Las tragedias de Cristina Lemercier, Siracusa y Cirilo, o la maldición de “Señorita Maestra”

Medios 16 de noviembre de 2019
A cuarenta años del éxito de la tira de ATC, que había tenido dos versiones anteriores, sus protagonistas siguen integrando el fatídico podio de las ficciones malditas de la televisión mundial
señorita

Existe alrededor de las ficciones televisivas más importantes del mundo un mito, una verdad no escrita pero instalada, acerca de cierto maleficio que le cabe a muchos ciclos de culto, y que pesa -después de su emisión- sobre sus protagonistas. Con distinta suerte y destino, en diferentes grados de consecuencias, lo cierto es que, por lo pronto, cuando un suceso televisivo termina, a sus integrantes les resulta muy difícil recuperar el éxito con otro semejante. Muchos se quedan sin trabajo para siempre, caen en papeles de segunda categoría o desaparecen en el olvido por haber quedado tan pegados a su momento estelar.

Lo que mientras sucede es tocar el cielo con las manos, años después puede ser una pesadilla. Pero si a la falta de trabajo le sumamos peores fantasmas como caer en el flagelo de la droga, hasta llegar a casos extremos como muertes por sobredosis, incursionar en el mundo del delito o protagonizar muertes misteriosas, la maldición de los programas de culto hace honor a su leyenda de forma mucho más siniestra.

Por supuesto que hay excepciones, pero la verdad es que los casos abundan. Veamos algunos. Tras el suceso cinematográfico de Mi pobre Angelito, su protagonista, Macaulay Culkin, nunca más pudo volver a trabajar con continuidad, le esperó una adolescencia de excesos y sus padres lo estafaron. Max Wright, el padre de Alf, terminó tomando crack en Harlem acusado de pedofilia. Los protagonistas de Lost cayeron en el ostracismo laboral. Los de Friends corrieron con distinta suerte pero -a excepción de Jennifer Anniston- el resto, aunque multi millonarios, no levanta cabeza. La Niñera Fran Dresher nunca pudo sacarse de encima el personaje. Y el caso de la mayor maldición de la televisión norteamericana cayó en manos de los protagonistas de la serie Blanco y Negro: Gary Coleman murió joven tras caer en el olvido y sin un dólar luego de ser, también, estafado por sus padres. Quien era su hermano en la ficción, Todd Bridges, terminó preso por vender drogas y luego se convirtió al evangelismo. Dana Plato, la hermana rica de los chicos de color, murió por sobredosis.

En América Latina, la vecindad de El Chavo dejó más deudos que felices. Al desprenderse del ciclo, y por un tema de derechos pertenecientes a su creador, Roberto Gómez Bolaños, sus colaboradores penaron por ciclos de segunda y circos pequeños para tratar de sobrevivir con sus personajes.

 
El elenco de "El Chavo del 8" en los años 60.

En Argentina, el caso más paradigmático de la maldición de una serie recayó sobre los protagonistas de Señorita Maestra, la versión de principios de los años 80 de la original Jacinta Pichimahuida, la creación de Abel Santa Cruz sobre una maestra angelical a quien sus alumnos de séptimo grado adoraban. Tras las interpretaciones de Evangelina Salazar y María de los Angeles Medrano en las primeras versiones, llegó la actriz Cristina Lemercier para darle vida a la adorada docente, en la emisión de la tira en el viejo ATC. Con los años, los protagonistas de aquel suceso sufrieron las de Caín: Graciela Cimer (Etelvina) falleció tras caer del balcón de su casa, compartida con el actor Marco Estell, y Julio Silva (Siracusa) murió acribillado en el confuso incidente en el que Fabián Rodríguez (Cirilo Tamayo) fue enviado a prisión.

La cineasta y escritora argentina Lucía Puenzo (Wakolda) escribió la novela La maldición de Jacinta Pichimahuida, ficcionando aquellos sucesos trágicos, algo así como un epílogo de la historia original tomando los sucesos acontecidos en la vida real a aquellos protagonistas que terminaron de la peor manera.

 

De todos modos, el caso más trágico fue la muerte de la protagonista de la tira. A fines de 1996, muy cerca de la Navidad, nadie pudo salir de su asombro cuando se conoció una noticia que conmovió al país: la actriz y conductora Cristina Lemercier moría luego de agonizar en un sanatorio durante cinco días. Había llegado al lugar con un disparo en la sien. “El fallecimiento de la paciente se produjo por un paro cardiorrespiratorio. La muerte cerebral ya se había producido hace días”, fue el escueto parte que leyó a los periodistas el médico que estuvo a cargo de la atención de la actriz, el 27 de diciembre de 1996.

La tragedia se había desatado unos días antes. La noche del 22 de diciembre la tranquilidad de Muñiz, en el partido de General Sarmiento, se vio alterada primero por gritos, y poco después por el ruido seco de un disparo. “¡Cristina, dejá ese revólver!”, se oyó en el chalet familiar. De inmediato se multiplicaron los ruidos por una pelea conyugal que parecía no tener fin. La actriz y animadora estaba separada desde hacía algunos años de quien había sido su marido, Raúl Ortega (conocido artísticamente en los años 60 como Freddy Tadeo de El club del clan y hermano de Palito Ortega). La pareja, sin embargo, tenía sus idas y vueltas y seguía en contacto.

Los medios de entonces aseguraron que la pareja empezó a discutir fuertemente cuando Ortega propuso que la familia, que vivía entonces en aquella casona del Gran Buenos Aires, se mudara a su Tucumán natal. Mientras la pelea continuaba, a pocos metros dormían dos de los tres hijos que había tenido el matrimonio. También estaba presente una amiga de la familia, Ana María, que quedó como testigo involuntario de la tragedia.

Entonces, se oyó un disparo. La propia Lemercier, según pudo reconstruir la investigación posterior, tomó un arma -una Smith and Wesson calibre .38 que, según afirmó Ortega, tenían en la casa por razones de seguridad- y la acercó a una de sus sienes. Poco después, una ambulancia se llevaba a la animadora en estado crítico al sanatorio General Sarmiento. Por la popularidad de la artista y el misterio alrededor de las circunstancias que rodeaban a aquel episodio, no faltaron teorías y especulaciones de todo tipo. Se habló de golpes, de moretones en el cuerpo de Lemercier, de una posición extraña para efectuar el disparo.

 
Una de los últimos trabajos de Cristina Lemercier, como conductora de programas infantiles en el canal público.

Pero quien, afortunadamente, escapó del estigma de Señorita Maestra fue Héctor Fernández Rubio, que interpretaba el papel de Efraín, el portero de la escuela que inmortalizó la frase “blancas palomitas” y que es uno de los pocos que sigue dedicándose a la actuación.

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