Sociedad16/02/2026

El poder de los comunicadores, la fábrica del “personaje” y las cloacas de una democracia que mira sin dudar


Por Xavier María Ferrera Peña

En tiempos de redes, cualquiera puede opinar y hacerse masivo. Pero una sociedad que confunde alcance con autoridad termina entregando la realidad a quien mejor la empuja. Entre la persona y el personaje hay un abismo: uno se prueba con trayectoria; el otro se fabrica con relato. ¿Qué pasa si la “verdad publicable” queda en manos de un corrupto con internet, dinero y estrategia? La democracia no se rompe de golpe: se deforma.

 El día que la realidad dejó de importar

No hace falta un golpe de Estado para que una democracia se enferme. A veces alcanza con algo más silencioso: que el mundo se vuelva un escenario donde lo verdadero no sea lo que ocurrió, sino lo que “funcionó” en pantalla. Que la prueba valga menos que el efecto. Que el dato valga menos que el tono. Que la verdad sea reemplazada por una versión potente, repetida con convicción, amplificada por un ejército de seguidores y defendida como identidad.

En ese punto, el peligro ya no es únicamente la mentira. Es peor: es la resignación colectiva a vivir dentro de relatos. Y cuando la opinión pública aprende a creer por pertenencia, el que tiene un megáfono deja de ser un comunicador: pasa a ser un dueño de sentido. Un administrador de la realidad.

La pregunta es incómoda y urgente: ¿qué pasa si un día dejamos en manos de un corrupto con acceso a internet y recursos económicos la verdad publicable? ¿Qué filtro existe? ¿Qué malla de contención impide que la democracia se convierta en un mercado de certezas compradas o alquiladas?

 Persona y personaje: Una diferencia ontológica (explicada sin humo)

Cuando hablamos “en términos ontológicos”, hablamos de qué es algo, de su naturaleza. Y acá hay una confusión que se volvió cotidiana: confundimos personas con personajes.

La persona tiene historia verificable, trayectoria, límites, contradicciones reales. Puede equivocarse, sí, pero su autoridad —si la tiene— se apoya en algo que se puede rastrear: trabajo, coherencia, experiencia, aprendizaje, permanencia.

El personaje, en cambio, es una construcción. No necesariamente falsa en todo, pero sí armada: por la audiencia, por el mercado, por un equipo, por una estrategia, por un algoritmo. Su pasado puede ser un collage de anécdotas útiles. Su presente, una performance. Sus aptitudes, una puesta en escena.

El personaje no necesita demostrar: necesita gustar. No necesita argumentar: necesita impactar. No necesita explicar: necesita ganar.

Y la democracia —que necesita deliberación y realidad compartida— sufre cuando el personaje reemplaza a la persona como fuente de autoridad pública.

 Verdad influyente vs. verdad verificable

Hay una verdad que influye y una verdad que resiste la prueba.

La verdad influyente es la que se impone: la que circula, prende, emociona, divide, organiza bandos.

La verdad verificable es la que se sostiene: la que puede contrastarse, documentarse, corregirse, replicarse.

El problema de esta época es que la verdad influyente tiene ventaja estructural: viaja más rápido, se simplifica mejor, se dramatiza mejor. La verificable es lenta, costosa, incómoda. Exige matices. Y el matiz no siempre “rinde”.

Entonces aparece el atajo cultural: si muchos lo creen, debe ser cierto. O peor: si me representa, me importa poco si es cierto.

Ahí empieza la distorsión profunda: cuando la verdad deja de ser un criterio y pasa a ser un accesorio.

 La fábrica del personaje: Cómo se construye autoridad sin trayectoria

No hay magia. Hay mecánica. Y suele repetirse con una precisión casi industrial:

Un conflicto emocional: indignación, miedo, resentimiento, épica.

Un enemigo claro: “ellos” (siempre difuso, siempre culpable).

Un lenguaje de pertenencia: códigos, muletillas, banderas, tribu.

Un recorte brutal de la realidad: fragmentos que confirman, nunca contexto que complica.

Un “yo auténtico” performativo: cercanía calculada, furia rentable, lágrimas en horario central.

Un sistema de recompensas: likes, seguidores, viralidad, pauta, canjes, negocios.

La coronación: ya no es alguien opinando; es “la voz de la gente”.

En esa fábrica, la trayectoria es un estorbo. Porque la trayectoria te obliga a rendir cuentas: ¿qué dijiste antes?, ¿qué hiciste?, ¿qué sostuviste?, ¿qué cambiaste y por qué? Al personaje se le perdona todo, porque su función no es ser coherente: es ser útil.

 Cualquiera puede opinar, pero no todas las opiniones son respetables

Acá hay una distinción democrática que conviene cuidar: toda persona tiene derecho a expresarse, pero no toda expresión tiene el mismo valor para construir realidad pública.

Una opinión se vuelve respetable cuando acepta reglas mínimas de convivencia con lo real:

cuando se apoya en evidencia,

cuando admite corrección,

cuando no falsifica datos deliberadamente,

cuando no reduce personas a enemigos,

cuando no vende certezas sin sustento,

cuando no transforma la mentira en método.

Respetar el derecho a hablar no implica reverenciar lo que se dice. Una democracia madura no aplaude todo: discierne. Porque si todo vale lo mismo, gana el que grita más fuerte o el que paga mejor.

Y ahí aparece la cloaca: cuando se llama “libertad” a la impunidad de deformar la realidad.

 Las cloacas de la democracia: Lo que hay detrás del telón

Hay comunicadores autoerigidos que se presentan como “anticasta”, “antisistema” o “voz del pueblo”, mientras por debajo operan con una lógica vieja: intereses, negocios, pactos, cobros, aprietes, operaciones.

La cloaca democrática no es solo corrupción de dinero: es corrupción de sentido. Es la normalización de prácticas como:

Pauta encubierta como opinión “espontánea”

Militancia paga disfrazada de indignación moral

Información verdadera usada con intención falsa (la media verdad como arma)

El rumor como reemplazo del dato

La denuncia sin prueba como espectáculo diario

La repetición como método de verdad

Y todo eso se potencia con un ingrediente contemporáneo: la economía de la atención. La cloaca ya no es clandestina: es rentable.

 ¿Cuál es el filtro? ¿Cuál es la malla de contención?

Acá viene lo central. Si la verdad publicable puede ser capturada por intereses, la respuesta no puede ser ingenua ni autoritaria. No se arregla con censura. Se arregla con ecosistema.

 1) El filtro principal debería ser profesional
En periodismo, el filtro no es “yo lo siento”. Es yo lo probé. Y eso exige:

metodología (cómo lo sé),

fuentes (quién lo dijo),

documentos (dónde está),

contexto (qué falta),

corrección (qué me equivoqué y rectifico).

Los medios que abandonan el método dejan de ser puente: pasan a ser altavoz. Y un altavoz no distingue: amplifica.

 2) La malla de contención es social y educativa
Sin alfabetización mediática, la audiencia queda sola frente a la manipulación. La democracia necesita que la gente aprenda a

detectar operaciones,

desconfiar de lo demasiado perfecto,

pedir evidencia,

reconocer sesgos,

distinguir información de espectáculo.

 3) Las plataformas también deben rendir cuentas
No se puede hacer como si el algoritmo fuera neutro. La amplificación automática de odio, mentira o manipulación no es “opinión”: es diseño. Se necesita transparencia mínima: publicidad política identificada, contenidos pagos rotulados, límites a redes coordinadas.

 4) El Estado: sí, pero sin mordaza
El Estado no debería decidir qué es verdad. Pero sí puede exigir reglas claras:

identificación de publicidad y financiamiento,

sanciones por estafas informativas (cuando hay daño concreto),

resguardo de derechos (difamación, amenazas, extorsión),

protección de periodistas y fuentes.

La clave es evitar el abuso: regulación para transparencia, no para control ideológico.

 5) Justicia y organismos: velocidad y claridad
Cuando el daño es masivo, la respuesta institucional lenta se vuelve complicidad involuntaria. No puede tardar años una aclaración que en redes se destruye en minutos.

 Dudar de todo: sí. Pero sin caer en la parálisis

Duden de todo lo que miran, leen y escuchan. Suena duro, pero tiene sentido si se entiende bien. No es cinismo. Es higiene democrática.

La alternativa a dudar no es “confiar”: es creer. Y creer, en política y medios, suele ser entregarse.

Dudar bien no es desconfiar de la realidad: es desconfiar del relato interesado. Es hacer una pausa. Preguntar: ¿quién gana si yo creo esto?, ¿quién pierde?, ¿qué falta?, ¿de dónde sale?

Porque una sociedad que no duda es una sociedad fácil de conducir.

 La democracia que viene: medios como puente, no como trinchera

Si algo muestra esta época es que la credibilidad no debería ser un premio por popularidad. Debería ser una construcción lenta, basada en tres cosas simples:

Trayectoria: no como antigüedad vacía, sino como coherencia, método, rendición de cuentas.

Permanencia: estar cuando conviene y cuando no conviene. Sostener el oficio aun en crisis.

Respeto: por los hechos, por la audiencia, por el daño que produce la palabra irresponsable.

Los medios, cuando funcionan, son un puente entre el mundo y la gente. Cuando se degradan, se convierten en una fábrica de bandos. Y una democracia sin realidad compartida es una democracia a oscuras: cada uno con su linterna, convencido de que ve el sol.