Política09/02/2026

La verdadera razón por la que Milei prefiere a gobernadores opositores antes que aliados propios

Aunque el 2026 sea un año no electoral, en la Casa Rosada nadie actúa como si el calendario estuviera en pausa. El gobierno nacional comenzó a perfilar, de manera silenciosa pero constante, su estrategia de cara a 2027. Dentro de La Libertad Avanza conviven hoy dos posturas claras: avanzar en todos los distritos y disputar cada gobernación posible, o aplicar una lógica quirúrgica y concentrarse solo en aquellos territorios que consideran “clave”.

Pero para entender por qué, en los hechos, Javier Milei parece sentirse más cómodo con gobernadores opositores que con aliados propios, hay que ir un poco más al fondo de su concepción del poder.

En enero de este año, el propio Milei volvió a repetir una frase que ya es marca registrada: cuando termine su mandato se irá “a vivir al campo en soledad”. Más allá de lo poco creíble que resulta desde el punto de vista político, la declaración funciona como señal. El Presidente no parece interesado en construir un partido que lo trascienda ni una estructura territorial duradera. Para Milei, la política —y sobre todo la política provincial— sigue siendo vista como un gasto innecesario para la economía.

Esa mirada explica por qué el Presidente no tiene un verdadero interés en ganar gobernaciones, incluida la estratégica provincia de Buenos Aires. En su esquema ideal, el gobierno nacional debería concentrar el poder y asumir, aunque sea de manera vaga, funciones que hoy están en manos de las provincias: salud, seguridad y educación. Sabe que eso es prácticamente imposible, pero no por eso abandona el intento de avanzar en esa dirección.

Imposibilitado de recentralizar formalmente el sistema, Milei optó por otra vía: la asfixia económica. Desde hace más de dos años, el vínculo con los gobernadores se mueve en un péndulo permanente de pelea y reconciliación. No hay allí una lógica ideológica ni partidaria: el Presidente desprecia por igual a oficialistas y opositores. Para él, las provincias son un gasto y los gobernadores, administradores de ese gasto.

Este tira y afloja, sin embargo, le resulta funcional. La tensión constante le permite al gobierno nacional negociar votos clave en el Congreso sin comprometerse a sostener un esquema de financiamiento estable. La mala relación es estructural, no coyuntural, y Milei parece sentirse más cómodo en ese conflicto permanente que en una alianza duradera.

Aquí aparece la paradoja central: ¿qué pasaría si La Libertad Avanza empieza a ganar gobernaciones? El escenario que imaginan muchos dentro del propio oficialismo es incluso peor que el actual. Con gobernadores propios, Milei tendría los votos legislativos asegurados y, por lo tanto, ningún incentivo político para enviar fondos a esas provincias. El resultado sería una situación extraña —y explosiva— en la que gobernadores libertarios quedarían convertidos en verdugos de sus propios distritos, sin margen para reclamar recursos.

En Buenos Aires, aun así, el escenario es distinto. Allí es muy probable que LLA compita con Diego Santilli encabezando la lista. No por una decisión personal de Milei, sino por la presión de sectores aliados —entre ellos Santiago Caputo y exdirigentes del PRO— que buscan quedarse con la provincia. Pero incluso en ese caso, muchos anticipan que Santilli podría convertirse en un enemigo del gobierno nacional a mediano plazo si gana.

En el resto del país, ese incentivo no existe. Y por eso, cada vez con más fuerza, se evalúa dejar pasar la oportunidad de gobernar provincias, evitando así futuros conflictos internos.

Este esquema también impacta en provincias como Tucumán, donde el gobierno nacional necesita, más que aliados, antagonistas claros. Gobernadores a quienes señalar como responsables del ajuste en salud, educación y seguridad. En la lógica mileísta, tener enemigos no es un problema: es parte central de la estrategia.

Así empieza a delinearse el Milei rumbo a 2027. Con pragmatismo extremo, sin vocación territorial y con una idea fija: siempre es mejor tener a alguien a quien culpar. Y en ese reparto de culpas, los gobernadores —especialmente los opositores— cumplen un rol demasiado útil como para prescindir de ellos.