona rural. Pasaron algunas horas y alguien llamó a la puerta. Una mujer vestida de blanco le dijo:
-Sir Arthur, el coche está listo. Cuando quiera, puede salir
El sujeto asintió sin saber a dónde y porqué tenía que salir. Se vistió, tomó otro trago de whisky y se subió al coche. El chofer lo saludó y emprendieron su marcha hacia no sabía dónde. La ruta estaba vacía como su memoria. Se dejó llevar. Llegó a la ciudad. Entraron a la cochera de un edificio. Bajó del auto y caminó hasta un despacho cuya puerta tenía su nombre. Nombre que no pudo reconocer como propio. El chofer abrió la puerta. Dejó su maletín en un sillón y se despidió. Se preguntó qué carajo hacía ahí. Sonó un teléfono. No contestó. Le trajeron su desayuno y unas carpetas con documentos. Dos horas después, un hombre joven lo vino a buscar y lo llevó al aeropuerto. Subió a un avión privado.
Viajó unos cuarenta minutos. Llegó a un lugar que tampoco conocía. Lo dejaron en un departamento, quedó solo, otra vez. Todo el día se quedó solo. Se acostó a dormir. Estaba cansado de tanta ausencia de sensaciones, un desierto de emociones lo desbordaba. Se despertó transpirado, casi ahogado. Se levantó en medio de la oscuridad. Buscó el baño. Se miró al espejo. No se reconoció. Se tocó la cara, no la sintió. Se miró las manos, intentó mover los dedos. No pudo. Intentó caminar, no pudo. Sintió ganas de tomar un trago de whisky. Le fue imposible.
Sir Arthur McGregor. El mundo siguió su curso y lo arrastró, muerto ya… la inercia de la rutina lo meció como la marea a un bote a la deriva.

























