El argentino que pasó de vivir en una casa sin agua caliente a ser un excéntrico millonario

Medios 06 de octubre de 2020
Jorge Gómez, junto a su mujer, Gabriela, en la casa de subastas Christies, en Nueva York
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Para Jorge Gómez la palabra NO es inexistente. “Yo sueño despierto lo que quiero que me pase”, dice. Y sus deseos lejos de quedar inconclusos, se cumplen, muchas veces de maneras sorprendentes.

En su museo privado de Tigre -Colección Gómez- de 650 metros cuadrados tiene una variedad de piezas de arte invaluables y únicas, pero hay una que cobra relevancia: un cuadro Antonio Berni de 1983. En ése óleo, Jorge ve reflejada toda su humilde infancia en La Matanza. “Lo ví colgado en una reconocida galería de Libertador, costaba 130 mil dólares. No tenía dinero y le propuse darle a cambio una Porsche Cayenne que acababa de comprar”, recuerda. Así es él, lanzado y desfachatado.

En esa lejana infancia su vivienda familiar era una prefabricada con techo negro de cartón. No tenía agua caliente, ni gas, y mucho menos baño o cloaca. “Era un barrio pobre”, recuerda. Su madre Rosa era ama de casa, su padre Rodolfo era obrero. “En mi casa la plata era un problema, no nos íbamos de vacaciones, no teníamos auto ni lujos”, relata. Entonces recuerda que un día se dijo: “Cuando tenga plata se soluciona todo”. Y eso se propuso: “Yo voy hacer plata”.

Mucho antes de ser un mecenas y coleccionista, Jorge es un empresario argentino que se inventó a sí mismo, un self made man. Luego de 37 años de trabajo, cuando fundo su empresa Rocker de materiales eléctricos, hoy disfruta de todo el esfuerzo realizado. "Cuando me empezó ir bien, me di cuenta que si quería podía ser multimillonario. Pero dije, ¿para qué? ¿para volverme loco? Prefiero tener menos y disfrutar. Eso fue una elección”, admite. 

 

Trabajó apenas seis meses de su vida en relación de dependencia, pero antes de alcanzar el éxito, probó todos los rubros. Tuvo un local de bijouterie, después una casa de comida, vendió fiambres y quesos, puso un pequeño supermercado y hasta intentó con una agencia de fletes, todo para sobrevivir. Salía a recorrer las fábricas y veía que a todos les iba mal: “Era la época de Malvinas... hasta que un día conocí a Don Manuel, que inyectaba plástico... Y a él le iba muy bien”, relata. Ese encuentro le cambió la vida, porque a partir de ahí, Jorge quiso imitar el modelo de este español incansable.

Convencido e intuitivo, como se define, arrancó por hacer una matriz para las cajas de plástico. El primer matricero lo estafó, el segundo se fugó con su dinero. Eso no fue todo. A su vecina le compró a un revólver Bagual 22, viejo y deteriorado, para amenazar a los fabricante. “No lo pensaba usar, pero estaba desesperado. Me entregó la matriz y, claro, estaba mal hecha, era un desastre. Me pasaron las mil y una antes de que me fuera bien”.

El primer producto fue “malo”. Fracasó. Ya para el segundo decidió jugarse a fondo: "Puse en venta mi casita en Munro, me mudé a lo de mi suegra, vendí una coupeé Taunus y un jeep usado y quedé debiendo plata. Tiré toda la carne al asador. Al principio fue duro. Todo lo que tenía era la esperanza”.

Así nació su empresa de materiales eléctricos Roker hace casi cuarenta años. Ahora son sus dos hijos mayores quienes están al mando de los 100 empleados que tienen. Casualmente está ubicada en Lomas de Mirador, donde creció.

En 2002, con una crisis económica fenomenal en el país, se animó a comprar los 7.200 metros cuadrados donde hoy está instalada su empresa. Tuvo miedo de fundirse y "volver a ser pobre”. Pero se lanzó: encontró a un financista que tenía el lugar y quería desprenderse de él. La negociación fue increíble. Logró comprarla por la sorprendente cifra de 4.400 dólares que pagó en 60 cuotas. Hoy vale 2 millones.

“Fui el primer latinoamericano en comprar el primer ejemplar de Pagani Zonda, en ese momento no lo conocía nadie”, dice. Sin tener la plata para pagarlo tuvo que salir a pedir prestado y "le propuse un plan de ahorros al mismo Horacio”, reconoce. Años más tarde, finalmente, terminó con el auto personal de Pagani, una joya diseñada por el ítalo-argentino.

Ese auto le abrió las puertas al mundo del arte, otro capítulo imperdible de su vida. “Fui con el Pagani Zonda a recorrer Casa Pueblo, en Punta del Este, y ahí conocí a Carlos Páez Vilaró. Tomamos un champagne y me pidió dar una vuelta. Quedó fascinado. Entonces le encargué un cuadro reflejando lo que habíamos vivido esa tarde. Me lo dedicó y todo. ‘Para Jorge con un sol de Casapueblo con un brindis’”, recordó aquel icónico encuentro en la casa del artista mientras disfrutaban del atardecer. 


 


El amor por el Zonda llegó a su piel: en su mano derecha tiene un tatuaje del auto, con el número 30 de su chasis, hecho en base a un dibujo que el propio Pagani le hizo.

Apasionado de los autos deportivos, optó por comprar su primer Porsche GT2, uno de los modelos más potentes del mundo, y tuvo como idea intervenir su fastuosa carrocería de la mano de artistas latinoamericanos que luego dieron vuelta al mundo.


 “Así me gusta que me digan, porque es lo que soy: un excéntrico coleccionista. Consumo un arte poco tradicional, y me encanta”. En su museo privado de Nordelta, sobre el lago del célebre barrio privado de Tigre, diseñado por la arquitecta Gabriela Lago, alberga objetos singulares: más de 50 capots de alta gama intervenidos por artistas como Marta Minujín, Pablo Atchugarry Luis Benedit, Daniela Boo, Andrés Compagnucci, Juan Doffo, Jorge Ferreyra Basso, además de sus tres hypercars.

Las llamativas creaciones que acumula Gómez traspasaron fronteras y también fueron parte de la muestra de Grand Prix de Bahrein de Fórmula 1. A su vez, fue la primera muestra de carrocería en el Museo Porsche de Alemania, donde asistieron más de 200 mil personas.

¿Cuál es su capot preferido? “El realizado por Ignacio Soler, un joven con Síndrome de Down que me pintó esta obra con fondo negro y mirada cautivante. Lo puse en el mejor lugar del museo”. responde.

Eso no es todo, tiene otras “joyitas locas”: una guitarra hecha de chatarra con la firma de Paul McCartney (Los Beatles son su banda preferida), vitrales de personajes de El Guasón y un autito chocador que estuvo en el icónico Italpark.

-¿Cuál es tu pieza más excéntrica?

-Éste reloj (mueve la mano izquierda con cuidado). Tiene su historia, claro. Es una obra sofisticada con mecanismo tourbillón, adentro tiene el capot del Zonda, con la escultura de Pablo Achugary. Le pedí dos mallas de cuero, una de cocodrilo azul y otra verde para que combinara con los zapatos. Pero un día pensé: “Necesito otra cosa”. Le encargue... algo especial al orfebre Gustavo Celli y me hizo esta locura en 3D, son los Zondas es una belleza.

Claro que se lo mostró a Pagani. Luego de varios encuentros, el más importante en el Salón de Ginebra en 2000, hoy son amigos.

Pero no todo es arte, autos y lujos. Casado con Gabriela, padre de cinco hijos -Mariano, Federico, Solana, Victoria y Valentina- y abuelo por partida doble -Charo y León-, su familia es muy importante y le gusta compartir sus momentos más íntimos. La infancia difícil, su madre cosiendo para afuera y su padre muchas veces ahogado en alcohol, lo hace sentir que si gran tesoro está en sus seres más queridos. Emocionado reconoce que sus padres, Rosa y Rolo, a pesar de las dificultades que tenían, lo ayudaron en el camino que se propuso para cambiar su futuro.

Inquieto, también se hace tiempo para conectarse con la gente a través de las redes sociales (@coleccion_gomez) donde siempre surgen proyectos nuevos. "Yo escucho a todos los que me contactan, después veo qué podemos hacer. Hace poco me contactó un grande para relanzar un auto que ya no existe, eso me da adrenalina”.

Mariano, de 35, y Federico, de 33, trabajan en la fábrica. El primero es gerente general y el segundo gerente de marketing, y que prefieren el bajo perfil al igual que Solana, de 30, Victoria de 17 y Valentina, de 16. Que tiene dos nietos, Charo y León, ambos de tres años, y que hay uno tercero en camino, Marcos.

También es solidario. Con la venta su revista “Giorgio de la Matanza”, donde relata una selección de anécdotas de su historia de una manera divertida con la ilustración de Gabriel Ippoliti, recauda dinero que dona a un comedor que alimenta a varias familias en Lomas del Mirador. “No me olvido quién soy ni de dónde vengo. Soy el mismo de siempre”.

-Jorge, ¿todos los que se esfuerzan llegan?

-No. Una de las claves del éxito es la cabeza. Hay gente que se propone “yo me voy a comprar el auto o voy a tener la casa”, y se rompen en culo y tiene la casa pero después no pueden poner los muebles adentro. ¿Por qué? Porque estaban convencidos de que la iban a lograr la casa, los muebles no. Lográs lo que estás convencido. Nada es imposible para mí. /Infobae

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