Educación, pandemia y crisis de sentido

Lic. María Florencia Barcos 20 de abril de 2020
En tiempos de cuarentena y prevención del coronavirus, la educación se enfrenta a un desafío único y especial, que hace replantear muchas aristas en la cuestión. Sobre este tema, la lic. María Florencia Barros profundiza en los detalles y nos da su mirada sobre enseñar en tiempos de COVID-19, hacia el futuro.
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El cierre de los centros educativos, las escuelas primarias, secundarias y las universidades, fue una de las primeras medidas que tomó el Gobierno Nacional para evitar la propagación del coronavirus. Ese cierre trajo alivio, pues los especialistas coinciden en que cerrarlas constituye una de las intervenciones no farmacéuticas más poderosas que se puedan implementar, pero también puso sobre el tapete la crisis estructural del sistema a la que se le sumaron los desafíos implícitos de la contingencia.

Hasta que nos azotó la pandemia, la virtualización de la educación había calado con mayor fuerza en la educación superior mediante un modelo de aula invertida y aprendizaje móvil, es decir, aulas mixtas, combinadas, en las que los estudiantes van a la universidad a tener aquellas prácticas que en solitario o en sus casas no pueden realizar, y el docente experto lo orienta y acompaña en instancias en vivo específicas. Todo el desarrollo teórico, de lectura y nociones conceptuales, de comprensión de contenidos, se les propone por fuera del ámbito universitario.  A esa modalidad mixta o “blended”, se llegó después de casi veinte años de madurar distintas experiencias de inserción de las nuevas tecnologías.

Los contenidos digitales irrumpieron dislocados, diez años atrás, en la escuela primaria y secundaria, con la adopción dispareja de programas como Conectar Igualdad, para escuelas secundarias, o el de Aulas Digitales Móviles y otros planes provinciales para la escuela primaria. Esos recursos, que ya estaban disponibles, permitieron que, declarado el cierre de las aulas, las prácticas de la educación remota se desplegaran con cierta rapidez a través del reservorio de materiales elaborados para plataformas como Educ.Ar o ABC. Sin embargo, la mudanza urgente de la escuela primaria y secundaria al entorno remoto lógicamente encontró escollos. Sabido es que las desigualdades que traspasan nuestra geografía, son acentuadas por distancias reales en entornos rurales, y la constitución del aula como ese no lugar de confluencia de múltiples necesidades básicas a ser satisfechas, como la de recibir una ración de comida, quizá la única de la jornada, además del sustento intelectual y espiritual que el docente pudiera brindar. Frente a ello, aunque con limitaciones y desinteligencias, el Estado instrumentó diferentes medios para paliar las insuficiencias alimentarias in crescendo de los sectores más desfavorecidos.

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 En una carrera desenfrenada contra los baches que la pandemia dejó al descubierto, llegó al epicentro del debate la conectividad, la posibilidad de que todos los estudiantes pudieran acceder desde sus casas; así como la de los docentes de hacer frente a un escenario que además de soportes, requiere habilidades particulares. Así, se revitalizó esta discusión sobre otra de las dimensiones de la desigualdad para los diferentes actores. Pese a la inmutabilidad y parálisis inquebrantable que formaba parte de los prejuicios dentro y fuera del sistema educativo; plataformas propias, clases virtuales mediante el uso de herramientas como Zoom, Skype, Dúo, Google Hangouts, WhatsApp entre otras, emergieron mostrando que estábamos en una rutina inercial atestada de resistencias al cambio que seguía ahí, socavando bajo nuestros pies, silencioso o acallado, los pilares de un modelo obsoleto. Pasamos de la inacción, al hiperactivismo, atestando los hogares de tareas e instancias que generaron la falsa ilusión de una enseñanza online

Con el correr de los días, el eje de preocupación pasó de aquellas desigualdades a la realidad en la que se encuentran docentes, alumnos y padres. Así, el foco fue puesto en la imposibilidad de la escuela, y por extensión de sus docentes, de garantizar la eficiencia de las propuestas en un entorno emocional endeble, que complica los procesos de enseñanza y aprendizaje dado los niveles de incertidumbre, ansiedad y expectativas desmedidas resultantes de las actuales condiciones de emergencia. Una emergencia que habla de niños, adolescentes y jóvenes que fueron aislados de sus vínculos, puestos frente a escenarios de lejos conocidos, pero vistos de cerca, afloran dinamitados. Alumnos inmersos en familias afectadas por la continuidad en el exterior de sus trabajos, el home office o ambas, e incluso la ausencia total o parcial del mismo, con el impacto que ello supone no sólo en la economía sino también en la organización tempo-espacial. Un acontecimiento que nos muestra docentes con actitud y disponibilidad de dedicación tan heterogénea como la realidad misma, poniendo en terapia intensiva cualquier intento de planificación macro. Contenidos descontextualizados en sus referencias y el modo de transmisión, que gritan el caos de la improvisación resultante de presiones propias y ajenas, por dar continuidad a proyecciones embargadas. Relaciones de poder y mecanismos de control asincrónicos coyuntural en apariencia, estructural en su esencia. 

Por los intersticios de estos planteamientos y debates, se asoma vergonzoso, el viejo paradigma educativo del Siglo XIX, del que somos herederos, que ha ido mutando pero que resiste su extinción. Una concepción según la cual, entre otros axiomas, la educación no podría darse fuera de lo vincular posibilitado por la inmediatez del aula, pues por definición misma, el rol docente implica una autoridad y sapiencia que habilita la necesidad de verificar, de manera casi constante, que el estudiante esté recibiendo la clase, incorporando conceptos, aprehendiendo modos. Si algo quedó en evidencia, es que la estructura controlada de una escuela no es replicable en línea.  

Así la mirada fue saltando con el paso de los días, de rol en rol, de vínculo en vínculo, de tecnología en tecnología, en un zigzag motivado por resistencias individuales, grupales, mezquindades gremiales, y demás embates del individualismo, sumergiéndonos en un hacer sin norte, ni visión, esa que, de existir, podría recuperar la coyuntura y hacer de cada arista una red de enseñanzas inigualable. Esta pandemia vino a recordarnos las habilidades que nuestros estudiantes necesitan: pensamiento crítico, la toma de decisiones informada, resolución creativa de problemas y, sobre todo, adaptabilidad y resiliencia. 

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Pasada la etapa febril del inútil automatismo activista, ese que llevó compulsivamente, y como se pudo, a intentar trasladar el aula tradicional a los hogares, es tiempo de preguntarnos y repreguntarnos aquello que veníamos postergando: Cuál es el sentido de la educación formal?, Qué tipo de sistema educativo necesitamos para poder acompañar el desarrollo de seres que necesitan nuevas habilidades para transitar por este mundo UTRU, sigla que en su traducción al español significa “de transformación sin precedentes e incertidumbres radicales”, luego de salir de un mundo VICA, definido como “volátil, incierto, complejo y ambiguo”. ¿Qué rol jugarán los docentes, los alumnos, las familias, el Estado?, ¿Cómo rescatamos lo mejor de la formación presencial y de la educación a distancia, sin caer en el negacionismo nostálgico? Tan distantes y negadas como reales, estas preguntas hablan no solo de los resquicios curriculares, de programas que refieren a contenidos que preparaban para mundos caducos, sino también de metodologías que solo los embellecían con la intención ingenua de aggiornarlos, dando lugar a un cocoliche difícil de asir.  

Ciertamente no podemos quedarnos en este limbo que, sin desmerecer la creatividad, nos inventamos para sortear la emergencia. Tampoco finalizada ésta vamos a volver a la normalidad pues lo que allí había lejos está de lo deseable, no retornar es guardar un sano optimismo. Así como los hospitales de campaña lejos están de pretender asumirse a sí mismos como parte del sistema permanente de salud, en tanto instrumentos de la coyuntura que les da sentido; las prácticas educativas emergentes forman parte de lo que algunos expertos definen como ERE (Enseñanza Remota de Emergencia) que nada tiene que ver con la Enseñanza Online.  Pasar de una a otra, o a un sistema blended, requiere responder aquellas preguntas e imaginar SENTIDOS. Cómo hacemos para que la educación se centre en la persona, acompañe la construcción de su ser, de su proyecto de vida para un mundo inimaginablemente volátil. Qué sentido tendría la simple transmisión de conocimiento, si ellos no se orientan a un propósito, no posibilitan entornos de creación e innovación, no velan por el desarrollo personal que supone cimentar un ideal motivador a prueba del eterno retorno de la incertidumbre.

Lejos estamos de un planteamiento inocuo, pues todas las incógnitas que surjan de lo precedente darán lugar a cambios profundos en la institución educativa, en sus espacios físicos, los sistemas de apoyo, las culturas, procesos, y la misma gobernancia. El sistema educativo debe implosionar. Despertar. Clarificar su mente. Entender que ese sentimiento de vacío no viene de la falta de alumnos en las aulas, sino de la pérdida de sentido. Y esta construcción identitaria nos interpela a todos como sociedad. Atrás quedará la escuela como sinónimo de aulas cuadradas, cerradas, separadas por edad, donde los alumnos se sientan en mesas solos o en grupo, aguardando le digan qué deben hacer ese día. Contenidos aislados y separados por materias inconexas dictadas por profesores que muchas veces tampoco tienen nexos entre ellos.  

Tenemos el reto de una escuela que puede probar nuevas metodologías de aprendizaje, herramientas innovadoras y creativas, nuevos roles del alumno y del docente, con participación de la familia en el proceso educativo de los jóvenes, un nuevo escenario más allá de las tradicionales cuatro paredes. Llegó la hora de una escuela mucho más amplia, flexible y fascinante. Una de juegos constructivos y deconstructivos, crítica, reflexiva, participativa, comunitaria y de responsabilidad compartida, que asuma ese MODO ON propio del saber digital, con disponibilidad para la generación de espacios de aprendizajes 24x7, estudio independiente y autogestivo. 

Es tiempo que la escuela se mire de frente, se reconozca en sus luces y sombras, deje el activismo y abrace la reflexión, para comenzar a delinear su nueva identidad. Los aciertos y errores de hoy servirán de aprendizaje, los vacíos y silencios hablarán de desafíos y dificultades que, si estamos atentos, podremos escuchar. La pandemia y la cuarentena, vinieron a enseñarnos, son una oportunidad como cada crisis personal o colectiva. Este, quizá, es uno de los desafíos más importantes que tendremos, pues de él depende la posibilidad misma de visionar futuros. El mundo se detuvo, se replegó, nos llevó a pensar y vivir lo esencial, y la gran diferencia entre lo urgente y lo importante, nos dio tiempo convocando al silencio. ¿Aprenderemos o traicionaremos la experiencia? El futuro tendrá, como siempre, la última palabra.

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