El otoño de una era

Lic. María Florencia Barcos 09 de abril de 2020
Entre las hojas caídas de marzo, y el calorcito otoñal que se cuela entre las nubes de abril, emerge aquel castillo que nos protege de la pandemia encerrándonos, ensimismados.
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El juego de luces y sombras, de nubes que vienen y van, de un cielo que por momentos recuerda aquello de lo que es testigo innegable y se repliega, triste, casi desangrándose en lágrimas incapaz de soltar; es la perfecta metáfora de nuestros cambiantes estados de ánimo. Confinados en casa, en una temporalidad desconocida, esa que no sabe de relojes, que reniega de cálculos e intentos de escapismo; esperamos que un día, no lejano, podamos abrir las puertas y ventanas que nos conectan con ese afuera añorado. Y soñamos, desde el recuerdo, con espacios inscriptos en una memoria que resiste el aluvión de señales de clausuras. Seremos el pasado de un futuro naturalmente incierto. Y quizá, sea ésta la señal que el mundo espera ver en los balcones. Aquella que marque un quiebre, el cambio que imprima la victoria de la conciencia por sobre las ilusiones de control.  Ya no es posible observar la realidad con los mismos ojos, o encarar el futuro con los esquemas del pasado. Estamos forzados de nuevo, en palabras del escritor Stefan Zweig, a “acostumbrarnos poco a poco a vivir sin suelo bajo nuestros pies”.

La pandemia puede ser una vía para reivindicar la ciencia y la razón, el paradigma de control de todo cuanto nos rodea, colocándonos en el centro de una película de la que ya fuimos desplazados por haber echado a perder la oportunidad de dejar una huella en lugar de cicatrices. Si elegimos este sendero moriremos como el dictador de “El Otoño del Patriarca” de Gabriel García Márquez, solos, aislados y sin memoria. O podemos aprender, abrazar el silencio y la quietud para encontrarnos. Y, si somos valientes y contenemos el movimiento inercial de correr sin rumbo cuando el virus nos deje salir, quizá, respiremos profundo el aroma del más allá de los muros, y escuchemos el crujir de las hojas bajo nuestros pies, la risa de los niños al encontrarse, el llanto contenido por tener frente a sí la humanidad en su estado natural. Un camino, diametralmente diferente que nos expondrá a nuestros miedos, a mirarlos de frente y aceptar lo que de nosotros hay en esos monstruos que nos acechan. Un transitar de apertura a un mundo más amable en el que salgamos por fin de nuestras cámaras de eco y reclamemos la tolerancia y el cuidado como guías éticas para el futuro. Indudable es que esta epidemia global impone lo mejor y lo peor, los cantos y clamores que soltamos al viento con la esperanza de que se conviertan en fuerza para aquellos que cuidan el frente, pero también esa extraña frivolidad, que observa con ingenua extrañeza el ciclo de la vida: nacimientos y muertes en punzante soledad, desprovistos del aliento, único e irrepetible de ese instante en el que se presentan. 

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Vulnerables, desconocemos lo que perderemos o ganaremos, o qué revelará de nosotros esta crisis, individualmente o como sociedad, o si impactará y cómo en esa lucha colosal entre modelos civilizatorios que el virus acentúa.  Imperturbable, esta crisis golpea los vidrios a través de los cuales la miramos, para mostrarnos lo que hemos olvidado: la invisibilidad de la amenaza, esa que desconocíamos desde nuestros viejos miedos palpables de crisis económicas mundiales, pujas por el poder nuclear, o disponibilidad instantánea de avances tecnológicos. Aquí no muy lejos, sin necesidad de irnos a otras latitudes acostumbran a vivir a diario, y a morir, con ese eterno ultimátum al núcleo primario de la humanidad: la vida.  No se trata de minusvalorar nuestras realidades, sino de ponerlas en perspectiva, ubicarlas en un escenario mayor, ese que no forma parte de nuestro campo visual habitual, por el bloqueo de la cotidianeidad automatizadora. 

Si a una hora indefinida, durante el encierro, repasando el álbum de fotos, esas imágenes que entonces te parecían anodinas, hacen brotar lágrimas de tus ojos, y tu alma acompaña su recorrido con preguntas, quizá a diferencia de Santa Bendición Alvarado de los Pajaros*, despiertes a tu presente y la riqueza y belleza que atesora. Si no has olvidado el nombre de esa persona que está a tu lado, con la que cruzaste las primeras palabras de amor; si puedes acariciar la textura de las fotos, marcadas por un café de trasnoche volcado, y aún ves en el rostro de cada persona allí inmortalizada, un milagro; el mundo puede descansar en la esperanza de un futuro diferente. Como humanidad, sabremos que una vez dejemos de mirar desde el balcón los pájaros que hoy recuperaron su libertad y el eco de su piar, elegiremos preservar esas instantáneas en la mirada absorta de quien ha despertado luego de un largo período de ausencia anestésica.    

*Madre del dictador. “El Otoño del Patriarca”.

Por Lic. María Florencia Barcos para InformateSalta

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