Enamorada de la muerte: la historia de una psicópata que ultrajó sexualmente a 40 cadáveres en sus ataúdes

Medios El jueves
necrofilia
La historia de una mujer que le contó al planeta su “adicción” a la necrofilia.

Cuando buscamos la definición de “necrofilia” en el Diccionario de la Real Academia Española nos encontramos con dos acepciones. “Atracción por la muerte o por alguno de sus aspectos”, dice la primera, mientras que la segunda indica: “Perversión sexual de quien trata de obtener el placer erótico con cadáveres”. Es esta última en la única en la que solemos pensar cuando leemos o escuchamos el término. Nos concentramos en el aspecto sexual del asunto y dejamos de lado la primera parte, fundamental para entender cómo y por qué alguien puede llegar a desear y hasta llevar adelante un contacto íntimo con un cuerpo sin vida.

Por supuesto que, de por sí, la necrofilia es algo muy difícil de comprender. Como señala la forense y técnica funeraria británica Carla Valentine, “es uno de los pocos tabúes sexuales que existen en la secular sociedad occidental”. “Es un tema complejo que genera tanto repulsión como fascinación en la población en general, más que complicado por su rareza y secretismo. Según (Julie) Peakman, ’como otras conductas sexuales marginales, la necrofilia permanece muy oculta dentro de la sociedad; es muy difícil de detectar y nuestra comprensión de la misma se reduce a los muy pocos registros y testimonios que existen’”, completa la especialista.

Pocos son los casos públicamente conocidos de necrofilia, y muchísimos menos los que no están asociados a crímenes. Algunos de los necrófilos más famosos son más célebres aún por sus asesinatos, como los “serial killers” Jeffrey Dahmer y Ed Kemper o el “caníbal japonés” Issei Sagawa, por nombrar solo a algunos. Sin embargo, hay quienes únicamente buscan mantener relaciones eróticas con fallecidos. El tema es, claro, que sean descubiertos. Y más importante aún: que se animen a hablar.

Esta es la historia de Karen Greenlee una estadounidense adicta a la necrofilia.


El 17 de diciembre de 1979, Marian Gonzalez se encontraba junto a algunos de sus familiares en un cementerio de Sacramento, California. Allí, esperaba que un coche fúnebre trajera los restos de su hijo, John L. Mercure, quien había muerto una semana atrás. El entierro estaba preparado: solo faltaba que el vehículo arribara desde la casa velatoria Memorial Lawn. Pero jamás llegó.

El 19 de diciembre de 1979, el cadáver de Mercure fue encontrado en el cercano condado de Sierra County, adentro de su ataúd y en el mismo Cadillac que debería haberse presentado dos días antes en aquella necrópolis. Junto al cajón, se hallaba la aprendiz de embalsamadora encargada de transportar el cuerpo, inconsciente. Y sobre el mismo, había una carta. Estaba firmada por Karen Greenlee, la empleada en cuestión.

“¿Por qué hago esto? ¿Por qué? ¿Por qué? Miedo al amor, a las relaciones... Jamás un romance dolió tanto. Soy una rata de morgue. Esta es mi ratonera, y quizás mi tumba”, había escrito, llena de remordimiento. Pero lo más fuerte estaba líneas atrás. Allí, confesaba haber tenido sexo con unos cuarenta hombres muertos a lo largo de sus 23 años de vida.

Greenlee fue trasladada de urgencia a un hospital, donde le realizaron un lavado de estómago. Robert Rocheleau, el médico que le salvó la vida, confirmó que la joven había intentado suicidarse mediante una sobredosis de pastillas. Según el doctor, la paciente estaba “extremadamente deprimida”.

Karen fue juzgada y encontrada culpable por el robo del auto y del cadáver, pero no por haber mantenido relaciones sexuales con él. La necrofilia no estuvo tipificada como delito en California hasta 2004, cuando el gobierno de Arnold Schwarzenegger la consideró como tal. La joven, que por supuesto perdió su trabajo, fue penada con 11 días de cárcel, una multa de 255 dólares y dos años de “probation” con tratamiento psiquiátrico incluido.

Greenlee asistió a todas sus sesiones de terapia. Pero al contrario de lo que se esperaba, fue en ellas donde concluyó que no había nada malo en lo que había hecho, ni en lo que seguía sintiendo y ansiando.

“Cuando escribí esa carta todavía estaba escuchando a la sociedad. Como todos decían que la necrofilia estaba mal, entonces yo debía estar haciendo algo malo, pensaba. Pero mientras más personas trataban de convencerme de que estaba loca, más segura me volvía en relación a mis deseos”, dijo, cinco años después del hecho por el que ocupó los titulares de distintos diarios de Estados Unidos. Aunque no fue lo único que dijo.

En 1984, el periodista Jim Morton entrevistó a Karen para el libro “Apocalypse Culture”, editado por Adam Parfrey. El reportaje aporta el primer testimonio detallado de una persona necrófila jamás publicado. En el mismo, Greenlee responde a todo con honestidad y sin tapujos.

Como no existe nadie mejor que ella misma para narrar su propia historia, a continuación reproducimos sus declaraciones más significativas, editadas a modo de texto unitario. Con ustedes, Karen Greenlee según Karen Greenlee:

Toda mi vida sentí atracción por la muerte. Desde niña solía organizar funerales para mis mascotas cuando morían, y tenía mi propio cementerio de animales. En el pequeño pueblo donde vivía había una parrilla que quedaba justo al lado de una casa velatoria. Cuando comías en esa parrilla, para usar el baño tenías que entrar a la cochería. Me acuerdo que, cuando íbamos, inventaba cualquier excusa para ir al baño sola. Entraba y estaba todo lo que podía paseando entre los ataúdes. No me asustaba para nada. Al contrario, me encantaba.

El caso de Karen, inspiró una osada y premiada película como lo fue Kissed (1996)


Extraño terriblemente trabajar en funerarias. Más allá de ser necrófila, me gusta el trabajo mortuorio. Disfruto de embalsamar y de todo lo relacionado con lo fúnebre. En las funerarias, la necrofilia es mucho más común que lo que la mayoría de la gente imagina. Lo que pasa es que las casas velatorias no lo denuncian. De hecho, en una me agarraron en pleno acto y me dejaron ir sin decir nada. Hubiese sido mala publicidad para la cochería.

En la de Sacramento trabajé durante casi un año. Ahí fue donde hice muchas de mis actividades extracurriculares. Tenía las llaves del lugar, así que me metía cada vez que podía, cuando no había nadie. A veces, pasaba toda la noche adentro.

Lo que más me pregunta la gente es cómo lo hago. Cuando saben quién soy, muchos me hacen esa pregunta, incluso personas que parecen tener la mente abierta. Entonces les cuento, me dicen “qué interesante” y después no quieren saber más nada conmigo. No me importa decirle a la gente cómo lo hago. No me molesta, aunque cualquiera sexualmente experimentado debería saberlo. Muchos tienen la idea equivocada de que debe haber penetración para alcanzar el placer sexual. ¡Nada que ver! La parte mas sensible de una mujer es el área frontal y eso es lo único que se necesita para ser estimulada. Además, hay muchos aspectos diferentes de la expresión sexual: el contacto sensual, el “69”... Incluso tomarse de las manos. El cuerpo está quieto y acostado ahí, pero tiene todo lo que necesita para hacerme feliz. Además, todo contribuye: la frialdad, el aura de muerte, el ambiente funerario, el olor a muerto... Encuentro al aroma a muerte muy erótico. Igual, hay olores a muerte y olores a muerte... Un cadáver que estuvo flotando en el agua por dos semanas, o una víctima de quemaduras, no me atrae demasiado. Pero un cuerpo fresco recién embalsamado es otra cosa. Incluso, me atrae la sangre.

Hubo un tiempo en el que llegué a pensar: “Esto no es normal. ¿Por qué no puedo ser como los demás?”. Atravesé todo un infierno personal de culpa hasta que, finalmente, me acepté a mí misma y me di cuenta que así es como soy. Que esa es mi naturaleza y puedo también disfrutarla. Me siento miserable cuando trato de ser alguien que no soy. Cuando fui a terapia me tocó una trabajadora social realmente amable que no me juzgaba. Y mientras más hablaba en las sesiones, más me daba cuenta que la necrofilia tiene sentido para mí. La razón por la que me mortificaba era porque no era capaz de aceptarme a mí misma. Todavía seguía tratando de vivir mi vida bajo los parámetros de las demás personas. Aceptarme fue encontrar la paz. Todas las personas que siempre trataron de cambiarme solo ayudaron a que me pusiera más en contacto con mis sentimientos. Salía del consultorio del terapeuta y me iba a una cochería. ¡No funcionó amigos!

Poco, o más bien nada, se supo de Karen Greenlee después de que la entrevista fuera publicada. Algunos artículos sobre ella indican, siempre en potencial, que el reportaje le habría traído consecuencias negativas y que, debido a eso, se habría cambiado de identidad y mudado a un destino incierto./LMNeuquen

Las que no te podes perder

Newsletter

Recibí en tu mail los títulos de cada día

Te puede interesar